El 80% de la televisión es femenina y el hombre se desvanece
La percepción de que el hombre español está siendo progresivamente invisibilizado en el espacio público ha dejado de ser una intuición marginal para convertirse en un lugar común en determinados círculos. Una forera conocida como Kate the Great abre un hilo para compartir su impresión de que ya no ve hombres. Según su percepción,
ocho de cada diez presentadores, redactores y tertulianos en las principales cadenas son mujeres, con la excepción de El Toro TV. La cosa no queda ahí. Según esta misma forera, en publicidad, de cada diez anuncios, ocho o nueve están protagonizados por mujeres, y los pocos espacios donde aparece un varón se reducen a sectores muy concretos como el de la reparación de lunas o la compraventa de vehículos.
El fenómeno trasciende la pantalla. En el ámbito sanitario, según su experiencia personal, la presencia de médicos varones se ha vuelto casi anecdótica:
solo un cardiólogo de todos los especialistas que ha visto era hombre. En la calle, paseando al perro o haciendo la compra, su impresión es que la proporción se inclina igualmente hacia lo femenino. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿dónde están los hombres buenos? No los que aparecen en los anuncios, sino los que sostienen la estructura familiar y social sin hacer ruido.
La televisión como espejo deformado de la realidad
La sobrerrepresentación femenina en los medios, según la percepción de la forera, no es un fenómeno casual. Responde a una lógica de mercado que ha convertido la diversidad en un producto vendible. Las cadenas han entendido que el espectador medio —y muy especialmente el anunciante— premia la presencia de rostros femeninos en pantalla. El resultado, según este punto de vista, es un ecosistema comunicativo donde el hombre ha pasado de ser el estándar a ser la excepción.
El Toro TV se ha convertido en el último reducto donde todavía se puede ver a un varón opinando sin que ello suponga un acto de provocación.
Este desequilibrio tiene consecuencias medibles. Los varones, especialmente los más jóvenes, han dejado de consumir televisión lineal y han migrado hacia plataformas donde el contenido no viene filtrado por cuotas de representación. La paradoja es evidente: cuanto más se esfuerzan las cadenas por reflejar una supuesta diversidad, más se aleja una parte significativa de su audiencia.
El hospital, la calle y el supermercado: la ausencia cotidiana
Si se abandona el ámbito mediático y se baja al terreno de lo cotidiano, el patrón se repite con una insistencia casi matemática. En los centros de salud, la figura del médico varón se ha convertido en una rareza estadística.
Solo un cardiólogo, uno, en toda la experiencia acumulada de quien plantea el asunto. En las calles, la proporción de mujeres paseando perros o empujando carros de la compra supera holgadamente a la de hombres. Y en los hospitales, el personal sanitario femenino copa prácticamente todos los puestos de atención directa.
¿Significa esto que los hombres han desaparecido? Evidentemente, no. Están trabajando. Están en las minas, en los campos, en las fábricas, en los camiones, en las obras. Están haciendo los trabajos que nadie quiere hacer y que sostienen la estructura material de la sociedad. Pero no están en los espacios de visibilidad. No salen en los anuncios. No presentan los telediarios. No pasean perros por el centro de las ciudades a las once de la mañana. La invisibilidad no es ausencia: es una forma de estar sin ser visto.
El hombre bueno como especie en extinción
La discusión deriva inevitablemente hacia una pregunta más incómoda: ¿qué ha sido del hombre bueno? Aquel que cumple con su rol familiar, que respeta a su pareja, que sostiene económicamente el hogar y que, además, no hace ruido. Ese hombre existe, pero ha sido progresivamente arrinconado por un relato que lo presenta como sospechoso por defecto. La bondad masculina, cuando no se acompaña de una exhibición constante de sensibilidad, se interpreta como complicidad con el patriarcado.
Hay quien sostiene que el hombre bueno está en su casa, dedicando su tiempo libre a los hijos, evitando conflictos conyugales y aceptando una vida sexual que, en muchos casos, se ha vuelto esporádica o inexistente.
La alternativa, según esta corriente, es la soledad o la sumisión a un modelo que no le reconoce ningún valor intrínseco. El hombre bueno no desaparece: se recluye. Y mientras se recluye, otros ocupan su espacio.
La paradoja final es que cuanto más se habla de igualdad, más se acentúa la desaparición simbólica del varón en el espacio público. Los datos de presencia televisiva, sanitaria y callejera apuntan en una dirección que pocos se atreven a discutir abiertamente. Si la tendencia continúa, es probable que dentro de una década el hombre sea, efectivamente, una figura residual en los medios y en las calles. No porque haya dejado de existir, sino porque habrá dejado de ser visible. Y lo que no se ve, termina por no importar.