Covid 2.0: el guion que une la pandemia con la guerra
Un convoy militar detenido, un presidente cómico, un presidente ruso al que los medios llaman Hitler y una Europa que se dispara en el pie con sus propias sanciones. Para una parte del análisis que circula por los foros económicos españoles, todo esto no es una guerra: es la segunda temporada de una serie cuyo primer episodio se rodó en 2020. La tesis es que la pandemia funcionó como ensayo general de lo que viene y que la invasión de Ucrania es el
Covid 2.0, una falsa guerra con actores, bandos y un guion escrito por instancias que no salen en pantalla.
El argumento central es que las medidas de 2020 no fueron improvisadas. La limitación de movilidad buscaba reducir el consumo de energía; las colas en los supermercados mentalizaban para el racionamiento; las multas y el confinamiento preparaban a la población para la represión y el encierro domiciliario. Cada una de esas piezas, sostiene esta lectura, tiene su continuación natural en el escenario bélico actual.
De la vacuna al convoy: el mismo reparto
El paralelismo que más se repite es el de los actores. En 2020 el malo se llamaba Covid; ahora se llama Putin. El bando de los buenos lo lidera un presidente al que se describe como cómico, y los medios de comunicación actúan, en esta lectura, como altavoces coordinados que repiten el mismo encuadre. Europa, China y Estados Unidos aparecen como invitados de lujo: Europa como plató donde se rueda la película, China como vencedor silencioso de la primera temporada y Estados Unidos como productor con experiencia previa.
La pieza que se señala como detonante es un convoy ruso detenido, al que se compara expresamente con el
Maine, el buque cuya explosión sirvió de pretexto para la guerra de 1898. La predicción es que su destrucción funcionará como
casus belli y que los medios amplificarán el relato hasta arrastrar a la OTAN a la intervención.
Qué pasará antes: combustible, pan y ERTES
El guion que se anticipa tiene una secuencia concreta. Primero, subida diaria del precio de los combustibles hasta que el coche sea un lujo de ricos y el resto vuelva a la bicicleta. Después, desabastecimiento en supermercados: sin aceite ni envases metálicos no hay latas de conservas, no hay harina, no hay pan. Racionamiento y colas, para lo que la población ya fue entrenada en la primera temporada.
El siguiente paso serían nuevos ERTES, rebautizados con algún término inclusivo, cuando la fuerza de trabajo no pueda desplazarse porque no haya nada con lo que desplazarse ni destino al que ir. La Agencia Internacional de la Energía aparece citada con sus propuestas de
economía de guerra: reducir la velocidad, fomentar el teletrabajo y decretar un día a la semana sin coches, con el objetivo declarado de recortar la demanda en millones de barriles diarios.
El final del guion divide a los analistas
Aquí es donde la tesis se parte. Una corriente sostiene que, una vez todo caiga, llegará la guerra total con bombas nucleares tácticas, el reclutamiento de la población en sus domicilios y un desenlace diseñado por arquitectos que no son humanos. Otra considera que ese final es demasiado cinematográfico y apuesta por un escenario intermedio: megacrisis económica, efectos acumulados de las vacunas y una reducción sostenida del tamaño del orden social. La contaminación radiactiva, señalan, no beneficia a nadie, ni siquiera a los que supuestamente manejan el tablero.
Hay también quien discute la premisa de fondo: que Putin forme parte del mismo club que Occidente. Durante años, argumentan, han trabajado juntos para hundir Europa, pero ahora sus intereses chocan y el conflicto es real, no coreografiado. Y una minoría recuerda que la propia Unión Europea y sus dirigentes se alinearon con las vacunas y los pasaportes, lo que debilita la idea de un plan único y coordinado.
El precedente que nadie quiere repetir
La comparación con 2020 no es inocente. En aquel episodio, señalan, la población vacunada empezó a desertar del experimento cuando se le pidieron más dosis, y los no vacunados no sucumbieron al miedo a las sanciones ni a los pasaportes. La farsa decayó justo cuando los medios unánimes cambiaron de alerta y barrieron el Covid con una noticia nueva. Ese cambio de foco, sostiene esta lectura, es el mecanismo que ahora se repite.
La pregunta que queda flotando no es si el guion es cierto, sino cuánto de él estamos dispuestos a reconocer cuando lo veamos en pantalla. Porque si algo enseña la primera temporada es que las medidas más impopulares se aceptan mejor cuando llegan con un enemigo claro y una cola en el supermercado.