El mapa que sitúa a EEUU como país del tercer mundo en 20 años
Una fotografía. Eso es todo. Un mapa de los Estados Unidos en el que los colores ya no cuentan escaños ni renta por habitante, sino algo mucho más incómodo: el porcentaje de población blanca estado por estado. En California, el 19%. En amplias zonas del interior, estados prácticamente vacíos. La imagen circula como profecía: si la tendencia demográfica no se revierte, el país que diseñó el orden mundial de la segunda mitad del siglo XX será irreconocible dentro de dos décadas. La discusión que ha generado —más de 180 intervenciones a lo largo de casi dos años— no es solo sobre demografía. Es sobre si una civilización puede sobrevivir a su propio relevo poblacional.
Qué muestra el mapa y por qué se interpreta como una sentencia
El punto de partida es una fotografía de los Estados Unidos coloreada según la composición racial de cada estado. Las zonas con mayor presencia de población blanca aparecen casi despobladas; las costas y el sur, con porcentajes que en algunos casos no llegan al 20%. La lectura que se hace del mapa es doble. Para unos, es la prueba de una
sustitución demográfica en marcha, un proceso que consideran irreversible y que atribuyen a decisiones políticas concretas: la eliminación de las leyes de inmigración que, hasta mediados del siglo XX, solo permitían la entrada de europeos del norte. Para otros, es simplemente la fotografía de un país que siempre fue diverso y que nunca fue blanco en su totalidad.
La discusión se apoya en un dato que se repite: en California, el estado más poblado, el porcentaje de población blanca no hispana se sitúa en torno al 19%. La cifra se usa como adelanto de lo que ocurrirá en el resto del país. La proyección que se maneja es que, en un plazo máximo de veinte años, Estados Unidos habrá dejado de ser una potencia de primer orden para convertirse en un país del tercer mundo. No hay un estudio académico detrás de esa afirmación; es una extrapolación que circula en el debate y que se apoya en la evolución demográfica observada.
El argumento que culpa a las élites y a la inmigración
Una parte de los intervinientes sostiene que el proceso no es espontáneo. Señalan que las leyes migratorias estadounidenses fueron diseñadas para mantener una mayoría blanca de origen europeo y que fueron desmanteladas por decisiones políticas concretas. La consecuencia, argumentan, es que el país ha importado mano de obra barata para trabajos no cualificados mientras las élites se beneficiaban de un mercado laboral segmentado. En esa lectura, la inmigración no es un fenómeno natural, sino una política deliberada de sustitución. Algunos mensajes del hilo incluyen referencias antisemitas y teorías conspirativas sobre el control de la inmigración por parte de grupos judíos, afirmaciones que no están respaldadas por pruebas.
Frente a esa tesis, otra corriente recuerda que los países con rentas per cápita más altas del mundo —Suiza, los Emiratos Árabes Unidos— importan grandes cantidades de mano de obra barata, y que las naciones con mayor crecimiento económico —Brasil, Rusia, Israel, China— son multiétnicas y multirraciales. El argumento es que un país cien por cien blanco y cristiano no es garantía de nada: el declive español de los siglos XVII y XVIII es el ejemplo que se cita. La conclusión que se extrae es que la correlación entre homogeneidad racial y prosperidad no existe.
La extinción cultural como marco del debate
Más allá de la raza, el eje del debate se desplaza hacia la cultura. Hay quien sostiene que el problema no es la desaparición de un grupo racial, sino la de una civilización: la occidental. La predicción es que durante el próximo siglo desaparecerán gran parte de las culturas únicas del mundo como consecuencia de las bajas tasas de natalidad. La duda que se plantea es si las culturas con natalidad alta son un futuro deseable para los hijos. Es una pregunta que no se responde.
La discusión deriva hacia la geopolítica. Se afirma que cuando Estados Unidos caiga, Europa estará enterrada y olvidada. Se compara la situación europea con la estadounidense: mientras allí se ha votado a un presidente que se presenta como defensor de los intereses nacionales, aquí se tiene a Sánchez y a Von der Leyen. La conclusión que se extrae es que Europa no tiene capacidad de reacción. Y se añade un matiz económico: puede que el norte de Europa, incluida Francia, se derrumbe antes que España, Italia y Portugal, los países del sur que resisten mejor las crisis. Aunque, como se pregunta otro interviniente, ¿qué significa resistir? Si resistir es acostumbrarse a ser más pobre sin mayor problema, entonces sí, somos de los mejores.
El idioma como caballo de Troya
Una de las intervenciones más repetidas apunta a un fenómeno que no es racial sino lingüístico: el avance del español en Estados Unidos. La predicción es que cuando los latinos colonizen el país, dejarán de venir a España. Es un win-win, se dice. La idea subyacente es que el flujo migratorio hacia España se reducirá cuando el destino natural sea el norte. No hay datos que respalden esa relación causal, pero la observación sobre el avance del español en Estados Unidos es un hecho constatable.
El debate se cierra con una reflexión sobre la identidad. Se discute si la categoría de raza blanca tiene base biológica o es una construcción del siglo XIX. Se recuerda que un supremacista nórdico no considera blanco del todo a un español, igual que un español no considera blanco del todo a un argelino. La conclusión que se extrae es que la preocupación por la extinción de la raza blanca en Estados Unidos es más intensa entre españoles que entre los propios anglosajones protestantes. Es una ironía que queda flotando.
El mapa es una fotografía. La profecía es un cálculo. En 20 años, dicen, Estados Unidos será irreconocible. No hay manera de saberlo. Pero la discusión deja un dato que descoloca: los estados con mayor porcentaje de población blanca son, precisamente, los que están prácticamente despoblados.