DISTOPÍA - Frente 1: El trabajo
El tema no es que desaparezca el empleo, es quién se queda con lo que se produce.
Prometí empezar por aquí, y por una razón: de todos los frentes, este es el que ya no se discute solo en futuro. Las primeras grietas ya están apareciendo.
Según Challenger, las empresas estadounidenses atribuyeron a la IA 54.836 recortes de plantilla en todo 2025, y en el primer semestre de 2026 ya habían declarado 101.743, casi el doble en la mitad de tiempo. Durante cuatro meses consecutivos, la IA fue el motivo que las empresas citaron con más frecuencia al anunciar despidos.
Conviene precisar qué significa ese dato porque Challenger recopila anuncios empresariales y las razones comunicadas por las propias compañías, no audita si un algoritmo sustituyó realmente cada uno de esos puestos.
Los 101.743 recortes no prueban que la IA haya reemplazado directamente a 101.743 personas; prueban que la IA se ha convertido en una de las principales explicaciones con las que las empresas justifican sus reducciones de plantilla.
Parte puede ser automatización real. Parte, reorganización anticipada alrededor de una tecnología que todavía no ha dado el retorno prometido. Y parte, recortes ordinarios presentados con una etiqueta que gusta a los inversores.
Pero el cambio de discurso importa.
Quedarse en la cifra de despidos, sin embargo, sería quedarse en la superficie.
Un shock de productividad no es una catástrofe, pero el reparto sí puede serlo.
La IA es, en esencia, un shock de productividad: permite producir más, más deprisa o con menos trabajo humano.
Eso no es, por sí mismo, una desgracia. La historia está llena de tecnologías que destruyeron tareas, transformaron oficios y elevaron la capacidad productiva como la máquina de vapor, la electricidad, la cadena de montaje y el ordenador. A largo plazo, todas permitieron producir más riqueza.
La máquina no es el problema, el problema es qué ocurre con el excedente.
Cuando una tecnología permite producir más con los mismos recursos, o lo mismo con menos trabajo, aparece un excedente distribuible, que puede transformarse en salarios más altos, jornadas más cortas, beneficios empresariales, impuestos, precios más bajos o mejores productos.
La pregunta importante no es solo cuánto se produce, sino quién tiene poder para quedarse con cada parte.
Durante buena parte de las décadas centrales del siglo XX, en las economías desarrolladas, sindicatos fuertes, negociación colectiva, mercados laborales tensos y fiscalidad pogre obligaron a compartir una porción mayor de las ganancias de productividad.
El trabajador no era individualmente insustituible porque estaba colectivamente organizado y sustituirlo tenía un coste económico y político.
La IA amenaza con alterar ese equilibrio.
No porque vaya necesariamente a eliminar todo el empleo, sino porque reduce el valor negociador de muchas tareas. Si una empresa puede automatizar una parte del trabajo, externalizar otra y aumentar la producción del personal restante, el trabajador pierde una de sus principales palancas: que prescindir de él resulte difícil o caro.
Mientras tanto, los cuellos de botella de esta revolución están concentrados en pocas manos: chips avanzados, capacidad de cálculo, centros de datos, infraestructura de nube, modelos de frontera, datos propietarios y acceso a los clientes.
La tecnología puede abaratarse con el tiempo; pero hoy las barreras de capital, escala y distribución son enormes.
En esas condiciones, las ganancias tienden a ser capturadas primero por quienes controlan la infraestructura. Solo después, y si la competencia, la fiscalidad o la negociación laboral lo fuerzan, pueden trasladarse a salarios, precios o jornadas más cortas.
Dicho de otra forma, la misma tecnología que genera la riqueza puede debilitar la palanca que obligaba a repartirla.
El primer peldaño de la escalera
El primer lugar donde empieza a notarse no es necesariamente en el paro agregado sino en la puerta de entrada.
Un estudio del Stanford Digital Economy Lab encontró que los trabajadores de entre 22 y 25 años empleados en las ocupaciones más expuestas a la IA habían sufrido un descenso relativo del empleo del 16% frente a jóvenes de ocupaciones menos expuestas, incluso después de controlar cambios específicos dentro de las empresas.
El empleo de los trabajadores con más experiencia en esas mismas ocupaciones se mantuvo estable o continuó creciendo. Además, las caídas se concentraron en los trabajos donde la IA parece más capaz de automatizar tareas, no simplemente de ayudar a realizarlas.
No significa que todo el empleo juvenil haya caído un 16%, ni demuestra por sí solo que la IA sea la única causa. Lo que muestra es una señal localizada justo donde cabría esperar que apareciera primero: en los puestos junior, digitales y relativamente estandarizables que las empresas pueden dejar de cubrir antes incluso de empezar a despedir masivamente.
Porque la sustitución no comienza siempre echando al que ya está dentro.
A veces empieza dejando de contratar al que iba a entrar.
Al mismo tiempo, el subempleo de los recién licenciados estadounidenses se situó en el 41,5% durante el primer trimestre de 2026: algo más de cuatro de cada diez trabajaban en puestos que normalmente no requieren una titulación universitaria. Su tasa de paro también permanecía elevada, en torno al 5,7%.
Ese dato no mide el efecto de la IA. Muestra algo distinto: que la puerta de entrada ya estaba deteriorada cuando la automatización cognitiva empezó a empujar.
Y aquí aparece el problema que las estadísticas agregadas no captan bien.
Los puestos junior no son solo trabajo barato, son la infraestructura de aprendizaje de una profesión.
Son el mecanismo mediante el cual una persona adquiere experiencia, aprende el oficio, comete errores bajo supervisión, incorpora conocimiento tácito y termina convirtiéndose en trabajador senior.
Si automatizas la entrada, puedes ahorrar salarios hoy, pero sobre todo erosionas el sistema que fabrica a los expertos de mañana.
Se está serrando el primer peldaño de la escalera, y una sociedad que corta el primer peldaño no tiene solo un problema de paro juvenil.
Le ha quitado a toda una generación la forma de empezar a subir.
No desaparece necesariamente el trabajo. Cambia su calidad y su poder.
Además, reducir el debate al número de empleos creados o destruidos deja fuera buena parte del problema.
Una empresa puede mantener la plantilla y utilizar la IA para exigir más producción por trabajador.
Puede automatizar las tareas que daban autonomía y dejar al empleado las más rutinarias, tensas o vigiladas.
Puede capturar el conocimiento del trabajador, incorporarlo al sistema y convertir después esa experiencia en un procedimiento replicable.
Puede reducir equipos y cargar sobre los que quedan el control de una producción mucho mayor.
Puede aumentar la productividad sin aumentar el salario ni reducir la jornada.
En ese escenario, el empleo no desaparece pero el trabajo se intensifica, se fragmenta y pierde capacidad de negociación.
La estadística dirá que la persona sigue ocupada, pero la distribución de poder contará otra historia.
Lo dice quien fabrica la máquina
Lo inquietante es que el aviso no viene solo de economistas críticos o agoreros de foro. Dario Amodei, CEO de Anthropic, una de las empresas que desarrolla los modelos más avanzados, ha advertido de que la IA podría eliminar hasta la mitad de los empleos junior de cuello blanco y elevar el paro al 10-20%.
Lo resumió con una imagen que encaja casi demasiado bien con este hilo: una economía capaz de curar enfermedades, crecer a ritmos extraordinarios y producir una riqueza inmensa, mientras una quinta parte de la población se queda sin trabajo.
Que lo diga quien fabrica la máquina no convierte la predicción en prueba.
También puede haber marketing; exagerar la capacidad transformadora de una tecnología sirve para atraer capital, intimidar a competidores y convencer a los gobiernos de que solo unas pocas empresas están preparadas para controlarla.
Pero sí demuestra algo importante: sus propios fabricantes consideran plausible un escenario en el que la productividad se dispara mucho más deprisa que la capacidad de la sociedad para repartir sus beneficios.
Y empieza a parecerse a una coartada sarracena: dejar por escrito que quienes construían la máquina ya habían advertido de sus costes.
El contrapunto, que también toca darlo
Parte de los despidos anunciados como consecuencia de la IA es probablemente
lavado de IA: empresas que presentan como automatización recortes que habrían realizado de todos modos para reducir costes o corregir la contratación excesiva de años anteriores.
El propio Sam Altman de OpenAI ha reconocido que algunas compañías están utilizando la IA como excusa para despidos que no responden realmente a mejoras tecnológicas.
Tampoco existe todavía una prueba clara de destrucción masiva de empleo en el conjunto de la economía. El Yale Budget Lab no encontró entre 2022 y 2025 una huella inequívoca de la IA en los grandes agregados de empleo, desempleo y salarios.
Es más, a mediados de 2026 el ritmo de despidos incluso se ha enfriado. El total anunciado en el primer semestre cayó alrededor de un 40% respecto al mismo periodo de 2025, una comparación condicionada por la oleada extraordinaria de recortes del año anterior, las contrataciones previstas subieron y el mercado laboral estadounidense sigue dando, en el agregado, señales de resistencia.
Separar el efecto de la IA del impacto de los tipos de interés, el ciclo económico y la corrección tecnológica sigue siendo difícil.
Y sin embargo ese dato en vez de desmontar el argumento, lo afina. Porque la historia no está en el volumen total de despidos, sino en dónde se concentra el daño. El agregado puede enfriarse mientras la puerta de entrada se cierra.
Gartner encontró algo igualmente revelador en una encuesta a 350 ejecutivos de grandes organizaciones que ya estaban probando agentes, automatización inteligente u otras tecnologías autónomas.
Alrededor del 80% comunicó reducciones de plantilla; pero los recortes eran casi igual de frecuentes entre las empresas que obtenían una alta rentabilidad de esas tecnologías y las que solo conseguían ganancias modestas o resultados negativos.
Despedir libera presupuesto pero no demuestra que la tecnología funcione ni garantiza retorno.
Conviene, por tanto, separar tres cosas que a menudo se mezclan:
- la automatización real.
- el recorte empresarial de toda la vida.
- el humo corporativo presentado como innovación.
No hay todavía un terremoto inequívoco en los datos agregados, pero sí empiezan a aparecer grietas precisamente donde cabría esperar que comenzaran: en la contratación junior, en las tareas digitales más automatizables y en el poder negociador de quienes entran ahora al mercado laboral.
El problema seguiría existiendo aunque no desapareciera un solo empleo neto
Y aquí está el punto central, supongamos que los optimistas tienen razón.
Supongamos que la IA destruye millones de puestos, pero crea otros tantos. Que el empleo agregado se mantiene, que aparecen nuevas profesiones y la economía acaba absorbiendo a la mayoría de los desplazados.
El problema de fondo seguiría sin resolverse, porque contar empleos no dice cómo se reparte la renta.
Una economía puede mantener el número total de ocupados y, al mismo tiempo:
- reducir el peso de los salarios respecto a la riqueza producida
- debilitar el poder de negociación
- concentrar los beneficios
- deteriorar las condiciones de entrada
- trasladar el riesgo al trabajador
- transferir una parte creciente del valor hacia quienes poseen la infraestructura
También puede crear nuevos empleos, pero no para las mismas personas, en los mismos lugares, con los mismos salarios ni en el mismo momento en que desaparecen los anteriores.
El empleo neto es una suma. La vida ocurre en cada uno de sus términos.
El resultado no sería necesariamente una sociedad más pobre; podría ser una sociedad mucho más rica y mucho más desigual.
Una sociedad en la que se produce más que nunca, pero menos personas controlan una proporción mayor de lo producido.
Una sociedad en la que la mayoría continúa trabajando, pero negocia desde una posición más débil.
Una sociedad en la que la productividad sube sin que suban proporcionalmente los salarios ni baje la jornada.
Una sociedad en la que cada crisis personal recibe el mismo consejo, “recíclate, actualízate”, aunque la velocidad de sustitución sea mayor que la capacidad real de millones de personas para reinventarse una y otra vez.
La pregunta, por tanto, no es solo si la IA eliminará empleos.
Es qué tipo de empleos crea, quién puede acceder a ellos y qué ocurre durante la transición.
Y, sobre todo, quién adquiere el poder de apropiarse del aumento de productividad.
Porque cuando el trabajo deja de ser el principal mecanismo mediante el cual la mayoría reclama una parte de la riqueza que ayuda a producir, el problema ya no es tecnológico, es político.
Ese es el hilo que une este frente con el siguiente.
Porque si el trabajo es el lugar donde se debilita el poder para negociar la renta, el próximo frente es donde se ve quién está acumulando la capacidad de capturarla.
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