Una de las críticas más llamativas al Régimen del 78 ha sido vender durante décadas la idea de que España pasó poco menos que de las cavernas intelectuales a la civilización en cuanto aparecieron la Constitución, las autonomías, los partidos omnipresentes, los asesores, las fundaciones y todo ese inmenso aparato que vive alrededor de la política. Según ese relato, antes de 1978 todo era oscuridad, atraso, ignorancia y caspa, mientras que después llegaron de golpe la modernidad, la cultura y el pensamiento. El problema empieza cuando uno deja de escuchar el relato y se pone simplemente a mirar los nombres.
Porque aquella España pobre, atrasada, censurada, destrozada por una Guerra Civil y con unas condiciones materiales incomparablemente peores produjo o acogió a Camilo José Cela, Miguel Delibes, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Julián Marías, Xavier Zubiri, Buero Vallejo y toda una serie de escritores y pensadores cuya obra sigue leyéndose muchas décadas después.
No hace falta convertir el franquismo en una Arcadia cultural, porque no lo fue. Había censura y muchos de esos autores tuvieron problemas precisamente con ella. Pero eso hace la comparación todavía más incómoda, no menos. Incluso dentro de aquel ambiente salían personalidades intelectuales con una voz propia reconocible, mientras que hoy una parte enorme de la supuesta intelectualidad española parece fabricada por el mismo departamento de comunicación.
Ahí está una de las grandes hazañas culturales del R78. Ha conseguido llenar España de universidades, facultades, expertos, institutos, observatorios, fundaciones, premios, congresos, asesores, tertulianos y periodistas políticos y, después de montar semejante maquinaria, demasiadas veces el resultado final es un señor repitiendo en televisión las seis frases que su partido lleva repitiendo desde las ocho de la mañana.
Tenemos una infraestructura cultural y académica que un escritor de 1950 habría considerado ciencia ficción, pero a veces el nivel intelectual del debate público parece el de una comunidad de vecinos discutiendo por el ascensor.
El problema no es que hoy no exista talento. Claro que existe. Tampoco que haya menos libertad formal, porque hay muchísima más. El problema interesante es qué tipo de personaje premia el sistema. En el R78 ha prosperado de forma espectacular ese híbrido entre intelectual, relaciones públicas y empleado ideológico que tiene opinión sobre absolutamente todo pero que, por alguna curiosa casualidad estadística, termina pensando siempre exactamente lo mismo que su entorno político, mediático o profesional.
Cambia el partido de posición y al poco cambia también el intelectual independiente. Lo que ayer era intolerable hoy es necesario, y lo que hoy es necesario mañana resultará que siempre fue intolerable. No hace falta una censura con lápiz rojo cuando una parte considerable de la gente sabe perfectamente qué opiniones ayudan a conseguir una columna, una invitación, una subvención, un puesto o simplemente la tranquilidad de seguir perteneciendo al grupo correcto.
Ése es uno de los aspectos más corrosivos del sistema: no la ausencia de libertad, sino la facilidad con la que la libertad termina convertida en conformismo profesional. El viejo censor te decía lo que no podías escribir. El mecanismo moderno es bastante más elegante: nadie te obliga a nada, pero todo el mundo entiende perfectamente qué tipo de opinión abre puertas, qué tipo las cierra y qué tipo consigue que de repente dejen de llamarte. Y después todos pueden mirarse al espejo y seguir considerándose espíritus completamente independientes. Mucho más limpio, mucho más democrático y, sobre todo, mucho menos desagradable que reconocer que buena parte de nuestra esfera pública funciona mediante incentivos bastante prosaicos.
Lo cómico es que nunca habíamos tenido tantas herramientas para producir pensamiento serio. Acceso inmediato a millones de libros, archivos digitalizados, universidades, bases de datos, publicaciones de todo el mundo, internet, traducción instantánea, comunicaciones prácticamente gratuitas y una libertad de expresión incomparable con la que tenían los escritores de mediados del siglo XX.
Si la producción intelectual dependiera simplemente de disponer de medios, España tendría que ser una Florencia renacentista con fibra óptica. Sin embargo, una parte nada pequeña de la conversación pública consiste en tertulianos interpretando durante cuatro horas la última frase de un ministro, mientras otros tertulianos de la tribu contraria interpretan durante otras cuatro horas por qué esa frase demuestra exactamente lo contrario.
Y no deja de tener gracia que el sistema que más presume de cultura haya desarrollado semejante obsesión por crear la burocracia de la cultura. A veces parece que no importa tanto que aparezca un gran escritor como que existan seis organismos dedicados a promocionarlo, doce personas encargadas de coordinar los organismos y otras veinte preparando una mesa redonda sobre la necesidad de fomentar la aparición de grandes escritores. Si Cela hubiera necesitado toda la estructura institucional que hoy parece rodear cualquier actividad cultural, probablemente todavía estaría rellenando el formulario de inscripción.
La comparación no demuestra que una dictadura produzca mejor literatura. Eso sería un error. Muchos de los grandes nombres de aquella época escribieron pese al régimen, no gracias a él. Lo que sí permite preguntar es algo bastante más incómodo: si ahora tenemos más libertad, más educación, más dinero, más universidades, mejores medios y un acceso casi ilimitado al conocimiento, ¿por qué resulta tan difícil identificar en la vida pública española figuras intelectuales con el peso y la independencia de aquellas generaciones?
Quizá porque hemos terminado confundiendo pensamiento con opinión, prestigio con visibilidad, cultura con industria cultural e intelectual con persona que aparece mucho en televisión.
El R78 ha eliminado el talento,ha construido alrededor de él una cantidad de intermediarios, estructuras, carreras políticas y mecanismos de pertenencia que muchas veces hacen más rentable adaptarse que destacar. Y de ahí sale esa sensación tan peculiar de vivir en un país que nunca ha tenido tantos titulados ni tantos expertos y que, sin embargo, parece cada vez más dependiente de argumentarios infantiles.
Ésa es probablemente la ironía más feroz. La España del R36 era pobre, autoritaria, censora y con condiciones materiales muy duras, y aun así produjo nombres que todavía hoy forman parte de la cultura española.
La España del R78 dispone de unas condiciones infinitamente mejores para crear, estudiar, escribir y pensar, pero ha desarrollado una capacidad extraordinaria para llenar el espacio público de gente perfectamente intercambiable. Si cambias a un tertuliano por otro, apenas se nota; si cambias a un columnista orgánico por el del periódico de al lado, muchas veces basta con sustituir cuatro nombres y dos adjetivos.
Tal vez ése sea el gran legado cultural menos confesable del R78: haber acabado con el criterio propio, haber conseguido rodearnos de tanta mediocridad profesionalizada que se ha cargado todo rastro de inteligencia.
Porque aquella España pobre, atrasada, censurada, destrozada por una Guerra Civil y con unas condiciones materiales incomparablemente peores produjo o acogió a Camilo José Cela, Miguel Delibes, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Julián Marías, Xavier Zubiri, Buero Vallejo y toda una serie de escritores y pensadores cuya obra sigue leyéndose muchas décadas después.
No hace falta convertir el franquismo en una Arcadia cultural, porque no lo fue. Había censura y muchos de esos autores tuvieron problemas precisamente con ella. Pero eso hace la comparación todavía más incómoda, no menos. Incluso dentro de aquel ambiente salían personalidades intelectuales con una voz propia reconocible, mientras que hoy una parte enorme de la supuesta intelectualidad española parece fabricada por el mismo departamento de comunicación.
Ahí está una de las grandes hazañas culturales del R78. Ha conseguido llenar España de universidades, facultades, expertos, institutos, observatorios, fundaciones, premios, congresos, asesores, tertulianos y periodistas políticos y, después de montar semejante maquinaria, demasiadas veces el resultado final es un señor repitiendo en televisión las seis frases que su partido lleva repitiendo desde las ocho de la mañana.
Tenemos una infraestructura cultural y académica que un escritor de 1950 habría considerado ciencia ficción, pero a veces el nivel intelectual del debate público parece el de una comunidad de vecinos discutiendo por el ascensor.
El problema no es que hoy no exista talento. Claro que existe. Tampoco que haya menos libertad formal, porque hay muchísima más. El problema interesante es qué tipo de personaje premia el sistema. En el R78 ha prosperado de forma espectacular ese híbrido entre intelectual, relaciones públicas y empleado ideológico que tiene opinión sobre absolutamente todo pero que, por alguna curiosa casualidad estadística, termina pensando siempre exactamente lo mismo que su entorno político, mediático o profesional.
Cambia el partido de posición y al poco cambia también el intelectual independiente. Lo que ayer era intolerable hoy es necesario, y lo que hoy es necesario mañana resultará que siempre fue intolerable. No hace falta una censura con lápiz rojo cuando una parte considerable de la gente sabe perfectamente qué opiniones ayudan a conseguir una columna, una invitación, una subvención, un puesto o simplemente la tranquilidad de seguir perteneciendo al grupo correcto.
Ése es uno de los aspectos más corrosivos del sistema: no la ausencia de libertad, sino la facilidad con la que la libertad termina convertida en conformismo profesional. El viejo censor te decía lo que no podías escribir. El mecanismo moderno es bastante más elegante: nadie te obliga a nada, pero todo el mundo entiende perfectamente qué tipo de opinión abre puertas, qué tipo las cierra y qué tipo consigue que de repente dejen de llamarte. Y después todos pueden mirarse al espejo y seguir considerándose espíritus completamente independientes. Mucho más limpio, mucho más democrático y, sobre todo, mucho menos desagradable que reconocer que buena parte de nuestra esfera pública funciona mediante incentivos bastante prosaicos.
Lo cómico es que nunca habíamos tenido tantas herramientas para producir pensamiento serio. Acceso inmediato a millones de libros, archivos digitalizados, universidades, bases de datos, publicaciones de todo el mundo, internet, traducción instantánea, comunicaciones prácticamente gratuitas y una libertad de expresión incomparable con la que tenían los escritores de mediados del siglo XX.
Si la producción intelectual dependiera simplemente de disponer de medios, España tendría que ser una Florencia renacentista con fibra óptica. Sin embargo, una parte nada pequeña de la conversación pública consiste en tertulianos interpretando durante cuatro horas la última frase de un ministro, mientras otros tertulianos de la tribu contraria interpretan durante otras cuatro horas por qué esa frase demuestra exactamente lo contrario.
Y no deja de tener gracia que el sistema que más presume de cultura haya desarrollado semejante obsesión por crear la burocracia de la cultura. A veces parece que no importa tanto que aparezca un gran escritor como que existan seis organismos dedicados a promocionarlo, doce personas encargadas de coordinar los organismos y otras veinte preparando una mesa redonda sobre la necesidad de fomentar la aparición de grandes escritores. Si Cela hubiera necesitado toda la estructura institucional que hoy parece rodear cualquier actividad cultural, probablemente todavía estaría rellenando el formulario de inscripción.
La comparación no demuestra que una dictadura produzca mejor literatura. Eso sería un error. Muchos de los grandes nombres de aquella época escribieron pese al régimen, no gracias a él. Lo que sí permite preguntar es algo bastante más incómodo: si ahora tenemos más libertad, más educación, más dinero, más universidades, mejores medios y un acceso casi ilimitado al conocimiento, ¿por qué resulta tan difícil identificar en la vida pública española figuras intelectuales con el peso y la independencia de aquellas generaciones?
Quizá porque hemos terminado confundiendo pensamiento con opinión, prestigio con visibilidad, cultura con industria cultural e intelectual con persona que aparece mucho en televisión.
El R78 ha eliminado el talento,ha construido alrededor de él una cantidad de intermediarios, estructuras, carreras políticas y mecanismos de pertenencia que muchas veces hacen más rentable adaptarse que destacar. Y de ahí sale esa sensación tan peculiar de vivir en un país que nunca ha tenido tantos titulados ni tantos expertos y que, sin embargo, parece cada vez más dependiente de argumentarios infantiles.
Ésa es probablemente la ironía más feroz. La España del R36 era pobre, autoritaria, censora y con condiciones materiales muy duras, y aun así produjo nombres que todavía hoy forman parte de la cultura española.
La España del R78 dispone de unas condiciones infinitamente mejores para crear, estudiar, escribir y pensar, pero ha desarrollado una capacidad extraordinaria para llenar el espacio público de gente perfectamente intercambiable. Si cambias a un tertuliano por otro, apenas se nota; si cambias a un columnista orgánico por el del periódico de al lado, muchas veces basta con sustituir cuatro nombres y dos adjetivos.
Tal vez ése sea el gran legado cultural menos confesable del R78: haber acabado con el criterio propio, haber conseguido rodearnos de tanta mediocridad profesionalizada que se ha cargado todo rastro de inteligencia.
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