El derribo de azudes reabre el pulso sobre el control de las riadas
¿Cuánta culpa tiene el derribo de azudes en el alcance de una riada? La pregunta recorre el país cada vez que un temporal descarga con violencia sobre el litoral mediterráneo, y la respuesta sigue sin ser unánime. En el centro del cruce están las obras hidráulicas heredadas del franquismo —el
Plan Sur que desvió el cauce del Turia por fuera de Valencia es el ejemplo que todos citan— frente a las demoliciones de pequeños azudes ejecutadas en las últimas décadas por criterios ambientales. Quien defiende las presas sostiene que laminan el caudal y frenan la avenida; quien defiende su retirada responde que la mayoría no retenían agua y que su función era desviar caudal para riego o molinos.
Qué hace un azud y por qué se derriba
Un azud no es una presa. Es una barrera baja que desvía parte del caudal hacia una acequia o un canal, y en su día sirvió para regar y para mover molinos. No embalsa agua de forma significativa. Ese es el argumento técnico que repiten quienes defienden las demoliciones: cuando el río baja crecido, el canal está cerrado y el agua rebosa por encima sin retención apreciable. La superficie que queda detrás del azud, sin embargo, aumenta la infiltración y deja más terreno seco después, según la lectura contraria.
El pulso no es nuevo. Hay quien sostiene que los ingenieros antiguos construían estas obras porque primaban a las personas sobre la naturaleza, y que los actuales las destruyen porque priman lo segundo. La acusación de fondo —que las demoliciones responden a criterios ideológicos y no técnicos— circula sin prueba documental en el material disponible. Lo que sí aparece es un mapa oficial con los azudes y presas demolidos y el año de cada demolición, consultable por cualquiera.
El Plan Sur del Turia como prueba de cargo
La ciudad de Valencia apenas sufrió daños en el último gran temporal, y no por casualidad. El
Plan Sur, la obra que desvió el cauce del Turia por el sur de la ciudad, es la referencia que se repite para demostrar que la ingeniería hidráulica funciona cuando se ejecuta. La ciudad quedó protegida; las localidades del entorno, no. Esa asimetría —casco urbano a salvo, periferia anegada— es la que alimenta la comparación con lo que se ha dejado de hacer en otros cauces.
En la cabecera del barranco del Poyo no se ha construido una red de diques, y en su tramo bajo no hay canalización. Son las zonas que registraron los daños más graves. La pregunta que sobrevuela es si esas obras habrían cambiado algo o si ningún dique habría contenido una tormenta de esa magnitud. El material no resuelve la duda, y quien la plantea tampoco aporta el cálculo.
La batalla de la cronología: quién avisó y cuándo
Los mensajes a la población no llegaron hasta horas después de las primeras alertas. La alerta al móvil sonó a las
20:00, cuando ya había personas atrapadas. El centro de coordinación de emergencias dependiente de la Generalitat emitió las primeras alertas a las
20:10. Antes, el presidente autonómico había comunicado en redes sociales que el temporal remitiría a partir de las
18:00. La competencia sobre emergencias era autonómica, y ahí se concentra la crítica más sólida del material: el aviso llegó tarde.
La otra mitad del reproche apunta al Gobierno central por las demoliciones de infraestructuras hidráulicas. La cifra que se repite —que se han destruido más presas y azudes que en toda la UE junta— no viene acompañada de fuente verificable en el material. La comparación con la riada de
1957 y con la del sureste de
1879 sirve para recordar que las avenidas no son nuevas, pero no zanja si las obras retiradas habrían cambiado el resultado.
La unidad de emergencias que se derogó
La Generalitat creó una unidad de emergencias en
febrero de 2023 y la derogó en
noviembre del mismo año, cuatro meses después. La supresión de ese organismo es uno de los hechos que más se repite para reprochar la gestión autonómica. Quien lo defiende alega que la unidad era un chiringuito con dos personas nombradas a dedo; quien lo critica responde que desmantelar estructura de coordinación antes de un temporal es una decisión difícil de justificar.
El resultado de ese cruce es un país que discute competencias mientras las víctimas se cuentan. La sequía de datos oficiales sobre qué se demolió, cuándo y con qué informe técnico es lo que deja el terreno abonado para que cada bando elija su culpable. Y así llevamos desde
1957.
La próxima riada volverá a poner la misma pregunta sobre la mesa. Y volveremos a responderla con cuñadismo hidráulico.