Un hilo de foro critica a una candidata andaluza por su escote en campaña
La campaña andaluza ha entrado en una fase que nadie había previsto.
Chiqui Montero, la candidata socialista, ha optado por exhibir escote en actos públicos para intentar atraer votantes ante lo que las encuestas internas reflejan como una debacle inminente. La reacción no se ha hecho esperar: desde el «señora, tápese» hasta el «va en plan ramera pasada de años», pasando por quien directamente pide el patíbulo. El consenso, incluso entre quienes no la votarían jamás, es que la jugada le resta más de lo que le suma.
Qué ha pasado y por qué se habla de desesperación
El detonante es una campaña electoral que, a juicio de la mayoría de los análisis que circulan, la candidata ya da por perdida. La exhibición de escote se interpreta como un intento de última hora por captar atención mediática cuando el discurso ya no moviliza a nadie.
«Ya ha perdido las elecciones», sentencia uno de los mensajes más repetidos, que añade que los andaluces no van a perdonar el desplante del otro día dándoselas de superchica. La comparación con una supuesta cuenta de OnlyFans aparece varias veces, medio en broma medio en serio, como resumen del nivel al que ha caído la comunicación política.
Hay quien va más allá y sostiene que la campaña va a ser un espectáculo cruel:
«Vamos a pasárnoslo pipa con esa campaña electoral. La van a dar por todos los lados». La crueldad no se atribuye a los votantes, sino al propio partido, que según esta lectura estaría sacrificando a su candidata sin contemplaciones.
El argumento que más se repite: le resta votos
La corriente dominante en el análisis es que la estrategia es contraproducente.
«Eso a ella le resta votos», resume una de las valoraciones más apoyadas. El razonamiento es simple: quien ya la votaba no necesita ver escote, y quien no la votaba encuentra en la exhibición un motivo adicional para reafirmarse en el rechazo. La horquilla de votantes que podrían cambiar de opinión por este motivo es, según esta lectura, prácticamente inexistente.
Frente a esta postura mayoritaria, una minoría defiende que la candidata simplemente hace lo que quiere y se ríe de todos mientras se lo pasa bien.
«Chula como ella sola... a mí es que no me sale odiarla», admite uno de los pocos mensajes que rompe la tónica general. No es una defensa política, es una constatación de que la estrategia, aunque suicida, tiene algo de autenticidad que otros no logran.
El trasfondo: un electorado que ya no escucha
Más allá del escote, el hilo deriva hacia un diagnóstico más amplio sobre el estado de la democracia española.
«El 95% de los votantes del PSOE seguirán votando PSOE pase lo que pase», se afirma, con la coletilla de que solo un 5% tiene el cuajo de reflexionar y cambiar. Es una tesis que aparece en múltiples variantes: el votante socialista sería inmune a cualquier escándalo, gesto o metedura de pata porque su voto no responde a razones, sino a identidad.
En paralelo, surge el argumento económico:
«más gente viviendo de parasitar que produciendo». La idea de que el Estado ha consolidado un sistema en el que la mayoría elige robar a los pocos que producen y repartirlo entre los que no aportan. Es una lectura extrema, pero que conecta con un malestar más amplio sobre el gasto público y la presión fiscal. Alguno incluso confiesa que al hacer el IRPF marca la casilla de renunciar a la devolución, como gesto de rechazo.
La cuestión de Indra y el voto electrónico
Un subtema recurrente es el papel de
Indra en el recuento electoral.
«Eso lo decidirá Indra, no los españoles», se afirma, en lo que es una desconfianza explícita hacia el sistema de voto electrónico. La idea de que la empresa tecnológica pueda inclinar la balanza aparece sin pruebas, como sospecha lanzada al aire, y convive con la predicción de que la candidata «igual sale elegida hasta sin la ayuda de Indra». La contradicción no parece molestar a nadie.
El desenlace que nadie se atreve a cerrar
La campaña sigue abierta. Las encuestas internas que menciona el mensaje inicial no han visto la luz, y nadie sabe si el escote servirá para algo o será el último clavo en el ataúd electoral. Lo único claro es que la conversación ha dejado de ser sobre propuestas y se ha convertido en un juicio sobre el físico, la edad y la dignidad de una candidata que, según todos los indicios, ya ha sido sacrificada por su propio partido.
«Señora, tápese, que va a declarar delante de un tribunal», resume uno de los mensajes más votados. La política andaluza, mientras tanto, sigue su curso.