La abstención se dispara y hunde la participación 11 puntos
La abstención ganó las
elecciones europeas. Otra vez, y por el margen más amplio en años: la participación se dejó hasta 11 puntos respecto a la convocatoria anterior, con un descuento que se agrandaba hora a hora. A las 14:00 se votaba 4 puntos menos; a las 18:00, 12 menos. Al caer la tarde, la cifra amenazaba con quedarse por debajo del 45%, que es el techo histórico de unas europeas votadas en solitario, sin el reclamo de las municipales y autonómicas en la misma papeleta.
El escrutinio dejó una foto incómoda: en torno a un
62% del electorado no pasó por las urnas. A partir de ahí, la estadística se volvió política. Unos lo leen como certificado de defunción del interés por Europa. Otros, como la prueba de que quien ocupe los escaños durante los próximos cinco años lo hará sin bendición de mayoría real alguna.
Qué participación tenían las europeas cuando se votan solas
La comparación exige contexto. La cita anterior no fue equiparable: coincidió con municipales y autonómicas, y ahí el votante acude por motivos muy distintos. Cuando las europeas se votan solas, el patrón es tozudo:
un 44% en 2004, un 44% en 2009 y un 43% en 2014. Un suelo del 43-44% que unos atribuyen a la costumbre y otros elevan a característica estructural del sistema.
La tesis que se abre paso sostiene que la lista cerrada y la circunscripción única desincentivan cualquier esfuerzo. Da lo mismo a quién votes: el reparto se decide en Bruselas, entre grupos que se rehacen después y socios que cambian según el expediente. «Una estafa», lo resumía quien comparaba la cita europea con unas elecciones locales, donde al menos sabe a quién le entrega el voto.
Hay quien va más lejos: el Parlamento europeo sería un refugio de sueldos y el poder real se repartiría entre la Comisión y el Consejo, ninguno de los cuales pasa por las urnas. Ese marco institucional se convierte así en argumento de peso para el que se queda en casa.
Pan y circo, lo llamaba otro, con la misma resignación.
Cuántas papeletas se tiran a la basura cada jornada electoral
Frente a la abstención, el despilfarro de material. Circuló el caso de una
mesa aragonesa con 320 censados y hasta 6.000 papeletas impresas, todas a la basura al cerrar el colegio. Con listas cerradas y papeleta única por formación, el método lo dictan los partidos con representación. La alternativa técnica sobre la mesa es otra: una sola papeleta con casillas, como en el Senado.
La paradoja la señalaba quien recordaba que ese derroche lo asume una administración que, en paralelo, pide al ciudadano recortar su huella. El papel se imprime por millones, se reparte por mesas y se destruye por la noche. Nadie lo discute porque a nadie grande le conviene cambiarlo.
Qué pasa si no votas: ¿se reparten igual los escaños?
La respuesta es el núcleo del enfado. Sí, se reparten igual. La abstención no resta un solo escaño ni rebaja un euro de sueldo: el que se sienta, cobra. De ahí la propuesta de
Escaños en Blanco: si todo el que se quedó en casa hubiera dejado esa papeleta, más de la mitad de los escaños españoles en el europarlamento seguirían vacíos, y cada sesión en Bruselas sería un recordatorio mudo del descontento.
La objeción aparece enseguida. ¿Quién garantiza que el elegido por esa sigla renuncie al sueldo, al aforamiento y a las dietas en cuanto traspase la puerta? Sin un mecanismo de cese inmediato por incumplir el programa, el instrumento depende de la palabra de alguien a quien el sistema premia, precisamente, por no cumplirla. Y la segunda pega ya existe dentro del hemiciclo: hay eurodiputados que cobran igual aunque no aparezcan.
El escaño como negocio: 28.000 euros al mes para asesores
Si algo explica el ansia por la poltrona, dicen, es la aritmética del cargo. Una cifra que circuló durante la jornada situaba en
28.000 euros mensuales el margen para fichar asesores, esto es, dinero para repartir a discreción de quien firma. Un incentivo que no se apaga con cambios de ciclo y que ayuda a entender por qué la abstención nunca se traduce en menos candidatos.
La respuesta escéptica tiene su propia lógica: por mucha gente que se quede en casa, siempre queda una base cautiva. Quien depende del sistema para comer, quien vota a su partido de siempre por costumbre o identidad. Aunque la abstención escalara hasta el 75%, ese núcleo seguiría decidiendo quién manda. Conclusión amarga: el abstencionista no castiga a nadie, solo se resta del recuento.
Con estos precedentes, lo probable es que la caída de la participación se olvide en cuestión de días y que la cita europea vuelva a funcionar como test de castigo al Gobierno de turno, más que como plebiscito sobre Europa. Aunque quizá no siempre: si una sola fuerza logra rentabilizar el desencanto con un discurso antisistema, la próxima medición dirá otra cosa. Con las urnas, nunca se sabe.