Cinco de nueve ausentes en la mesa y una multa que casi nunca llega
¿Qué pasa si no te presentas a una mesa electoral? En una de las mesas constituidas esta vez faltaron
cinco de los nueve miembros. La Guardia Civil tomó nota de los datos de los ausentes y los
funcionarios presentes comentaron que no recordaban un desplome semejante. La mesa se acabó formando, como casi siempre, tirando de suplentes y de quien estuviera a mano.
A partir de ahí el asunto deriva hacia dos preguntas incómodas: si la sanción llega alguna vez, y si sale a cuenta cumplir.
Por qué no ir a una mesa electoral casi nunca acaba en multa
Como sostiene un participante en el hilo, no acudir a la constitución de una mesa no genera una sanción administrativa que se tramite con un clic: obliga a abrir un
proceso penal, con juez, fiscal, funcionarios judiciales, notificaciones y agentes como testigos. El sistema exige demostrar que se notificó al ausente y que este no compareció. Multiplique ese coste por los miles de designados que no aparecen y entenderá por qué, según su estimación, solo
una decena de casos al año terminan con nombre y apellidos.
Hay un segundo filtro. Muchos expedientes mueren por defectos de forma o por falta de pruebas. Si se extravía un resguardo firmado de la notificación, la maquinaria se atasca. Circula la cifra de una
multa de 3.000 euros por vía ejecutiva para los ausentes, una versión que quienes la rebaten consideran falsa: en este supuesto el camino sería un proceso penal, no una multa administrativa.
Frente a eso, otra tesis que circula en el hilo: la administración publica el nombre en el boletín oficial y con eso ya se da por notificado, así que el despiste no salva a nadie. El matiz es de calendario, y el calendario electoral juega siempre con prisa.
Correos, alguacil y boletín: cómo llega la notificación
El procedimiento cambia según el ayuntamiento, según cuentan los participantes. En unos se usa correo certificado con un plazo de
dos días para recogerlo; en municipios pequeños, un alguacil o la policía local lo entrega en mano. Si el aviso no se recoge, la administración puede darlo por notificado. Para cerrar el círculo hace falta publicar un edicto en el boletín oficial correspondiente.
Ahí está el agujero. Entre el intento de notificación, el plazo de recogida y la publicación del edicto, las elecciones se celebran. Quien quiera cobrar la pieza necesita notificación en tiempo y forma, y a menudo no la tiene. De ahí el caso que circula: un designado que nunca fue a Correos, que quedó sin localizar, que pasó el turno al siguiente de la lista. Uno acabó presidiendo la mesa; el otro, viendo tenis en casa. El Estado de derecho, cuando los plazos apremian, se parece bastante a un colador.
¿Cuánto pagan por estar en una mesa electoral?
250 euros. La misma cantidad desde hace décadas, y en domingo. La jornada se alarga hasta el recuento, y en la conversación se habla de más de diez horas con parte nocturna. El cálculo que se maneja en la conversación pone el mínimo razonable en
1.000 euros.
Con esa escala, el sorteo pesa como una lotería al revés. De ahí salen las dos salidas que se discuten: subir la retribución hasta que compense de verdad, o sustituir la designación obligatoria por voluntarios y, sobre todo, por gente en paro que necesita el dinero. Lo segundo tiene su lógica económica y su problema político: convierte la fiesta de la democracia en un empleo temporal mal pagado.
El día en que la mesa se reparte a base de ultimátums
Los relatos de constitución se repiten. Presidencias fantasma: el titular no aparece y el primer suplente salva el trámite. Mesas donde el vocal primero y el segundo acaban cubiertos por segundos suplentes. Y la escena recurrente del responsable que pierde la paciencia y suelta un aviso de
dos minutos para que los presentes se repartan los cargos antes de que los asigne él.
También hay estrategias silenciosas. La más citada: presentarse, esperar a que lleguen los demás, colocarse cerca de la puerta y no decir nada cuando preguntan por los suplentes. Nadie firma que eras suplente, nadie deja constancia, y el turno cae sobre el siguiente que abrió la boca. A eso se suma el clásico de las gafas olvidadas: un hombre mayor sin poder leer las papeletas y su mujer llevándoselas una hora después.
Y la nota discordante: en la Comunidad de Madrid, a las 9:15, todos los miembros de una mesa estaban puntuales. Existe.
Así que la mesa se constituye, la votación se celebra y el expediente, casi siempre, se duerme. La fiesta es de la democracia; la resaca, en todo caso, la paga otro.