Cadáveres ocultos en la DANA: la teoría y las cifras que no cuadran
El aparcamiento del centro comercial
Bonaire concentró durante días un despliegue inusual: buzos, bomberos y policías trabajando contrarreloj en un recinto subterráneo. Después llegó la versión oficial: allí no había ningún fallecido. Ese contraste —tanto esfuerzo para un espacio
supuestamente vacío— es el punto de partida de la tesis que se ha extendido desde la DANA de Valencia en 2024: que el
Gobierno estaría retirando cadáveres a escondidas y haciéndolos desaparecer. De momento, ninguna de las pruebas aportadas sostiene esa acusación.
Los testimonios que alimentan la sospecha
Los relatos que circulan son variados y casi todos indirectos. Dos guardias rurales de Chiva habrían declarado en público que la televisión miente y que hay muchos más muertos de los que se reconocen. Un testigo grabado desde un balcón afirmaba ver cómo se llevaban cuerpos durante la noche. El vídeo de un cadáver encontrado en la calle cuatro días después alimentó la sensación de que la cifra oficial nunca fue real. A ello se suman los camiones frigoríficos que algunos mensajes dicen haber visto en la zona y el testimonio de un trabajador que, sin relación con la riada, habría tenido que firmar un contrato de
confidencialidad sobre lo que viera.
En el extremo más difundido, un mensaje llegaba a preguntar si se estaba empleando a
personas migrantes para retirar cuerpos en camiones frigoríficos. Es la afirmación con menos sustento de todas: no hay una sola prueba que la respalde y se apoya únicamente en que el recuento oficial no se movía.
¿Se pueden esconder cientos de muertos?
Frente a la tesis, el argumento más repetido es de pura aritmética administrativa. Detrás de cada fallecido hay una familia, un DNI, una cuenta bancaria, un móvil y un puesto de trabajo que queda vacío. «No se pueden borrar los muertos», resume una de las intervenciones más citadas. Las familias de los desaparecidos acabarán exigiendo los cuerpos para darles sepultura. Y quien sostiene lo contrario pide imágenes que no llegan: sin vídeos de cómo se retiran cadáveres, la desconfianza hacia el Ejecutivo no basta para dar por bueno cualquier relato.
Hay un matiz que la propia catástrofe explica. Buena parte de los cuerpos pudo ser arrastrada por el agua hasta el mar, y muchos tardarán en aparecer —o no aparecerán—. Eso abre una
zona gris en la que caben tanto la negligencia como la especulación.
El incentivo económico: 72.000 euros por fallecido
Aquí entra el dato que más se repite. Según un mensaje del hilo, por ley los fallecidos en catástrofes naturales recibirían una
indemnización de 72.000 euros. Si los muertos pasan a figurar como desaparecidos, no habría derecho a esa compensación; y, según esa misma versión, el cambio de estatus de desaparecido a fallecido oficial implicaría un periodo de diez años. Ese diferencial se presenta como el móvil para inflar la lista de desaparecidos y congelar la de fallecidos.
El razonamiento tiene un agujero evidente: ese dinero lo paga la Administración con fondos públicos, no sale del bolsillo de quien decide. El ahorro no sería un incentivo personal para nadie. Pero la sospecha ya está instalada.
Los bulos que contaminan la denuncia
No todo lo que circula resiste el mínimo escrutinio, y eso juega en contra de quien reclama transparencia. Un audio que aseguraba que había
200 niños muertos en Bonaire fue señalado como una
trampa destinada a desacreditar a los críticos. Esa mezcla —casos verificables junto a invenciones— obliga a separar el grano de la paja.
Los hechos que sí están documentados son otros: el cadáver hallado en la calle al cuarto día, o la mujer que permaneció cuatro jornadas atrapada en su casa junto al cuerpo de un familiar. Sucedieron a pocos kilómetros de Valencia capital, no en pueblos incomunicados. La diferencia importa.
Una cifra que se mueve a cuentagotas
El elemento más citado no es un vídeo, sino una estadística. Los primeros días, cuando la gestión autonómica aparecía como principal responsable, se hablaba de más de
1.900 desaparecidos. Tras la visita institucional, ese número cayó de golpe y la cifra de fallecidos empezó a subir
a cuentagotas, aunque cada jornada se recuperaban cuerpos en distintos puntos. Y, según lo que se repite en el hilo, durante seis días el recuento de víctimas mortales no se movió.
La pregunta no es solo cuántos son. Es por qué el dato dejó de actualizarse y quién decide cuándo se toca.
Un detalle resume el desconcierto. Una de las frases más compartidas sobre el aparcamiento —«No hay muertos, pero confiamos en que en la segunda planta haya menos»— ha sido leída como la prueba de que las cuentas no encajan: si no hay muertos, no puede haber menos de cero. La ironía es fácil. La explicación, todavía no.