Mucha razón.
La lucha de sesso es fenomenal porque si estas a la greña con tu novia (que te denuncia a la mínima por abuso), tu mujer (que te hunde con un divorcio y la viogen) no te vas a preocupar por la lucha de clases.
Pero como la clase media ha desaparecido y las diferencias socioeconómicas están adquiriendo niveles de la revolución industrial, nos han puesto este muñeco del género no sea que a alguno le de por querer rebanar pescuezos de los privilegiados.
Además el feminismo estatal permite privilegiar a las mujeres en su acceso a los recursos públicos, neutralizando civilmente a los varones, ya que ellas, como colectivo, son mucho más influenciables y manejables que los varones, más susceptibles de echarse al monte llegado el caso por la testosterona.
si solo fuera la lucha de clases: raro es el día que no sale en los medios y RRSS alguna división de pensionistas contra trabajadores en activo, jóvenes contra viejos, generación tal contra generación cual, propietarios contra los que viven de alquiler etc etc.
Lanzaron no hace mucho un libro, La trampa de la Diversidad, que hablaba precisamente de ésto. Pego magnifico articulo de Harinas de Prada glosándolo:
Acabamos de leer
La trampa de la diversidad (Ediciones Akal), un lúcido ensayo que ha provocado gran polémica en ámbitos intelectuales izquierdistas. Su autor, Daniel Bernabé, sostiene que las llamadas ‘políticas de la diversidad’, que con tanto ardor defiende la izquierda, constituyen en realidad una artimaña del neoliberalismo para «fragmentar la identidad de la clase trabajadora».
Es la misma tesis que hemos sostenido en infinidad de artículos desde hace años, citando a pensadores tan ilustres como Pasolini o Hobsbawn (a los que, misteriosamente, Bernabé no cita). Como Bernabé señala en algún pasaje de su libro, «si todos somos una suma inacabable de especificidades, entonces no puede haber un nosotros».
El posmodernismo habría sido, a juicio de Bernabé, el clima cultural que ha favorecido esta lacra: «Sin horizonte al que dirigirnos ni pasado del que aprender, sin posibilidad de afirmar lo cierto o lo falso, sin espacio para los conceptos válidos universales», el neocapitalismo habría podido realizar más fácilmente una serie de transformaciones económicas –desindustrialización, deslocalización, externalización, etcétera– que favorecieron la atomización laboral.
Ciertamente, es mucho más sencillo desarrollar una conciencia de explotación laboral en el obrero que trabaja en una fábrica junto con otros cinco mil obreros que en el falso autónomo que reparte pizzas a domicilio en bici, requerido por una aplicación para teléfonos móviles. Y, a la vez, es mucho más sencillo encauzar la insatisfacción de este falso autónomo hacia reivindicaciones que lo hagan sentirse ‘distinto’, permitiéndole huir de su complicado horizonte laboral.
Con inteligencia ladina, a este falso autónomo se le puede infundir una ‘identidad aspiracional’ que lo haga sentirse orgulloso de ser gai, animalista y (
risum teneatis) de clase media, en contraposición al trabajador de la fábrica, al que se caracterizará como heteropatriarcal, taurino y de clase baja.
Esta capacidad del neocapitalismo para instilar ‘identidades aspiracionales’ entre los trabajadores más explotados, evitando que se organicen, supo aprovecharla, por ejemplo, Margaret Thatcher, que –como nos recuerda Bernabé– no tuvo empacho en mostrarse favorable a la despenalización de la gaiidad o el aborto, a cambio de desactivar la acción colectiva de los trabajadores y de reducir conquistas laborales logradas en décadas anteriores.
Con la ayuda de una izquierda que Bernabé considera colaboradora, el neocapitalismo ha logrado convertir a la clase trabajadora en un archipiélago de ‘consumidores de singularidades’ entre las que ocupan un lugar preponderante las ‘opciones sensual’ y las ‘identidades de género’.
Por supuesto, Bernabé no defiende que tales grupos no deban disfrutar de derechos civiles; pero advierte que la exaltación de la diferencia es la mejor coartada para los gobiernos rehenes de la plutocracia, que así pueden posar de pogre ante la galería. Y no se le escapa tampoco a Bernabé que este mercado de la diversidad, como siempre ocurre entre los productos que compiten, provoca fricciones y contradicciones cada vez más ásperas entre las distintas identidades: así ha ocurrido recientemente, por ejemplo, con los llamados ‘vientres de alquiler’, que han enfrentado a feministas y gaies.
Y, entretanto, nadie clama contra los recortes salariales. Especialmente sagaz se muestra Daniel Bernabé cuando denuncia que esta traición de la izquierda ha dado alas a las nuevas derechas, más o menos extremistas o alternativas, que se benefician de la fragmentación ocasionada por las políticas de la diversidad, apelando a los perdedores de la globalización, a la vez que pueden azuzar los miedos de cada grupo nacido de esta fragmentación, adaptando su mensaje a sus particularidades.
El encono con que algunos dirigentes izquierdistas han descalificado
La trampa de la diversidad nos prueba que su autor ha acertado a meter el dedo en la llaga, aunque sólo sea someramente. Así, por ejemplo, Bernabé no se atreve a recordar que estas ‘políticas de la diversidad’ son opíparamente subvencionadas por organismos públicos y privados; y que el ardor con que son defendidas desde la izquierda es directamente proporcional a la cantidad de dinero que tales organismos invierten en ellas.
Tampoco se atreve Bernabé a peine en la razón última por la que el capitalismo fomenta estas políticas de la diversidad, utilizando a la izquierda como su aliada. Pero para atreverse a dilucidar esa razón última hay que aceptar primero –como nos enseñaban lo mismo Proudhon que Donoso Cortés– que detrás de toda cuestión política subyace un problema teológico.