El oro, a debate: horquillas del 4% al 5% y la comparación con el trigo
Comprar oro para protegerse es una idea vieja. Tan vieja que, según un participante en el debate, ya en tiempos de Jesucristo una túnica de la mejor calidad y un buen calzado valían una onza de oro. Hoy, un buen traje y unos buenos zapatos siguen valiendo una onza de oro. La anécdota, repetida en cualquier conversación sobre metales preciosos, resume el argumento central de quienes defienden el metal amarillo como reserva de valor: su capacidad de mantener poder de compra a través de los siglos. Pero el detalle que suele omitirse es que esa onza no se compra ni se vende al mismo precio. Y ahí empieza el problema.
La discusión sobre dónde está la ventaja de comprar oro arranca con una queja concreta: las diferencias entre los precios de compra y venta son tan abultadas que dan ganas de salir corriendo. La respuesta no tarda: no, no es siempre así. El oro se compra no para especular, sino como valor refugio a medio y largo plazo, como una inversión en la que el dinero está asegurado porque el oro es, desde hace miles de años, el verdadero dinero de la humanidad, independientemente del país, el gobierno o el papel moneda de turno.
¿Por qué el oro no es un valor refugio para todos?
El mantra del refugio tiene sus detractores. El oro no es ningún refugio, sostiene una corriente crítica: ha tenido una deflación brutal considerando que es un recurso cuasi-limitado, y el precio por habitante ha bajado y sigue bajando. El trigo, en cambio, sigue subiendo y subiendo en el mismo contraste, y no es un elemento limitado. Si fuera valor refugio, mantendría al menos el valor refugiado por habitante, y no es así.
La respuesta a ese argumento llega en forma de pregunta: si ahora en la tierra somos muchos, ¿el oro debería valer más? Y si de los tres mil millones de habitantes nuevos resulta que no han comprado en total ni una moneda, el razonamiento se deshincha. La ventaja, apunta otra intervención, es ser tu propio banco central. ¿De verdad alguien cree que almacenan trigo en bóvedas de alta seguridad? La manía de confundir dinero con comida es recurrente.
El problema real: horquillas del 4% al 5% y el precio spot
El punto práctico que más pesa en la conversación es el coste de entrada. Las horquillas son de aúpa. Una cosa es no especular y otra que te atraquen nada más llegar. La recomendación que se repite: cualquier numismática para monedas corrientes cobra menos comisión que las grandes plataformas. En Madrid hay varios sitios donde se puede comprar a spot más un 4% o 5%. En ciertos canales, a veces aparecen cosas a spot, eso sí, vuelan.
El consejo se concreta: por experiencia, cualquiera de las tiendas de la calle Mayor, siempre surtida de monedas de 20 francos al peso o casi. Antes había convenciones numismáticas y cualquier comerciante valía. Ahora, con todo el mundo recluido, no se puede. La conclusión es clara: hay que saber lo que se quiere comprar y qué precio se considera justo. Lo online es cómodo, y lo cómodo no suele ser barato.
El oro frente al bitcoin: liquidez, energía y trueque
La comparación con el bitcoin aparece pronto. Nadie sabe cómo funcionará el BTC cuando haya una fuerte presión vendedora. Hay dudas sobre la capacidad de liquidez del sistema ante una venta masiva. El oro ya se ha probado en infinidad de ocasiones. El bitcoin se comporta como especulación, es ilíquido y depende de terceros y de una infraestructura extremadamente dependiente de la energía. Cuando se necesite para sobrevivir porque todo se ha ido a la mierda, esos tokens abstractos serán irredimibles.
El oro, en cambio, tiene la máxima aceptabilidad en el trueque. Esa aceptabilidad máxima, si no universal, en los intercambios es lo que hace que el oro sea dinero, y no el trigo, el iPhone o el zumo de naranja. Evitar pérdidas es refugio. Ganar y perder es riesgo, especulación. Poco importa para el activo con mayor utilidad marginal: ese 1% nunca considera que tiene bastante oro. No ocurre lo mismo con el agua, el trigo o cualquier otro producto.
Mad Max, papel higiénico y medias de mujer
El escenario de crisis extrema desata la imaginación. La mejor inversión ante un Mad Max es un refugio seguro, salud (ropa, agua, comida, energía, calor, medicamentos), habilidades (supervivencia, cazar, pescar, defensa personal) y sobre todo armas, y saber cómo utilizarlas, para proteger lo anterior. En tiempos de guerra, ignoramos si vale más una onza de oro o un paquete de tabaco, una botella de whisky o un mechero.
La historia da pistas. En la II Guerra Mundial, Alemania intentó destruir la economía de los aliados tirando desde aviones libras y dólares descaradamente falsos en poblaciones aliadas y obtuvo el efecto contrario: la libra y el
dólar falso pasaron a ser la moneda de transacción más común, valiendo exactamente la mitad que uno auténtico, potenciando su universalización. De valer cero en épocas normales, un billete falso pasó a valer el 50% del original por falta de disponibilidad de circulante.
También valían más unas medias de mujer que una tableta de chocolate. Se usaban las que tenían todavía una costura detrás, y las mujeres que no podían comprarlas se pintaban la línea de la costura para fingir tener medias. Lo que más vale en una guerra son los instrumentos que permiten acceder a la comida. En este caso eran las medias que permitían llegar a las alacenas de las cartillas de los oficiales. El ingenio femenino ante la escasez.
El oro ensangrentado y la seguridad jurídica en tiempos difíciles
La objeción más incómoda llega con la historia. Pregúntale a los judíos dónde está todo el oro que les robaron los alemanes, cuya diversión era gasearlos y arrancarles las muelas como anécdota sistemática. El oro ensangrentado de los nazis ilustra la seguridad que puede dar tener oro en tiempos difíciles. A veces la realidad difiere mucho de lo que uno se imagina, que normalmente y de forma inocente uno se cree que en un Mad Max las garantías jurídicas son las mismas que en tiempos normales.
Frente a eso, el contraejemplo venezolano: el tener oro y plata físico ha permitido a muchos sobrevivir e incluso escapar del paraíso chavista con sus ahorros a salvo. La respuesta es escéptica: no se conoce el caso, se conocen más casos de familiares que han enviado pasajes. ¿Puedes poner fuentes? La discusión queda abierta.
La generación que no quiere oro
El mundo cada vez es más digital. La gente joven, menores de 50, quiere todo ya y desde el sofá de su casa. Esta filosofía de vida no va a cambiar, sino que avanzará, y es incompatible con el oro como inversión. Es como pensar que ir a caballo volverá porque el ser humano es lo que ha hecho los últimos 5000 años. Recapacitad y mirad de qué va el bitcoin, que os estáis quedando fuera de algo muy muy grande.
La acusación de fondo: los metaleros promueven las bondades del oro para intentar generar un auge de compra que suba el precio y, por ende, invertir el valor erróneo de sus posiciones y tratar de rentabilizar posiciones bajas para poder invertir en alcistas. Ya saben lo que está pasando más que de sobra, como todos. De inocentes no tienen un pelo. Les ha costado una fortuna aprenderlo.
El ratio Dow/Gold y el IPC de diez años
La prueba de fuego: haz la cuenta en 10 años, desde el 2011. Ni para el IPC. El ratio Dow/Gold, ¿algo más que un simple ratio? La respuesta es que el oro se comporta como cualquier otro valor. La comparación con el trigo vuelve: compro más trigo que en 1971 y 2000 con el mismo oro, no tengo que dividirlo entre la población mundial, no hay oro para todos. El argumento se cierra con un «siguiente».
La contrarréplica es una perogrullada: todo tiene un valor, el trigo, el oro, las piedras del río. Además, la misma cosa tiene más valor para unos que para otros. Y así el mercado descubrió al oro como la mercancía que más aceptabilidad tiene en el trueque. Los deberes pendientes: descubrir por qué el oro tiene la máxima aceptabilidad.
La ventaja de comprar oro, si existe, no está en el precio de entrada. Está en la salida: en poder venderlo cuando nadie quiere tu papel moneda. Con horquillas del 4% al 5% en el mejor de los casos, la rentabilidad empieza cuesta abajo. Los datos de los últimos diez años no acompañan. Y sin embargo, la onza sigue comprando el mismo traje y los mismos zapatos que hace dos mil años. Si eso es refugio o es una condena a la parálisis, es una pregunta que el mercado no ha terminado de responder.