La DANA reabre la brecha entre clima y catástrofes históricas
¿Han matado las emisiones de CO₂ o ha matado un barranco sin limpiar? La catástrofe de Valencia —con un balance de víctimas que en la propia discusión se lleva hasta los 200 muertos— ha reabierto el pulso entre quienes ven en el
cambio climático un factor agravante y quienes despachan el asunto como un «timo climático» montado sobre un fenómeno tan viejo como la gota fría. Los números que se cruzan tienen siglos: la gran riada de Valencia de 1957, la del sureste en 1879, la del Guadiana en Badajoz en 1997. Ninguna necesitó una industria como la actual para dejar muertos, casas arrancadas y cauces tapados de ramas.
¿Por qué se compara la DANA con la riada de Valencia de 1957?
Porque es la referencia obligada. El registro oficial de la gran riada del Turia, la del 14 de octubre de 1957, habla de
81 muertos. Otras versiones que aparecen en la conversación elevan la cifra muy por encima: hay quien menciona 300 y quien sostiene que las estimaciones reales van de
3.000 a 5.000 víctimas, muchas de ellas en las chabolas levantadas dentro del cauce, con cuerpos que se habrían enterrado administrativamente como «cadáver sin identificar». La dictadura, se argumenta, tapó el alcance real.
El ejercicio va más allá del recuento. «Con el doble de población y diez veces más edificaciones en las zonas inundables, en una riada similar a la del 57 habrían muerto 5.000», sostiene una intervención. La tesis es incómoda y no distingue bandos: la mortalidad no depende solo de cuánta agua cae, sino de cuánta gente vive exactamente por donde el agua va a pasar.
¿Qué dicen las series históricas de lluvia extrema?
Que llover, ha llovido siempre. La
riada de Santa Teresa, en el siglo XIX, sumergió Murcia y Orihuela con el agua subiendo más de
10 metros y más de 1.000 muertos, según las crónicas que se citan. En el sureste, en octubre de 1879, se estima que cayeron hasta
600 milímetros en una hora en zonas del río Vélez, poniendo fin de golpe a una sequía de cuatro años. Y las inundaciones del Yangtsé, con más de un millón de muertos, funcionan como el recordatorio extremo de que la catástrofe natural no nació con el CO₂.
De ahí sale el argumento más repetido: todo el periodo con registros escritos cabe sin apreturas en el recuadro de cualquier gráfica de eventos extremos. La ventana de datos sería, en esta lectura, demasiado corta para concluir nada sobre tendencias.
¿Existe un aumento de la intensidad y la frecuencia de las lluvias extremas?
Aquí se rompe cualquier consenso. Una parte defiende que la lluvia total anual apenas cambia, pero que
los eventos se concentran: cae lo mismo en menos tiempo. La gráfica que se maneja tiene una línea roja sobre los 70 milímetros y una frecuencia de picos que, según esta lectura, se ha disparado en el último decenio. Un estudio de
AEMET de 2021 y otro publicado en
Nature en 2018 se citan como respaldo.
En contra pesa la serie larga. Quien la consulta asegura que la raya roja está al mismo nivel que la de los años 70 y que el último decenio no tiene nada de especial, con las décadas más duras de lluvia intensa situadas entre
1955 y 1975. Se aportan además registros de máximas precipitaciones diarias de Italia, Reino Unido y Alemania para sostener que el aumento no aparece por ninguna parte. Dos lecturas de las mismas líneas. El desacuerdo no es de datos, es de qué se cuenta y desde cuándo.
¿Faltó limpiar cauces, mantener presas o avisar a tiempo?
Es el otro frente, y probablemente el que más incomoda. Se argumenta que buena parte de las infraestructuras hidráulicas —presas de laminación, encauzamientos, limpieza de torrenteras— se construyeron precisamente para esto y que su abandono traslada el problema del cielo al monte. Hay quien describe el cauce recibiendo «miles de toneladas de ramas, cañas y árboles» y quien responde que una infraestructura de hace setenta años funcionó perfectamente.
El flanco de la gestión suma reproches. La supresión de la unidad de emergencias creada para coordinar este tipo de crisis es, en esta conversación, el reproche central, atribuido a una decisión política de la administración autonómica. Se añade el detalle de que, con alerta roja, no se cortaron las carreteras por las que después tendrían que entrar las ayudas.
¿Y si fuera el sol?
La hipótesis cíclica no desaparece. Se apunta a una caída de la actividad de las manchas solares que adelantaría una «miniglaciación» hacia 2030, con el argumento de que la comunidad científica ya pronosticó episodios similares para los siglos XVII-XIX. Del otro lado se responde con un informe de la academia estadounidense de los años 70 que anticipaba justo lo contrario: el calentamiento y sus consecuencias, medición a medición.
También se rescata una predicción de 1995 según la cual el Atlántico se tragaría Holanda hacia 2008. Que los Países Bajos sigan donde estaban es, para esta parte, la prueba de que el relato exagera.
Con dos siglos de riadas, tres cifras distintas para el mismo octubre de 1957 y un informe de los setenta que ya avisaba, el problema nunca fue la falta de información. Fue la falta de ganas de mirarla.