Gas pimienta en el Congreso: baños y cocina precintados
El Congreso de los Diputados no ha sufrido un ataque químico. Ha sufrido algo bastante más doméstico: un bote de
gas pimienta de venta libre, un Pleno con ganas de espectáculo y una cadena de torpezas que terminó con varios baños y una cocina precintados. El desencadenante público fue una diputada del PP,
Ana Vázquez, exhibiendo el espray en su escaño. El resultado, una funcionaria atendida por vómitos y un edificio entero preguntándose quién abrió el bote.
La alerta llegó antes que el Pleno
La cronología importa y contradice el relato cómodo. La primera señal de alarma se registró a las
10:26 en un baño de un pasillo del número 36 de la Carrera de San Jerónimo, donde se ubican los grupos parlamentarios. Allí, una trabajadora tuvo que ser atendida por el olor. Traducido: el gas ya estaba en el aire
antes de que el bote asomara por el hemiciclo.
Eso desmonta la lectura simple de «la diputada roció medio Congreso». Y también la contraria, la del simple accidente sin consecuencias. Alguien vació un aerosol en un espacio cerrado y hubo personal con náuseas. Poca broma con la
fumigadora, por mucho que el asunto se cuente entre chistes.
El precinto, el asesor y el «estaba vacío»
En las fotografías del bote, dentro y fuera del Hemiciclo, el
precinto de garantía sigue puesto. La versión posterior ha sido que estaba descargado, algo difícil de comprobar cuando el envase es lo único que queda en pie. Y aquí entra la pieza que convierte la anécdota en asunto: según la acusación difundida por
Óscar Puente, la diputada habría pasado el espray a un asesor, que supuestamente lo vació después en un baño. Son versiones en disputa y ningún extremo está cerrado.
Conviene separar dos planos que el ruido mezcla. Uno es la torpeza parlamentaria, el bote paseado como trofeo. Otro es la seguridad de una cámara legislativa, donde se sospecha que ha entrado y se ha accionado un aerosol sin que nadie lo frenara. Se sostiene que la presidenta del Congreso, Francina Armengol, dejó pasar la ocasión de cortar el asunto en el Pleno. Puede discutirse el golpe, pero el portero no apareció.
Del «Congreso de los gaseados» al pistolero de 1934
El ingenio español no ha tardado: de
Congreso de los Gaseados a comparaciones con la cámara de gas, pasando por el recuerdo del Joker de Jack Nicholson. El humor es un termómetro, no un análisis. Lo interesante es el precedente que ha salido a relucir: en
1934, el diputado socialista Indalecio Prieto sacó una pistola durante una sesión parlamentaria y apuntó a la bancada rival. Aquello era un arma de fuego. Esto, un aerosol homologado que se compra en cualquier ferretería.
La comparación es tramposa, sí, pero retrata bien el nivel del material con el que se discute: un incidente doméstico elevado a escándalo de Estado, en un Parlamento donde la seguridad real apenas se revisa.
El bote acabará en un expediente y probablemente en nada, con un par de intervenciones olvidadas. Lo que no se irá tan rápido es la sospecha de que en el Congreso se entra con más facilidad de la que se sale de un baño clausurado. Si en las próximas semanas aparece otro susto, la versión del bote vacío dejará de sonar tan inocente.