De los ladrillos al yuan: la verdadera pelea de los BRICS
El acrónimo nació en un despacho de banca de inversión y hoy ondea como bandera en medio mundo. Brasil, Rusia, India,
China y Sudáfrica se han convertido en el club de moda del bloque no occidental:
Indonesia ya ha pedido entrar y la lista de candidatos no para de crecer. La conversación pública sobre el asunto arrancó con un mensaje irónico que venía a decir que los BRICS son esos «amigos» que resuelven sus diferencias a pedradas y palos. Detrás del chiste asoma una pregunta de calado: si el club funciona, ¿dejaremos de pagar en
dólares y euros?
Qué son los BRICS y por qué el nombre les viene de fuera
El término no salió de ninguno de los países que hoy lo exhiben. Lo acuñó en
2001 el economista Jim O'Neill, entonces presidente de Goldman Sachs Asset Management, para referirse a cuatro economías emergentes llamadas a ser actores de peso:
Brasil, Rusia, India y China. Con la incorporación posterior de
Sudáfrica, el acrónimo pasó a leerse BRICS. Hay quien subraya que la palabra inglesa «bricks» significa literalmente ladrillos y que ese juego de palabras —el club como material de construcción ajeno— nació en un despacho occidental. La tesis de esta corriente es que los países adoptaron una etiqueta que no pidieron y, encima, la defendieron.
Otros consideran ese debate estéril. Que el rótulo lo pusiera un banquero de inversión no cambia, conceden, que los socios se lo hayan apropiado para coordinar posiciones. Y si de algo sirve el nombre, insisten, es para moverse en el tablero financiero con una marca reconocible en los mercados.
¿Se puede dejar de pagar en dólares y euros?
Aquí es donde el relato y la caja se separan. La promesa de liquidar el comercio en divisas propias choca con un detalle que aparece en cuanto se rasca:
el yuan se usa en las operaciones entre socios del bloque, pero frente a Estados Unidos y Europa se sigue pagando en dólares. La desdolarización, sostienen los más escépticos, avanza en el discurso mucho más rápido que en los balances. Mientras las facturas con el bloque occidental mantengan la divisa estadounidense, la construcción se queda a medio camino.
La corriente contraria replica que la tendencia es imparable y que el sistema está cambiando
aunque a algunos les pese. Su argumento no es nuevo: los flujos comerciales se reorganizan, los acuerdos bilaterales se multiplican y la factura energética de medio mundo ya no se cierra siempre en la misma moneda. Qué porción de ese movimiento es irreversible sigue sin respuesta.
El reparto de poder: del G7 a un club más amplio
Para medir el peso real de los bloques, el gráfico que circula no usa el PIB nominal sino el
PIB por paridad de poder adquisitivo, que corrige por precios y coste de vida. Con ese método, el reparto cambia de color. En
1992 el mundo se articulaba en torno al G7; el punto de inflexión llegó con
la crisis de 2008, cuando el dominio occidental empezó a resquebrajarse. Los datos de
2022 dibujan un grupo occidental en descenso y un bloque emergente en ascenso.
La lectura optimista añade piezas:
Indonesia ha solicitado su ingreso, lo que ampliaría el club y su peso demográfico. La lectura prudente recuerda que sumar socios no equivale a sumar acuerdos, y que un grupo tan diverso —energía, manufactura, materias primas, demografía dispar— coincide mejor en el diagnóstico que en la receta.
Cada ampliación es una foto de familia con más gente y menos parentesco.La India que no se decide
El eslabón más incómodo es India. Una parte del análisis sostiene que su
postura natural es la neutralidad, o incluso la alianza con el bloque occidental, y que solo el resentimiento histórico contra Reino Unido y el desdibujamiento de su vieja relación con Pakistán y Estados Unidos la mantienen cerca de Moscú y Pekín. Otra corriente lo ve justo al revés: con
1.500 millones de habitantes, su futuro pasa por un bloque no occidental y por no repetir el papel subordinado de la etapa colonial.
Hay un punto de acuerdo entre ambas tesis: India no va a casarse con nadie mientras le salga más a cuenta jugar a dos bandas. Y en ese juego, cada cumbre del club es una carta que guarda en la manga.
China: ¿liberación o cárcel?
Sobre China se libra otra batalla de relatos. Un sector sostiene que es el único país emergente que se ha sacudido sus cadenas y que su tamaño le permite plantar cara. El sector contrario responde que el modelo replica un autoritarismo, no una liberación, y apunta a la vigilancia electrónica y a la situación en Xinjiang como prueba. Son dos diagnósticos incompatibles sobre el mismo país y ninguno cede terreno. Las afirmaciones más graves que se cruzan en ese choque proceden de las partes, no de una evidencia compartida.
La paradoja que ordena todo el asunto cabe en tres líneas. El acrónimo que hoy agrupa a media docena de economías nació en 2001 en un despacho que simplemente apostaba por su crecimiento. Más de dos décadas después, el club existe, se amplía y lo reivindica como propio. Y sin embargo, cuando esos mismos países cierran una operación con Estados Unidos o con Europa, la factura vuelve a estar, casi siempre, en dólares.