El COVID reabre la grieta entre cuarentenistas y negacionistas
En marzo de 2020, con las fronteras cerrándose y los contagios disparándose, la clase política española dio un giro de guion que, según el relato que domina una parte del debate público, nadie vio venir. Los partidos que hasta febrero exigían cuarentenas implacables pasaron a burlarse de la epidemia, y los que se reían de las medidas se convirtieron en los defensores más feroces del confinamiento. Aquel volantazo, según esta lectura, no fue un accidente táctico: fue el pistoletazo de salida de una fractura social que, seis años después, sigue sin cicatrizar.
El punto de partida es una acusación recurrente: la gestión de la pandemia habría dejado
medio millón de muertos en España, una cifra que se repite en los foros económicos y que se cruza con el dato oficial de
490.000 fallecimientos en 2020, unos 30.000 más que la media anual. La diferencia entre ambas cifras —la que atribuye el exceso de mortalidad a las residencias y la que lo reparte entre confinamiento, colapso hospitalario y decisiones políticas— es el corazón de una disputa que ya no va de virus, sino de confianza institucional.
El giro de guion de marzo de 2020
La cronología que manejan los críticos es precisa. En enero, con China aplicando cuarentenas drásticas, los partidos que hoy se reclaman herederos de la sensatez pedían controles rigurosos en los aeropuertos. En febrero, el cierre total de fronteras. En marzo, la declaración de un estado de emergencia que llegó tarde y mal. El 8M, con millones de personas en la calle, fue el pistoletazo de salida de los contagios masivos, según esta lectura. Y entonces, justo cuando empezaba el confinamiento, las tornas cambiaron.
Los que habían exigido mano dura se convirtieron en negacionistas de manual.
Días con 2.000 muertos diarios, cifras que daban escalofríos, y una parte de la sociedad se dedicaba a difundir que los fallecidos eran de plástico, que se habían muerto de alopecia o que las morgues estaban vacías. La teoría del 5G, la moneda de 50 céntimos que se pegaba al brazo, los hilos que se daban 500 me gusta unos a otros. Un ecosistema de desinformación que, según los más críticos, no fue espontáneo: fue una operación de
reconversión ideológica a gran escala.
La fractura que no se cierra
El resultado, seis años después, es una sociedad partida en dos bloques que ya no discuten sobre datos, sino sobre la legitimidad del otro para hablar. Por un lado, los que sostienen que el confinamiento fue un
encierro ilegal —con sentencia del Tribunal Constitucional mediante— y que en países como Francia o los nórdicos hubo vida casi normal. Por otro, los que recuerdan que España fue uno de los países con más restricciones y que los muertos no eran una invención estadística.
La discusión se ha trasladado al terreno económico. Hay quien calcula que el coste del confinamiento para las arcas públicas superó los
100.000 millones de euros entre ERTEs, ayudas directas y caída de ingresos. Otros replican que el coste de no haber actuado habría sido mayor en vidas y en capacidad hospitalaria. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a propios y extraños, pero nadie se pone de acuerdo en qué partida cargar al debe.
El legado: desconfianza institucional y relaciones rotas
Más allá de las cifras, el daño que se subraya con más insistencia es el social. Las relaciones personales se han ido al garete de forma irreversible, al menos entre la generación que vivió la pandemia en edad adulta. Amistades rotas por una mascarilla, familias divididas por una vacuna, vecinos que se denunciaban entre sí. La
sicopatía inducida, como la llaman algunos, ha dejado a una parte de la población inhabilitada para el debate racional.
El diagnóstico que se repite es que la élite decidió arrejuntar a todos los disidentes en un corral y sunormalizarlos con toda la saña posible. Antes de 2020, se argumenta, había gente con más o menos luces, pero con un halo de cordura. Después, ya no. La reconversión fue total. Y las nuevas generaciones, según esta tesis, crecerán sin esas taras mentales que tanto daño han hecho.
Queda el dato que descoloca:
205 días después de que se abriera este debate, la discusión sigue viva. No hay conclusión. No hay reconciliación. Solo una pregunta que nadie responde: ¿fue el virus o fuimos nosotros?