Elegir entre la URSS de los 80 y una favela: nadie quiere hacerlo
Puestos a elegir entre la URSS de los años 80 y una favela brasileña actual, la respuesta más repetida no es un destino: es una negativa. La pregunta, planteada como juego de dos opciones cerradas, ha derivado en una discusión sobre si el dilema tiene algún sentido. Nadie querría vivir en ninguno de los dos sitios. Y aun así, casi todos acaban señalando uno. La síntesis más escueta que ha producido la conversación:
susto o muerte.
¿Qué estaba garantizado en la URSS de los años 80?
Trabajo, educación, sanidad y vivienda. Ese es el paquete básico que la mayoría sitúa fuera de discusión, y explica que el país no se perciba como un desierto. Lo que escaseaba era lo demás: variedad en el supermercado, coches, bienes de consumo. Las colas para conseguir según qué productos formaban parte de la rutina, no de la excepción.
Por encima de esa igualdad formal había una jerarquía muy real. La
nomenclatura del partido accedía a mejores casas, coches y atención sanitaria prioritaria. El pacto no escrito se resume en dos reglas: no hables de política y sé un buen ciudadano.
El trabajo era obligatorio; vivir de una prestación se tildaba de vicio burgués. Quien podía, mantenía su
dacha —a veces una simple cabaña de madera— para pescar y estar en la naturaleza. Universidad, teatros y deporte funcionaban a un nivel que sorprende a quien solo asocia el periodo con la escasez. Y en los márgenes, un mercado negro vigoroso: vaqueros y zapatillas cambiados por rublos, billetes verdes en negro y acceso a vodka y caviar. La natalidad soviética rondaba los
dos hijos por mujer en aquella década, un dato que se usa para desmontar la idea de una sociedad sin vida privada.
¿Por qué alguien preferiría una favela brasileña?
Porque nadie te asigna la residencia. Ese es el eje del argumento: la libertad, aunque venga sin seguridad. En un sitio, el itinerario vital viene dado y el alojamiento también; en el otro, no hay funcionario que decida dónde duermes ni qué puedes comprar. La fórmula que mejor resume la disyuntiva: en la favela ves la bota que te pisa; en la URSS, ni te enteras.
La factura de esa libertad es alta y no se disimula. La inseguridad, el riesgo de violencia y la ausencia de servicios básicos forman parte del mismo paquete que el clima y la vida en la calle. El resultado es un intercambio incómodo: se cambia previsibilidad por autonomía, y cada cual decide cuál de las dos pesa más cuando imagina su propia biografía dentro.
Aparece incluso una lectura a la inversa, más incómoda. Hay quien sostiene que las sociedades occidentales avanzan hacia un modelo de control más refinado, con restricciones graduales a la movilidad y trabas cotidianas que no se anuncian como tales, y que la favela enseña el mecanismo en crudo, sin maquillaje.
El falso dilema que se rechaza de plano
Una parte de las respuestas se niega a jugar. El argumento: es un falso dilema, porque ninguno de los dos escenarios representa un proyecto de vida deseable y la comparación solo sirve para que la opción menos mala parezca buena. Quien rechaza la elección no propone un tercer destino; niega que la pregunta esté bien construida.
Ese rechazo arrastra otra comparación que aparece varias veces: la de la URSS tardía con la España franquista previa al desarrollismo. La tesis es que ambos regímenes compartían un fondo parecido —normas predecibles, seguridad básica, familia estable, ocio sencillo—, cada uno con su propia leyenda negra. En la misma línea, hay quien sostiene que décadas de cine y propaganda han satanizado la Europa del Este hasta hacerla irreconocible para quien solo la conoce por la pantalla.
Con dos opciones así, la abstención es la respuesta más honesta y también la más frecuente. Queda una pregunta sin resolver: si nadie quiere ninguna de las dos, ¿por qué casi nadie se atreve a decirlo sin elegir una?