Trump gana en EEUU y el mapa retrata la brecha urbe-campo
Donald Trump vuelve a la Casa Blanca. La confirmación de su victoria en las elecciones presidenciales de Estados Unidos dejó al establishment recomponiendo el relato: buena parte del análisis daba por hecho un triunfo de Kamala Harris. El recuento provisional, con
193 votos electorales frente a 168, dibujó un mapa casi enteramente rojo salvo los grandes núcleos urbanos.
El recuento y la sombra del fraude electoral
A medida que avanzaba el escrutinio se reavivó el fantasma de 2020. Hubo quien sostuvo, sin aportar ninguna prueba verificable, que el resultado estaba cantado y que los votos se cocinaban de madrugada; circuló incluso la imagen de
camiones cargados de papeletas llegando a altas horas en Pensilvania. Son afirmaciones que no están respaldadas por evidencia alguna y que reproducen el patrón de desconfianza de los últimos comicios.
La otra cara del recuento fue el reparto del poder. Las proyecciones apuntaban a que los demócratas podrían hacerse con la Cámara de Representantes por un margen mínimo, lo que dejaría a Trump con la Casa Blanca pero sin control total del legislativo. Para una parte del análisis, un poder dividido es
la mejor noticia posible: obliga a pactar y frena los extremos.
Qué revela el mapa electoral: campo contra ciudad
El mapa del voto contó una historia más simple. Los estados donde se concentra el poder económico —Nueva York, California, Seattle, Boston, Chicago— se mantuvieron en manos demócratas, mientras el resto del territorio, rural y de clase trabajadora, votó en masa por Trump. La lectura dominante habla de una desconexión profunda entre las élites urbanas y el votante de fuera de las grandes áreas metropolitanas.
El análisis más repetido apunta a que la izquierda estadounidense ha perdido el contacto con su base histórica: el obrero que vota pensando en su nómina y no en ingeniería social.
Ese divorcio, más que el carisma del candidato, explicaría el resultado. La geografía del voto es la prueba, dicen, de que el mensaje no llega donde antes llegaba.
El poder real de Elon Musk
Si hay un nombre que sobrevuela el resultado, es el de Elon Musk. Una corriente de opinión considera que el verdadero ganador de la noche no fue tanto Trump como el empresario, al que sitúa como la persona con más poder de la historia reciente. Su respaldo explícito a la campaña y su creciente papel en la remodelación del Estado han alimentado toda clase de teorías, desde el
Nuevo Orden Mundial hasta la más descabellada de las conspiraciones, casi siempre sin pruebas.
La versión menos fantasiosa es también la más incómoda: un solo individuo que controla la compañía de vehículos eléctricos dominante, la mayor red de satélites y una plataforma global de comunicación. Que ese cóctel lo maneje una sola persona es, como mínimo, un asunto que la economía no ha sabido digerir.
Aranceles, inmigración y Ucrania: la agenda económica
En el plano económico, las expectativas giran en torno a tres frentes. El primero, los
aranceles a los productos chinos, presentados como herramienta para proteger la industria nacional. El segundo, el control de la inmigración ilegal, con el argumento de que mantener salarios bajos con flujos constantes de mano de obra barata beneficia a las grandes empresas y perjudica al trabajador de a pie.
El tercero, y más incierto, es la guerra de Ucrania. Hay quien sostiene que la derrota de la OTAN es el principio del fin del imperio estadounidense y que ningún emperador desmantela su propio imperio, por lo que el conflicto no se cerrará a golpe de decreto. Otros ven en Trump la única pieza capaz de forzar una salida.
Un cálculo que circula en la conversación lo resume así: el mercado interior estadounidense y europeo no da para mantener esas megaindustrias basadas en la exportación, y competir con China en el resto del mundo sin la cobertura del imperio es, sencillamente, imposible.
La reacción: alivio, sorna y bastante desconfianza
La victoria se recibió con una mezcla de alivio y burla. Buena parte de la conversación celebró el fin del ciclo demócrata, con la mirada puesta en la cara de los medios afines al establishment y en el ajuste de cuentas con la llamada cultura woke. La ironía más afilada recordó que todos los grandes medios jugaron contra Trump y que, aun así, ganó.
Frente a los relatos catastrofistas, la lectura más templada subraya que Trump ya fue presidente y no resultó apocalíptico: mejoró la economía y no hizo desfilar a nadie con uniforme. Que algunas de sus propuestas —control de fronteras, aranceles, cerrar Ucrania— sean discutibles no las convierte en el fin del mundo. Hasta ahí, el acuerdo.