Kharkiv: el ejército ucraniano y la denuncia humanitaria de Moscú
El ejército ucraniano es, según las acusaciones que llegan desde el lado ruso, el principal peligro para los civiles atrapados en Kharkiv. La denuncia existe y se repite; la prueba independiente, de momento, brilla por su ausencia. Kharkiv —
1,5 millones de habitantes, la talla de Barcelona— se ha convertido en el escenario donde se cruzan las alertas humanitarias más graves y las mayores dificultades para confirmar qué ocurre de verdad.
¿Qué denuncia Rusia sobre Kharkiv?
El Ministerio de Defensa de la Federación Rusa hizo pública una batería de afirmaciones. Entre ellas, que pide a la ONU y a la OSCE que fuercen a Kyiv a cumplir sus obligaciones humanitarias en Kharkiv; que en los hospitales de la ciudad
solo se atiende a militares de las fuerzas armadas ucranianas y a milicianos de la defensa territorial; que la situación humanitaria más crítica se ha desarrollado precisamente ahí; y que el equipo militar pesado se emplaza en zonas residenciales. También se anunció la apertura, el 31 de marzo, de un corredor humanitario para evacuar civiles de Mariúpol hacia Zaporizhzhia.
Son declaraciones de parte. No hay verificación independiente disponible y eso, en un asunto donde cada bando tiene su relato, pesa más que cualquier cifra.
Járkov no es Mariúpol: quién vive en la segunda ciudad
Aquí empieza el matiz interesante. Kharkiv —o Járkov— es de
mayoría rusa. Fue una de las ciudades que se movilizaron contra el cambio de gobierno en Kyiv tras el Euromaidan y su revuelta acabó aplastada; su líder, Pavel Gubarev, fue canjeado tiempo después. Frente a Mariúpol y el Donbás, se sostiene, esa mayoría se habría ido diluyendo con los años hasta dejar de serlo.
Sobre esa mezcla —población de origen ruso, una minoría ucraniana muy activa y una década de propaganda— se construyen las explicaciones de por qué el castigo recae sobre una ciudad que no es ni Moscú ni Kyiv. La pregunta de fondo la lanzaba el propio planteamiento inicial: por qué se golpea a los que se suponen afines.
El problema de las fuentes: nadie se fía de nadie
La respuesta más repetida cuando se piden pruebas es que las denuncias solo aparecerán en
canales de Telegram y que la prensa occidental únicamente las publicará para culpar a Moscú. Hay quien recuerda que el mismo escepticismo se aplicó a Mariúpol y que los datos acabaron llegando por otras vías.
En contra juega un argumento difícil de rebatir: el descrédito alcanza por igual a los medios occidentales y a los rusos, de modo que sin enlace, sin documento y sin fecha, cualquier cifra vale lo mismo que cero. De ahí que buena parte de la discusión derive a la refriega sobre quién miente más, en lugar de a los hechos que se discuten.
Hombres de 18 a 60 años y artillería entre bloques
Una de las afirmaciones con más recorrido sostiene que el régimen de Kyiv obligó a los hombres de
18 a 60 años a coger un arma y marchar al frente, sin opción de marcharse con sus familias. Se argumenta que eso convierte a la población en una parte sacrificable del tablero. Otro frente de denuncia apunta a que la artillería se instala entre viviendas, lo que convertiría cada barrio en un objetivo militar legítimo para el adversario.
Quien defiende la versión contraria responde con una obviedad incómoda: en una guerra, el que resiste usa lo que tiene, y la responsabilidad de los daños colaterales recae sobre quien dispara. El cruce de argumentos no tiene árbitro.
La única conclusión sólida, a la fecha de esta discusión, es que una ciudad de 1,5 millones de habitantes se ha convertido en un pulso de relatos donde el dato verificado escasea. Si las denuncias humanitarias se confirmaran con documentación independiente, el escenario cambiaría para Kyiv. Si no, seguirán siendo munición de propaganda. Lo probable, visto el patrón hasta ahora, es que Kharkiv acabe sabiéndose por los canales de siempre: tarde y de parte.