De manjar de pobres a capricho de ricos: así se disparó el precio
Hay un hilo que lleva meses circulando por los foros de economía y que resume una sensación cada vez más extendida en las cocinas españolas: aquello que comían nuestros abuelos —y que a veces se desechaba— hoy se paga como si fuera caviar. El punto de partida es un vídeo que repasa diez alimentos que pasaron de regalarse a convertirse en artículos casi inalcanzables. La anécdota más repetida es la de las
angulas: de cogerlas a kilos en las acequias de la Albufera con un cubo y una linterna a pagarse a miles de euros el kilo en las primeras partidas de la temporada, según relata un participante. No es una exageración de sobremesa: es la constatación de que la cesta de la compra ha cambiado de dueño.
El pescado que se usaba de cebo y hoy vale como oro
La lista de productos que han dado el salto de categoría es larga y variada. Las
anchoas de Santoña se servían como tapa gratuita en cualquier bar junto a un trozo de queso manchego; hoy no bajan de los 70 euros el kilo, según un participante. La mojama o el bonito del norte en aceite rondan los 30 euros el kilo. Unos simples jureles, que eran pescado humilde, salen a 8 euros el kilo bruto, y si se descuentan espinas, vísceras y cabeza, el precio real de la carne se dispara hasta los 20 euros, siempre según los cálculos que se manejan en el hilo. El pulpo, que era comida de pobres, está a 20 euros el kilo. Los percebes se usaban para hacer pienso hasta que alguien decidió que eran un manjar a finales de los ochenta. Las angulas, en los sesenta, casi se regalaban.
Hay un patrón que se repite en casi todos los casos: lo que antes se despreciaba ahora se reivindica. El rape iba a harina, los verdeles a pienso, las sepias ni se comían. El pescado de roca —sargos, julias, cabras, durdos— se tiraba. Hoy todo eso tiene precio de subasta. Y no solo pasa con el pescado.
La casquería que era un despojo y ahora es un lujo
La casquería merece un capítulo aparte. Las mollejas de cordero se encuentran a
20 euros el kilo, según un participante. Dos kilos de gallinejas y entresijos cuestan 20 euros, pero después de cocinarlos apenas quedan 300 gramos de producto final. Las manos de cerdo, a 4 euros la mano; las orejas, a 3 euros la unidad; la careta, a 4 euros. Los zarajos, a 2 y 3 euros la unidad. Huesos para caldo a 6 euros el kilo. Huesos, señores. Lo que antes el carnicero regalaba («toma chaval, que me dijo tu abuela que ibais a hacer cocido») hoy tiene etiqueta de precio.
Frente a esta visión, hay quien matiza. Un participante sostiene que la oreja y el pie de cerdo se pueden encontrar a 4,50 euros el kilo y que con una manita bien limpia y alubias de la Bañeza se come por 3,10 euros. Otro defiende que, puesto a elegir, prefiere un kilo de mollejas a 20 euros que chuletas de cordero al mismo precio, porque en las mollejas se come todo y en las chuletas el 60% son huesos y grasa. La polémica está servida.
¿Por qué se ha encarecido todo tanto?
Las explicaciones que se manejan son varias y no siempre coinciden. Una de las más repetidas es la monetaria: déficits públicos crónicos, emisiones ingentes de deuda pública y bancos centrales comprando esa deuda con cargo a su balance. El resultado, se argumenta, es que se crea dinero de la nada y su valor se reduce. No es que todo sea más caro, es que el dinero vale menos. Es la manera de reducir el valor real de las deudas, sostiene esta corriente.
Otra línea apunta a la demografía y a la expansión de la población mundial, con más bocas que alimentar y una presión creciente sobre los recursos. También hay quien señala a las modas: los percebes se pusieron de moda a finales de los ochenta, la chuleta se popularizó a finales de los sesenta. Y una cuarta vía, menos económica y más política, sostiene que el poder adquisitivo tocó techo hace años y que desde entonces no ha hecho más que caer. La discusión, como se ve, no tiene un ganador claro.
El pollo era carísimo y el lenguado estaba al alcance de un peón
La nostalgia juega malas pasadas, y hay datos que lo demuestran. Varios participantes recuerdan que en su infancia se compraba lenguado, bacalao, salmonetes, ternera, conejo, berberechos y gambas cualquier día del año, no solo en Navidad. Eran familias de clase obrera: un padre peón de albañil podía pagar un piso, varios coches y mantener a mujer y tres hijos. Eso sí, sin segundas residencias ni vacaciones, solo escapadas o visitas a familiares. Otros recuerdan que el pollo era un plato de lujo en los restaurantes de los setenta, y que el envenenamiento por aceite de colza fue en 1981. La memoria es selectiva, pero los precios de entonces y de ahora no admiten discusión.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión se ha ido desplazando desde el precio concreto de cada alimento hacia las causas últimas, y ahí se ha quedado encallada. Unos culpan a la política monetaria, otros a la demografía, otros a las modas y otros al poder adquisitivo. Lo que nadie discute es el resultado: la cesta de la compra que era cotidiana para una familia obrera hace cuarenta años hoy es un capricho. Y mientras tanto, la pregunta de si esto tiene vuelta atrás sigue sin respuesta.