Putin y la OMS: la soberanía que no se defiende
La paradoja la plantea el propio arranque del asunto: si la intervención rusa en Ucrania se justifica por la amenaza que supone tener a la OTAN a tiro de Moscú, ¿por qué esa misma Rusia no ve amenaza alguna en un pacto antipandemias que, según se sostiene, cede soberanía sanitaria a un organismo supranacional? El debate, abierto durante más de dos años, no ha encontrado respuesta oficial. Y las que circulan por los foros de economía no dejan bien a nadie.
Qué se le reprocha a Moscú en el pacto antipandemias
El planteamiento inicial es minucioso. Se pregunta por qué Rusia no considera una afrenta a su soberanía el reglamento sanitario internacional de la OMS, por qué promueve activamente estos tratados y por qué no usa su derecho a veto en el Consejo de Seguridad para bloquearlos. La hipótesis que subyace es incómoda: si un organismo internacional puede decretar brotes, bloqueos y confinamientos con criterios como una PCR o el clima, la dependencia que genera en la economía de cualquier país es mayor que la de un misil a diez minutos de vuelo.
El argumento se apoya en un precedente concreto: la vacunación masiva ordenada por Putin en diciembre de 2020, con la Sputnik V autorizada para uso de emergencia en agosto de ese año, cuando apenas se había probado en unas pocas docenas de personas. La coincidencia temporal con las autorizaciones occidentales es, para muchos, la prueba de que no hay dos bandos.
La tesis del teatro global: todos en el mismo ajo
La respuesta más repetida en el debate es que OTAN y Rusia forman parte del mismo entramado. Se sostiene que Putin es firmante de la Agenda 2030, que comparte objetivos con las agencias espaciales y con el reparto antártico, y que la guerra de Ucrania funciona como una plandemia 2.0: un circo que sustituye al agotado relato del covid cuando la gente empezaba a comparar lo que veía en los medios con lo que veía en su barrio.
El corolario es brutal: si la pérdida de soberanía va a suceder igual con cualquiera de los dos bloques, la guerra solo sirve para enviar a la picadora a cuantos más, mejor. La lista de lo que se avecina, según este análisis, es idéntica gane quien gane: identificación digital, crédito social, moneda digital, vacunación obligatoria por decreto de la OMS, encierro en ciudades e inteligencia artificial. Un participante lo resume con una ironía que da escalofríos: «Un teatro».
El argumento de la excepción rusa y su refutación
Frente a esta tesis, hay quien defiende que Rusia no permitiría que se administrara un compuesto tóxico a su propia población, y que bastante tiene con vigilar el cerco de la OTAN. La refutación llega con datos: en Rusia se siguió el guion pandémico al completo, con obligación de vacunarse para funcionarios y estudiantes universitarios, confinamientos domiciliarios, certificados y mascarillas. Los dos países con menor tasa de vacunación de Europa fueron Bielorrusia y Ucrania, no precisamente por devoción al Kremlin.
El dato que descoloca a más de uno es la coincidencia temporal: la pandemia terminó, según se afirma, el mismo día que Putin lanzó el primer misil sobre Ucrania. Para algunos, eso merece un Nobel de Medicina. Para otros, es la prueba de que la guerra es la secuela del covid, con la ventaja de que Ucrania no está al alcance del vecino para comprobar si lo que cuentan los medios es verdad.
La guerra retransmitida como espectáculo
Un punto que el debate subraya con crudeza: es la primera guerra de la historia con documentación audiovisual masiva del frente. Llega gore fresquito en horas, con encuadres de calidad cinematográfica, drones estratégicamente colocados y una producción que supera a muchos documentales. La sospecha es que esa sobreabundancia no es periodismo, sino escenificación.
Y en medio de todo esto, la pregunta que nadie contesta: ¿por qué nadie se percató de que en la misma semana de diciembre de 2020 salieron la Sputnik, la Pfizer, la AstraZeneca y la Moderna? Distintos laboratorios, distintas tecnologías, distintos países, fórmulas secretas y todas saltándose los ensayos clínicos con autorizaciones de emergencia.
El análisis se atasca aquí. No hay respuesta oficial, no hay veto ruso, no hay ruptura con la OMS. Solo una coincidencia de calendario que, según se mire, explica demasiado o no explica nada.