El vídeo que pone precio a la 'chocha' y reabre el pago por uso
Un clip corto, una frase y un tuit. «El hombre que no te da para nada, no se merece que le des la chocha, mi amol». La sentencia circula desde hace casi dos años y ha generado versiones, parodias y una cifra que se repite: champú y esmalte de uñas a cambio de sexo. Lo que empezó como chascarrillo de redes ha acabado funcionando como una suerte de
tarifa emocional que cada cual interpreta a su manera: unos la leen como coartada para no acostarse con un tieso, otros como prueba de que el mercado afectivo se ha mercantilizado sin pudor.
El asunto no es nuevo, pero el marco sí. Durante milenios el varón fue proveedor y la mujer administraba el hogar; ese contrato se rompió y nadie ha firmado el siguiente. En ese hueco aparecen frases como la del vídeo, que traducen una relación afectiva a un intercambio de bienes y servicios. La pregunta que sobrevuela es incómoda: si todo se mide en euros, ¿qué queda fuera del precio?
Qué dice exactamente el vídeo que se ha viralizado
El mensaje es simple y por eso funciona. Una mujer sentencia que un hombre que no aporta nada material no merece acceso sexual. La pieza se comparte con sorna, pero también con resignación: hay quien sostiene que, en el fondo, muchas personas piensan lo mismo y no lo dicen. La versión más repetida en los comentarios reduce el trueque a dos productos de droguería:
champú y esmalte de uñas. El detalle no es anecdótico: convierte una supuesta transacción afectiva en algo tan barato que roza el chiste.
La reacción inmediata se divide. Una parte lo lee como sinceridad brutal: mejor una mujer que avisa y pone las cartas boca arriba que la que disimula y luego reclama. Otra parte lo interpreta como una humillación disfrazada de empoderamiento: si el criterio es lo que suelta la cartera, la relación no es tal, es un
renting. Y en medio, los que se limitan a señalar que la frase no la ha inventado nadie: llevaba tiempo circulando en conversaciones privadas.
El 'pago por uso' y la lógica del contrato afectivo
La metáfora más repetida es la del alquiler con opción a cambio de vehículo. Se paga por uso y, cuando conviene, se cambia de modelo. Aplicado a las relaciones, el símil es tan eficaz como cruel: reduce a las personas a activos con vida útil y a los vínculos a contratos revisables. Quien defiende esta lectura no la presenta como deseo, sino como constatación de cómo funcionan hoy muchas cosas.
Frente a esa versión, aparece la queja clásica: se exige lo mejor del mundo tradicional —protección, provisión, estabilidad— y lo mejor del moderno —independencia, libertad, sin contrapartidas—. El resultado, dicen, es una estafa que cada vez menos hombres están dispuestos a firmar. No es un argumento nuevo, pero el vídeo le ha dado un envoltorio pegadizo.
La devaluación como argumento económico
Uno de los razonamientos más repetidos en la conversación es el de la
depreciación. Se sostiene, con lenguaje de manual, que cada relación previa resta valor al activo y que una persona con muchas experiencias acumuladas vale menos en el mercado. Es un argumento viejo con vocabulario nuevo: se habla de kilómetros, de segunda mano y de economía básica que deberían explicar en el colegio. La formulación es deliberadamente provocadora, pero el fondo es el de siempre: medir a las personas como mercancía.
El contrapunto llega desde otro ángulo. Hay quien recuerda que ese mismo rasero se aplica a los hombres cuando se les exige ser proveedores: si el valor se mide en aportación material, nadie sale bien parado. La discusión se enroca cuando se cruza con la edad, con el nivel de ingresos y con la disponibilidad de cada cual para sostener el papel que se le asigna.
Prostitución difusa y doble moral
La pregunta que más incomoda es la del marco legal. Si el intercambio de dinero por sexo está perseguido en España, ¿cómo se llama cuando el pago se disfraza de cena, de regalo o de champú? La expresión que se repite es la de prostitución difusa o de amplio espectro: una práctica cada vez más normalizada y explícita en redes, pero sin la etiqueta que la haría perseguible. Quien plantea esto no pide cárcel; pide coherencia.
La paradoja se agranda cuando se compara con el discurso oficial. Se anuncia voluntad de acabar con la prostitución mientras se celebran como empoderamiento frases que ponen precio al acceso sexual. La contradicción no la resuelve nadie, y ahí se queda el asunto: en el limbo entre lo que se dice, lo que se practica y lo que se tolera.
El desencuentro generacional
La lectura más cínica es también la más extendida entre los más jóvenes: esto ya lo tiene claro todo el mundo, y los que se escandalizan son los que siguen creyendo en un modelo que ya no existe. La versión tradicional —una pareja que sostiene un hogar, cría hijos y reparte tareas— se percibe como un ideal agotado. Quien lo defiende, dicen, vive en una nostalgia que no se corresponde con la realidad.
Esa nostalgia tiene su propia defensa: el reparto de roles funcionaba, aunque fuese imperfecto, y lo que vino después no ha traído más felicidad, sino más soledad, más rupturas y más desconfianza. La discusión no avanza porque cada bando mide con una vara distinta: unos hablan de libertad, otros de estabilidad, y casi nadie de lo que realmente quiere.
El vídeo tiene casi dos años y sigue generando respuestas. Ninguna de las dos partes ha movido un milímetro: unos ven una advertencia honesta, otros una mercantilización obscena. Lo único que ha cambiado es el vocabulario. Ya no se habla de amor, de compromiso ni de proyecto común. Se habla de champú, de kilómetros y de renting. Con ese idioma, cualquier conversación sobre relaciones empieza cuesta arriba.