Marlaska, la crisis de Ceuta y la coartada de las «cosas que ocurren»
La frase ya forma parte del anecdotario político español. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, justificó la avalancha de 70.000 personas sobre la frontera de Ceuta con un «hay cosas que ocurren y no necesariamente tiene que haber una responsabilidad». La declaración, recogida en el debate económico y político de las últimas horas, ha encendido todas las alarmas. No es una metedura de pata: es una declaración de principios sobre cómo entiende el Gobierno la rendición de cuentas.
La crisis migratoria en Ceuta no fue un meteorito. Los servicios de inteligencia llevaban días advirtiendo de una columna de miles de personas movilizándose hacia la valla. La respuesta sobre el terreno, según las informaciones que manejan los análisis más críticos, se limitó a cinco guardias civiles, tres de ellos en prácticas. Ante eso, la explicación de la «fuerza mayor» parece, cuando menos, interesada.
El agravio comparativo con la DANA
La frase de Marlaska ha reabierto un doble rasero que la opinión pública percibe con nitidez. Mientras al president valenciano, Carlos Mazón, se le exige una responsabilidad política por la gestión de la DANA, el Gobierno central se acoge a una especie de fatalismo cósmico cuando la frontera sur se desborda. La comparación no es ociosa: en un caso, las alertas meteorológicas eran conocidas; en el otro, los avisos del CNI también. La diferencia está en quién asume el coste político.
El Gobierno esquiva a Europa
La estrategia de protección se extiende al ámbito comunitario. El ministro del Interior y la ministra de Migraciones, Elma Saiz, han rechazado la invitación de la comisión de Libertades del Parlamento Europeo para abordar la crisis de Ceuta. Una negativa que, en la práctica, deja al Ejecutivo sin dar explicaciones ni en Madrid ni en Bruselas. El mensaje que se transmite es que la rendición de cuentas es un concepto elástico.
Marruecos, la pieza que falta en el relato
Uno de los análisis más lúcidos del debate apunta a un elemento incómodo: la frontera de Ceuta no se vigila solo con medios españoles. Parte del perímetro está custodiado por Marruecos en virtud de acuerdos bilaterales. Si esa pata se viene abajo -y puede venirse a conveniencia-, la capacidad de respuesta española queda condicionada por Rabat. Eso convierte la crisis en un instrumento de presión geopolítica, no en un fenómeno meteorológico. Pero asumirlo públicamente sería admitir que la soberanía migratoria está secuestrada.
La frase de Marlaska no es un desliz. Es la síntesis de un problema más profundo: una clase política que ha interiorizado que los cargos se ocupan sin que los resultados tengan consecuencias. Mientras tanto, los médicos de Ceuta suspenden vacaciones, los servicios de inteligencia acumulan informes que nadie lee y el Gobierno espera a que el ruido amaine. El análisis se atasca aquí: hasta ahora, ninguna crisis ha logrado que ese mecanismo de impunidad se resquebraje. Quizá esta sea la prueba de fuego.