Civil War no cuenta una guerra civil: cuenta cómo se fotografía
Civil War es una película de acción con envoltorio de advertencia. Llega en 2024, en pleno ciclo electoral de Estados Unidos, y plantea una nueva guerra civil estadounidense en la que Texas y California, juntos, derrocan al Gobierno federal. Sobre el papel, material incendiario. En la práctica, nadie explica por qué se pelea.
Qué pasa en Civil War: de Nueva York a la Casa Blanca
El argumento es una carretera. Cuatro periodistas cruzan el país desde Nueva York hasta Washington D.C. porque la ruta directa está cortada, y por el camino se topan con la guerra: controles, milicias y bajas dentro del propio grupo, incluida la muerte de algunos de sus integrantes. La cinta desliza datos sueltos —un
tercer mandato del presidente a deponer, referencias a bombardeos sobre civiles— y los deja ahí, sin desarrollo.
Al final, las fuerzas lideradas por Texas y California toman la capital. Es la secuencia más alabada y también la más discutida: unos hablan de despliegue épico pensado para pantalla gigante; otros, de efectos digitales que cantan, sobre todo en los helicópteros.
Las dos protagonistas: ¿es una película para el público de hoy?
Las dos figuras centrales son mujeres: una veterana fotógrafa de guerra, encarnada por
Kirsten Dunst, y una joven que quiere serlo. Ese dato basta para que una parte del público la etiquete de entrada. La respuesta más repetida es que no: que va de una guerra, que los personajes masculinos son secundarios y punto. Otra parte sostiene que la sustitución generacional está puesta a propósito.
Porque la película hace algo muy concreto: la joven se endurece con cada escena violenta y acaba firmando la fotografía decisiva; la veterana se descompone y muere. Ese intercambio —lo nuevo ocupa el sitio de lo viejo— recorre toda la cinta y pesa más que la propia guerra.
El mensaje: ¿aviso electoral o simple decorado?
Aquí está el nudo. No se discute tanto qué pasa como para qué. Una lectura muy extendida sostiene que la película funciona como advertencia: si vuelve a ganar según qué candidato, esto es lo que puede venir. Otra corriente, igual de amplia, cree que se queda corta y que se ha evitado cualquier posición política real para no perder taquilla en un año electoral.
La escena que más se cita es la de la gasolinera. Los periodistas paran a repostar y los locales, armados, se niegan a venderles: el combustible es
para los del pueblo. Ella ofrece 300 dólares. La respuesta: con eso no se compra ni un sándwich. Hasta que aclara que son dólares canadienses. Ahí se condensa el país que dibuja la cinta: economía cerrada, desconfianza y un dinero que ya no vale lo que dice valer.
Hay otra secuencia, incómoda, en la que un grupo mata a quienes no considera del país. Y un secundario interpretado por
Jesse Plemons —marido en la vida real de la protagonista— encarna al violento de manual, con unas gafas de color que algunos leen como guiño deliberado.
¿Sería posible una alianza Texas-California?
Es el punto que más chirría. Los dos estados no se parecen en nada y el guion los pone en el mismo bando. Un cálculo repetido: California es la quinta economía del mundo; sumada a Texas, escalaría a la segunda o tercera. Es decir, la película no necesitaba ejércitos extranjeros: le bastaba con dos estados que pesan más que la mayoría de países.
Ahí entra el detalle militar. Se apunta que buena parte del Ejército estadounidense está desplegado fuera del país y que muchas unidades acorazadas, bases aéreas y la flota del Pacífico tienen su sede en esa franja. Quien controle esos medios, controla la balanza. La cinta no entra en ello: tampoco aclara por qué el Gobierno central se queda sin apoyos efectivos.
No es la primera: del cartero a la guerra entre vecinos
El cine ya había imaginado esto. Se recuerda una película de los noventa sobre un reparto postal en un país descompuesto, otra de bajo presupuesto con un barrio neoyorquino invadido por un ejército y un telefilme de la misma década sobre estados que se niegan a acoger a refugiados llegados tras una guerra nuclear en Asia. Nada nuevo bajo el sol, aunque el envoltorio sí: estreno en formato de pantalla inmersiva y coincidencia con el calendario electoral. Su director,
Alex Garland, ha anunciado su retirada del cine tras este estreno, según recogía la prensa.
Veredicto: buena acción, mala política
Las opiniones se parten casi por igual. Un bloque la defiende como película de tensión bien llevada, con buenas secuencias de combate y un ritmo sostenido. Otro la suspende: la acusa de ser lenta, de que los personajes toman decisiones absurdas para que la trama avance y de que el contexto brilla por su ausencia. Hay quien aguantó media hora y la dejó.
Para el público estadounidense la sacudida es mayor; fuera, se ve como una película de guerra más que podría estar ambientada en cualquier otro país en conflicto. Y eso, probablemente, es lo que buscaba la producción.
Con estos mimbres, lo lógico sería que el film generara un debate político de fondo en su país de origen. Lo que ha generado, sobre todo, es una discusión sobre cuotas de reparto y sobre a quién se parece el presidente de la ficción. Queda por ver si eso es exactamente lo que buscaban.