La IA no jubila al programador: lo convierte en revisor de código
Un estudiante de FP Superior de DAM lo cuenta en un foro: cuando aprieta el acelerador, tira de ChatGPT para sacar los ejercicios de programación de servicios y procesos en Java, ajusta el código final y sigue. Lo cuenta sin culpa y sin épica. Su duda no es si la herramienta funciona, sino qué pasa con el oficio cuando todo el mundo haga lo mismo. La respuesta que recibe en el foro no es unánime: hay quien sostiene que la IA es un corrector mediocre que se caga a Dios por una pata en cuanto sales del abecedario, y hay quien cree que el programador tal y como lo conocemos tiene fecha de caducidad.
¿Sustituye la IA al programador o solo le cambia el trabajo?
La primera línea de fuego la ocupan los que ya la usan a diario. Un participante con años de experiencia cuenta que le pasa a la IA un ejemplo de entrada y lo que quiere de salida, bien explicado, y suele hacerlo bastante bien. Incluso le pide traducir código de C# a ABAP y la mayoría de las veces funciona. Otro apunta que con GPT-4 el Java cada vez le pilla más fallos conforme aprende el lenguaje, y que no tiene la creatividad basada en experiencias humanas. Traducción: sirve para lo mecánico, no para lo que requiere criterio.
El problema de fondo es que la herramienta engaña. Nunca dice «no sé». Si no sabe una respuesta, se la inventa, aunque sea sacándose de la manga palabras reservadas que no existen y código que no compila. Para aprender es malísimo, porque directamente no sabes si lo que te está dando funciona. Un participante lo comprobó con un examen tipo test de un curso de riesgos laborales: un 6 sobre 10 en preguntas del nivel de no meter los dedos en el enchufe.
La ventaja competitiva no está en picar código, está en saber qué pedir. Varios mensajes coinciden en que el futuro del programador es el de intermediario entre el cliente y la máquina: la persona que entiende qué se tiene que hacer y cómo pedírselo a la IA. Hasta que, dentro de unos años, sea el cliente el que pida directamente porque la IA ya sabrá cómo interrogarle. Ese escenario no afecta solo a la informática: médicos, abogados y funcionarios entran en el mismo saco.
El argumento del aguador: la tecnología crea empleos que nadie imagina
La réplica más citada es histórica. Cuando llegó el agua corriente, los aguadores que llevaban el agua a las casas se quedaron sin oficio. ¿Cuántos empleos generó el agua corriente? Depuradoras, depósitos, canalizaciones, fontanería, bombas, mantenimiento, grifería, gestión administrativa, tratamiento de aguas residuales. La conclusión que se extrae es que hay que ser muy corto de miras para no ver la avalancha de puestos que genera cada salto tecnológico.
El paralelismo se completa con la fotografía: los puristas decían que donde se ponga una Hasselblad, fuera esos juguetitos digitales. Ya sabemos quién ganó. Y con WordPress, que quitó mucha faena a los programadores, pero alguien tuvo que programarlo y mantenerlo. La pregunta que cierra el círculo: ¿quién programa y mantiene la IA?
Hay un dato que descoloca a los más optimistas. Un participante recuerda que una empresa lleva cerca de tres años usando una IA en atención al cliente y es casi imposible darse cuenta. Si eso ocurre en el primer escalón, los siguientes modelos tendrán capacidad para sustituir a los de arriba. Excepto a los directivos, que esos no se tocan.
Los oficios manuales, el refugio que la IA no alcanza
El consenso más transversal del intercambio no está en la programación, sino en el pladur. Un mensaje resume la salida: déjate de programar y aprende a montar pladur, algo que la IA no podrá hacer. Ninguna IA alicata un cuarto de baño. Un trabajador de la construcción lo desarrolla con detalle: un robot no sabría cómo acceder a la obra, ni a qué planta ir, ni a qué habitación, ni pulsar el botón del montacargas, ni descargar un camión. No podría hacer nada por sí mismo más allá de enchufarse el cable en un laboratorio diseñado a propósito.
La recomendación que se repite es tener conocimiento de otro campo donde aplicar la programación. Un bioquímico que además programa podrá crear herramientas que ningún programador sin sus conocimientos haría.
El rol creativo basado en la experiencia directa es lo que la máquina no iguala: un participante plantea que a una IA no se le ocurriría diseñar un software de corrección de técnica de tenis con gafas de realidad aumentada y reloj GPS si nunca ha jugado.
La FP, el título y las mentiras que se cuentan
El mensaje inicial también apunta a otra discusión: no es verdad que la FP valga más que la universidad. Ninguna persona de recursos humanos va a valorar igual a un titulado de FP que a un universitario, sostiene, aunque la frase queda cortada en el material disponible. Lo que sí aparece cerrado es la advertencia de un veterano del sector a las nuevas generaciones: no os metáis aquí ni hartos de vino, al menos en España. Hace veinte o treinta años valía, pero ahora cada pocos meses sale una versión nueva del framework de turno y toca actualizarse.
El cálculo más pesimista da diez años de margen. Es el plazo que un participante concede antes de que la cosa cambie de verdad. Otro lo resume: de momento tienes curro, la IA es una herramienta para hacerte más eficiente. Y un tercero añade el matiz que nadie discute: la IA es demasiado inteligente para querer tu trabajo.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo. Nadie sabe si el programador de 2035 será el que escribe el código o el que le explica al cliente por qué la máquina se lo ha inventado todo con una seguridad impecable.