Egipto pide entrar en los BRICS y el club anti-OTAN se amplía
Egipto ha solicitado unirse a los BRICS, según se afirma en el debate. La noticia, que en Occidente se despacha con un encogimiento de hombros, esconde una foto incómoda: el país que, según un participante, compra el 60% de su comida fuera y que vive del turismo ha decidido que su futuro no pasa por Washington ni por Bruselas. El club que nació como acrónimo de banco de inversión se ha convertido, para algunos intervinientes, en la principal amenaza al orden unipolar, y no por lo que dice, sino por lo que representa.
Egipto no es un país cualquiera en esta partida. Su principal entrada de divisas, el turismo, está al 20% de su capacidad, según se sostiene en el hilo. Necesita importar la mayor parte de los alimentos que consume y venía comprándolos a Rusia y Ucrania, los dos bandos de la guerra que ha reventado el mercado de grano. Con ese panorama, El Cairo no se ha puesto nervioso: ha diversificado. La mayoría de su comida la compra ya a Rusia y su principal socio comercial es China, afirman algunos participantes. Los egipcios, dicen, tontos no son.
Qué son los BRICS y por qué importa que crezcan
El nombre BRIC lo inventó Goldman Sachs para informar a sus inversores de dónde poner el dinero, según se recuerda en el debate. El banco detectó hace décadas que Europa y Estados Unidos iban cuesta abajo y el resto del mundo cuesta arriba. Los únicos que no se han enterado, ironizan, son los ciudadanos occidentales que siguen pensando que porque de momento viven bien eso va a continuar mientras la productividad de su trabajo se va al guano.
La ampliación tiene, según algunos intervinientes, un efecto multiplicador que no depende de la propaganda: cada socio que se une hace más atractiva y viable la unión de más países. El precio de esos países candidatos sube para el bando contrario. Todo lo que pierde un bloque lo gana el otro, y en esa subasta de lealtades hay quien juega a ver qué grupo ofrece más.
El dato que descoloca: los "pobretones" ya no lo son
Los países que Occidente sigue llamando pobres dejaron de serlo, según un cálculo que circula en el debate, en 2020. Ya son más ricos que todo el G7, sostiene un participante. Tienen la energía y los recursos, y no parece que los vayan a seguir regalando a cambio de papelitos del BCE o de la FED. La pregunta no es si quieren cambiar el orden, sino cuándo terminarán de hacerlo.
Egipto es el ejemplo perfecto para algunos. En términos absolutos se vive peor allí que en España, pero su tendencia es la contraria: cada año más gente pasa de pobre a clase media, tiene poca inmigración y poca emigración —no pierde gente capacitada—, su economía sube, no tiene deuda pública y el paro está en mínimos, según se afirma. Nosotros empeoramos. Partimos de puntos muy dispares, así que en diez años seguiremos siendo superiores. En veinte o treinta, igual estamos bastante igualados.
El error de la soberbia occidental
La visión unipolar del mundo se cae, según algunos intervinientes. Nunca ha sido unitario: ni en costumbres, ni en cultura, ni en religión, ni en historia, ni en política. Occidente liberal es una isla, y la mayoría del planeta no comulga con sus valores. A un chino le da igual lo que un economista inglés piense de él. Cuando te insultan con un término, lo inteligente es tomarlo como propio y que te la sude.
Hay quien sostiene que el problema no es que tengamos más caprichos que antes, sino que la gente se agarra a los caprichos sin tener una casa donde vivir. Tener más cosas no es mejorar. En 1990 nadie soñaba con un teléfono inteligente porque no existía, y la gente disfrutaba de un estado del bienestar mejor que el actual, según esta postura. Hoy hay ingenieros trabajando por dos duros para gente que montó una empresa siendo albañil. Antes se progresaba más, el dinero fluía y con menos se hacía más.
El frente militar: quién aguanta a quién
En el terreno militar, la lectura es menos épica de lo que se vende, según algunos. Rusia, la potencia que debía ser el peso pesado del comando anti-OTAN, está pasando las de Caín contra un país con armamento de segunda mano otanero, sostiene un participante. Invadir por completo un país de ese tamaño no es fácil ni rápido, replican otros. Y el material occidental que llega al frente no es chatarra: son lanzacohetes y tanques de los buenos, dentro de lo que se puede manejar.
El resultado es un empate incómodo que nadie quiere reconocer, según esta lectura. Ni Rusia es la máquina imparable que vendía su propaganda, ni Ucrania es la democracia invencible que vende la OTAN. Los dos bandos han aprendido que la guerra de desgaste se gana con suministros, y ahí Egipto tiene algo que decir: controla el canal por el que pasa buena parte del comercio mundial.
El cierre: una predicción con reservas
Si la tendencia se mantiene, Egipto no será el último en llamar a la puerta. El club anti-OTAN seguirá creciendo porque ofrece algo que Occidente ya no garantiza: recursos a cambio de recursos, no de papelitos. La reserva es obvia: los BRICS no son un bloque homogéneo, y China e India juegan su propia partida. Pero el movimiento de El Cairo deja claro que el tablero se ha movido, y que quien siga mirando solo a Bruselas se perderá el resto del partido.