Mariupol y la memoria selectiva de las masacres
¿Por qué unas matanzas de civiles se convierten en símbolo universal y otras se archivan en el olvido? La discusión arranca con imágenes de niños y ancianos alcanzados por la artillería en Mariupol, difundidas por
El Mundo, y con una frase que resume la tesis de partida: hay un antes y un después. A partir de ahí, la conversación deriva hacia un terreno incómodo: la comparación con Dresde, Hiroshima, Nagasaki, Bagdad, Faluya y la autopista A-80 de Kuwait. El asunto de fondo no es si hubo víctimas —eso nadie lo discute— sino qué relato merece pasar a los libros y cuál se deja caer por el sumidero de la actualidad.
El listado de agravios comparados
El primer movimiento del intercambio es el clásico
y tú más. Una parte sostiene que lo de Mariupol no es comparable al bombardeo de Dresde ni a la atomización de Hiroshima y Nagasaki, y añade Bagdad a la lista. Otra corriente responde con la retirada de Kuwait por la autopista A-80: miles de vehículos embotellados en el desierto y bombardeados con bombas de racimo, una matanza que, se argumenta, no generó ni una fracción del ruido mediático actual. Faluya aparece en la misma frase. Vietnam y la guerra del Golfo, también.
La conclusión que se extrae de ese cruce no es que una matanza cancele a la otra, sino que la cobertura mediática no se reparte por número de muertos. Se reparte por interés geopolítico del emisor. Ese es el punto que más consenso genera en el tramo medio de la discusión, y el que conviene retener.
¿Quién controla el relato de la guerra?
Aquí el intercambio se parte en dos. Un bloque defiende que la información que llega a
Europa occidental forma parte de una operación de comunicación: se señala que las únicas noticias que circulan son las de poblaciones ucranianas masacradas y una resistencia feroz que frena a los rusos en todos los frentes, mientras el resto del material son vídeos caseros. Se llega a comparar el despliegue con lo ocurrido en Wuhan y con las escenografías de la pandemia. Es una tesis que se lanza sin aportar verificación alguna, y así hay que leerla: como sospecha enunciada, no como hecho establecido.
Enfrente, otro bloque sostiene lo contrario: que dudar de las imágenes es una forma de blanquear al agresor. El argumento que más peso tiene en ese lado es que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad, y que eso vale en las dos direcciones. La discusión se encona cuando alguien pide explicaciones sobre por qué se difunde a una creadora de contenido disfrazada de herida saliendo de un hospital que no era el suyo, habiendo heridos reales. La pregunta queda flotando sin respuesta cerrada.
El Azov, la excusa que lo tapa todo
El segundo gran eje del intercambio es el batallón Azov. Una parte del material repite que la mayoría de los civiles alcanzados son combatientes de esa unidad, que los hospitales y los edificios con niños y mujeres se usan como parapeto, y que por eso las bajas civiles no son lo que parecen. Otra parte responde que ese argumento es precisamente el que desactiva cualquier condena: si todo muerto es un nazi, no hay crimen que investigar.
El dato que se cita para sostener la primera tesis es la matanza de la casa de los sindicatos de Odesa, con mujeres embarazadas entre las víctimas, un episodio que, se afirma, no ha tenido recorrido mediático equivalente. La discusión se atasca ahí, porque ninguna de las dos partes acepta el marco de la otra.
Los niños de Lugansk que nadie televisó
El tramo más concreto del intercambio es un listado de menores fallecidos en bombardeos sobre Lugansk entre 2014 y 2015, con nombres, apellidos, fechas de nacimiento y localidades: Kirovsk, Antratsyt, Krásnaya Poliana, Lugansk. Se presenta como crímenes de guerra que no salieron en televisión. Es el único bloque del material con nombres propios y fechas verificables una a una, y por eso mismo es el que más peso tiene frente a la comparación genérica.
La discusión no llega a resolver si ese listado cambia algo. Lo que sí hace es desplazar el foco: de la masacre concreta de Mariupol a la pregunta de por qué unas víctimas tienen nombre en portada y otras solo tienen fecha en un registro.
El cierre: la horda, la economía y el resto
El tramo final del intercambio se deshilacha. Aparece la tesis de que la guerra busca arrasar Europa para que Estados Unidos vuelva a reconstruirla y lucrarse, con la economía de la UE como daño colateral. Aparece también la denuncia de que España niega asilo a los ucranianos en edad militar. Y aparecen descalificaciones personales que no aportan nada al análisis y que aquí no se reproducen.
La pregunta inicial —qué masacre pasa a la historia— sigue sin respuesta. Lo que queda claro es que la respuesta no la decide el número de muertos, sino quién controla la cámara. Y eso, con o sin Mariupol, lleva funcionando siglos.