DiCaprio estrena novia de 19 años: el coste real de no casarse
¿Cuánto cuesta mantener una relación sentimental cuando el patrimonio se cuenta en cientos de millones? Un mensaje difundido en redes sociales sostiene que
Leonardo DiCaprio tiene novia nueva desde este mes y que ella tiene
19 años. No hay confirmación oficial, ni nombre, ni fotografía verificada: solo la afirmación. Y sobre ella se ha levantado un argumentario económico bastante más jugoso que la noticia en sí.
¿Qué se sabe de la nueva novia de DiCaprio?
El dato de partida es mínimo: relación reciente, este mes, y 19 años. Nada más. Alrededor de eso se han proyectado patrones conocidos:
parejas jóvenes, guapas y poco conocidas. Hay quien saca la calculadora y bromea con que 19 más seis son 25, el techo del ciclo. La broma dice más de quien la hace que del actor: lo que se mide no es con quién está, sino cuánto dura y a qué precio.
¿Por qué Leonardo DiCaprio no se casa?
Porque, según la lectura más repetida, un matrimonio con ese patrimonio es un contrato con cláusulas de salida caras: reparto de bienes, pensiones compensatorias, abogados y, si hay hijos, una obligación que sobrevive a la pareja. Visto así, no pasar por el altar no es una excentricidad de estrella de cine, es una
cobertura. Una parte del argumentario sostiene que ha esquivado miles de balas sin disparar ninguna; otra parte lo lee justo al revés, como una vida incompleta, incapaz de sostener un vínculo. Aparece incluso el argumento de la prole: quien no tiene hijos, se dice, no cierra el ciclo. Ninguna de las dos posiciones se apoya en datos. Son marcos mentales, y como tales funcionan.
La carta de los 500.000 dólares y el mercado matrimonial
Lo más sustancioso es un texto reproducido dentro del propio asunto: una joven de 25 años, que se presenta como espectacularmente guapa, busca marido que gane al menos medio millón de dólares al año. Su baremo, desglosado:
- El mínimo exigido son 500.000 dólares anuales.
- Un empresario con el que salió ingresaba de media entre 200.000 y 250.000.
- Con esa cifra, dice, no se llega a Central Park oeste.
- Y un millón al año es clase media en Nueva York, siempre según su propia escala.
Puede ser folclore de internet. O no. La anécdota ordena el resto del asunto: si el mercado funciona así, cada relación tiene un precio de entrada y un coste de salida, y quien más tiene que perder es quien menos firma. La pregunta que se lanza de vuelta —si alguien con libertad y dinero para elegir acaba igualmente separándose una y otra vez, qué dice eso del vínculo— se responde con otra pregunta: cuántos matrimonios terminan y cuántas infidelidades hubo en los que no terminaron.
Monogamia, biología y convivencia: el argumento que no se cierra
El asunto deriva hacia una pregunta vieja. ¿Es la monogamia natural o una convención? Hay quien defiende que los hombres son polígamos por naturaleza y que la fidelidad es un pacto social; enfrente está el contraargumento de que las sociedades organizadas alrededor de la cría estable son las que construyen carreteras, hospitales y escuelas, y que la alternativa se paga en violencia. En medio, una observación de experiencia: los patrimonios grandes se divorcian más veces, sencillamente porque pueden permitírselo, mientras que muchos hogares con nómina ajustada aguantan por motivos estrictamente contables. La convivencia, se concluye, es difícil incluso con dinero de sobra. Si el dinero compra libertad o solo cambia la factura es algo que queda sin resolver.
De Howard Hughes a la sospecha sobre la fachada
El caso se desplaza después hacia lo biográfico. Se recuerda que el actor interpretó a
Howard Hughes en
El aviador, magnate y productor, mujeriego compulsivo, que acabó, según esa lectura, rematadamente loco. La comparación es literaria, no clínica. Y hay quien va más lejos: circulan teorías sobre su vida privada, sostenidas sin ninguna prueba, que niegan que el personaje público se corresponda con lo que ocurre fuera de cámara. No es un dato. Es una sospecha, y conviene leerla como tal. También se apunta a que hubo un tiempo en que salir con él era un ascenso y hoy, en cambio, la marca personal que sale de la relación se devalúa. Un fuera de juego del mercado, vaya. Ni falta que hace recordar que en
Titanic el barco se hunde: saber el final nunca fue lo importante.
Al final, el único dato verificable de todo esto es un
19 escrito en un tuit. El patrimonio, los divorcios, la clase media de Manhattan y las seis anualidades los pone quien lee. Y en esa cuenta no hay pensión compensatoria que valga.