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El mayor crash de la historia llegará en dos ondas, según la tesis que gana peso El valor nominal de los derivados extrabursátiles pendientes alcanzó los 846 billones de dólares en junio de 2025, un 16% más que un año antes, según el informe del Banco de Pagos Internacionales (BPI) citado en el análisis.
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Va a subir un 60% en nominal que no real.(mensaje citado en revisión)
Todo lo que dices tiene pleno sentido.He leído tu exposición con interés me has convencido en parte, pero no en el todo. Reconozco que buena parte de los desequilibrios que señalas son reales. El endeudamiento creciente, la presión demográfica, las tensiones geopolíticas y las valoraciones de determinados activos son cuestiones suficientemente importantes como para tomarlas en serio.
Donde discrepo es en la conclusión.
Una cosa es identificar riesgos sistémicos y otra muy distinta afirmar que el colapso es inevitable, irreversible y que únicamente nos queda discutir la fecha del funeral.
Creo que en tu análisis falta una variable extraordinariamente importante: la capacidad del ser humano para transformar su propia función de producción mediante el conocimiento y la tecnología.
Y no me refiero a confiar ingenuamente en que aparezca algún invento milagroso que nos salve de todos nuestros errores. Me refiero a algo mucho más concreto, que lleva sucediendo siglos y que ahora podría estar experimentando una aceleración considerable.
Durante buena parte de la historia económica, el crecimiento dependía fundamentalmente de incrementar la cantidad de tierra explotada, trabajadores disponibles y capital invertido. Hoy esos factores siguen existiendo, naturalmente, pero su productividad puede multiplicarse mediante una combinación de automatización, software, robótica e inteligencia artificial.
Pensemos en una explotación agrícola que hace un siglo necesitaba cientos de trabajadores y que actualmente puede funcionar con un puñado de personas, maquinaria especializada y sistemas automatizados. No hemos necesitado multiplicar la tierra ni la fuerza de trabajo para multiplicar la producción.
Hemos cambiado radicalmente la cantidad de riqueza que somos capaces de generar con los mismos factores productivos.
Y lo interesante es que la revolución tecnológica actual ya no se limita a sustituir esfuerzo físico. Estamos empezando a automatizar también determinadas tareas intelectuales, administrativas, técnicas y analíticas que hasta hace muy poco requerían cantidades enormes de trabajo humano.
Eso introduce una variable que puede modificar sustancialmente nuestras proyecciones de crecimiento futuro.
Por eso me parece discutible analizar la sostenibilidad de la deuda extrapolando las tendencias actuales como si la capacidad productiva de las próximas décadas fuese necesariamente una prolongación lineal de la presente.
La deuda representa, en buena medida, obligaciones sobre rentas futuras. Pero la capacidad de atender esas obligaciones depende también de cuánto crezca la economía, de la productividad, de los tipos de interés y de cómo se distribuyan los ingresos generados.
Naturalmente, no toda deuda es productiva. Una parte puede estar financiando consumo improductivo, especulación o estructuras públicas ineficientes. Pero tampoco podemos tratar cada incremento de endeudamiento como si fuera riqueza ficticia sin contrapartida.
Si una inversión financiada con deuda permite multiplicar la producción futura, mejorar la eficiencia energética o reducir de forma estructural determinados costes, su efecto económico es muy diferente al de una deuda destinada exclusivamente a sostener gasto corriente.
Y aquí encuentro otra debilidad en tu planteamiento: das por hecho que la trayectoria de la deuda y la del crecimiento se han separado definitivamente, pero no demuestras que esa divergencia sea irreversible.
Incluso aunque un país mantenga déficits elevados, la sostenibilidad de su deuda depende de una combinación de crecimiento nominal, coste medio de financiación, saldo fiscal primario y estructura de vencimientos. No existe una cifra universal a partir de la cual todo sistema monetario esté condenado a desaparecer.
Con los recursos naturales sucede algo parecido.
Es evidente que existen limitaciones físicas. El petróleo, el cobre y otros minerales no son infinitos, y ampliar su producción puede exigir inversiones enormes y plazos prolongados.
Pero una cosa es reconocer esas restricciones y otra afirmar que conocemos con suficiente precisión los límites tecnológicos y económicos de su aprovechamiento futuro.
Las reservas económicamente explotables no son una cantidad completamente fija. Dependen de los precios, de las técnicas de extracción, de los nuevos descubrimientos y de las posibilidades de sustitución y reciclaje.
Además, el crecimiento económico no exige que todos los consumos materiales aumenten en la misma proporción que la producción. Podemos generar más valor por unidad de energía, de materias primas y de trabajo, aunque eso tampoco signifique que podamos prescindir de los límites físicos.
En cuanto a la demografía, coincido en que el envejecimiento representa uno de los grandes desafíos de las próximas décadas. Pero tampoco es indiferente que un trabajador del futuro pueda producir considerablemente más que uno actual gracias a la tecnología.
La relación entre cotizantes y pensionistas es importante, pero también lo es la productividad de quienes trabajan y la capacidad del sistema para transformar esa producción en ingresos que financien las prestaciones.
Por supuesto, habrá problemas de distribución, adaptación laboral y financiación pública. La tecnología no los resuelve automáticamente. Pero ignorar su potencial equivale a dar por inmutable una de las variables más importantes de la ecuación.
Y llegamos a la inteligencia artificial.
Es perfectamente posible que exista una burbuja financiera alrededor de determinadas empresas tecnológicas. De hecho, no sería la primera vez que una tecnología revolucionaria genera expectativas desmesuradas, valoraciones absurdas y pérdidas gigantescas para quienes invierten a precios equivocados.
Pero una burbuja en la valoración financiera de una tecnología no implica que esa tecnología carezca de capacidad para transformar la economía real.
La historia de internet es un ejemplo bastante ilustrativo. La burbuja de las puntocom estalló, desaparecieron multitud de empresas y se destruyó una enorme cantidad de riqueza financiera. Sin embargo, internet terminó transformando la productividad, el comercio, las comunicaciones y prácticamente todos los sectores económicos.
Confundir el precio que alguien está dispuesto a pagar por una expectativa con el valor económico que esa innovación puede generar a largo plazo es un error importante.
La inteligencia artificial podría seguir un camino parecido. Podríamos asistir a correcciones bursátiles severas y, simultáneamente, a una transformación productiva extraordinaria durante los años posteriores.
No sabemos todavía cuál será su impacto agregado ni cuánto tardará en materializarse. Pero tampoco parece razonable excluirlo de cualquier proyección económica a largo plazo.
Y este es, en definitiva, el punto central de mi discrepancia.
Tu escenario contempla una acumulación de problemas que se retroalimentan negativamente, pero apenas considera los mecanismos de adaptación que también se retroalimentan: innovación, sustitución de recursos, reorganización productiva, incrementos de eficiencia y cambios institucionales.
No digo que esos mecanismos vayan a funcionar siempre ni que sean suficientes para evitar cualquier crisis.
Digo que existen, que históricamente han sido determinantes y que no podemos eliminarlos del análisis simplemente porque dificulten la construcción de un escenario terminal.
También me parece problemático el grado de precisión de algunas predicciones. Anticipar caídas bursátiles del 80%, inyecciones monetarias de decenas de billones, petróleo a 500 dólares y posteriormente un colapso definitivo entre 2033 y 2035 exige mucho más que identificar desequilibrios macroeconómicos.
Esas cifras pueden servir para ilustrar un escenario extremo, pero no constituyen por sí mismas una demostración de que vaya a producirse, es más, dudo que lleguemos a este extremo sin otro detonante geopolítico externo a la propia evolución económica actual.
En economía, acertar al identificar una vulnerabilidad no equivale a acertar en su desenlace, y mucho menos en su calendario, pero es evidente que aquí estamos exponiendo criterios basados en estudios o en proyecciones y nadie tiene una bola de cristal para saber si se materializarán.
Mi impresión es que estamos atravesando una transformación económica de enorme profundidad, con riesgos financieros evidentes y desequilibrios que deberán corregirse (pruebe/error). Algunas correcciones podrían ser dolorosas y provocar crisis importantes.
Pero también estamos entrando en una etapa en la que la capacidad de generar riqueza por unidad de trabajo, capital y recursos podría experimentar avances muy significativos.
No sabemos si esos avances compensarán completamente los desequilibrios acumulados. Tampoco sabemos cómo se distribuirán sus beneficios.
Lo que sí sabemos es que el futuro no depende exclusivamente de las deudas que hemos contraído, sino también de la riqueza que seamos capaces de producir para atenderlas.
Y esa segunda parte de la ecuación me parece insuficientemente desarrollada en tu exposición.
En definitiva, comparto buena parte del diagnóstico sobre los riesgos, pero no la certeza del pronóstico.
Porque una cosa es advertir que estamos conduciendo demasiado deprisa hacia una curva peligrosa y otra asegurar que el accidente es inevitable, que los frenos no funcionarán y que conocemos incluso la fecha aproximada del impacto.
La prudencia económica exige contemplar escenarios adversos. Pero también exige reconocer nuestra incapacidad para anticipar todas las transformaciones que pueden modificar las condiciones de partida.
El catastrofismo puede acertar identificando los problemas y equivocarse completamente al dar por imposible su solución. Y te lo dice uno que se guarda bien las espaldas en caso de que los acontecimientos busquen un extremo negativo como el que tu expones, y sé que lo haces desde el respeto y conocimiento que te aporta saber discernir lo que te rodea de las ilusiones creadas al respecto.
Buen aporte y por suerte, burbuja siempre sorprendiendo.
Probablemente no podremos elegir.Buenos días, muy buen post; muchas gracias por compartirlo con nosotros...
Una salida al gran colapso que predices sería una gran guerra; con una gran perdida de vidas humanas en torno al 50% de la población y en poco tiempo...
No sé qué prefiero, o un colapso gradual y largo en el tiempo o una guerra corta...
Un saludo y cuidaos...
Creo que estamos bastante de acuerdo en el diagnóstico de algunos desequilibrios, pero seguimos discrepando, al menos en parte, en algo fundamental: tú interpretas su evolución como la confirmación de un desenlace inevitable, mientras que yo creo que todavía faltan demasiadas variables por resolver para llegar a esa conclusión.Todo lo que dices tiene pleno sentido.
Pero la función exponencial no atiende a la prospección futura de lo que podríamos haber hecho.
La deuda mundial ha entrado recientemente en esa fase de aceleración exponencial, con un crecimiento descomunal en los últimos 18 meses. Pasar de una deuda de 317 billones a 365 billones es una locura, sin que por otro lado exista una esa época en el 2020 de la que yo le hablo con confinamiento mundial para justificarla. Es el final de una era, donde la deuda ha sustituido la función de la productividad.
El agotamiento de los recursos, se verá tras las crisis, pero cuando diluyes de esa forma la unidad monetaria, la hiperinflación es el resultado normal, no la excepción. No es que se tenga demostrar algo que ha ocurrido puntualmente y se puede revertir, estamos hablando de una tendencia que se inició tras el final de los acuerdos de Bretton Woods y ha ido cogiendo velocidad hasta alcanzar esta fase final, donde el aumento ya es vertical. No estamos hablando de un proceso recuperable, si entendemos que Occidente nunca va a provocar una recesión, solo porque hay que ajustar la masa monetaria, teniendo a su disposición la impresora.
Hasta que no suframos una crisis proporcional a los excesos, no pondremos de nuestra parte. Y los últimos indicadores apuntan hacia ese momento. No solo la deuda, sino la deriva de las guerras, donde no se busca resolver algo, sino apoderarse del los recursos y su control a la desesperada. Y no ha sido sino un movimiento reciente (Venezuela, Irán, Groenlandia, aparte del conflicto Europa-Rusia) en este mismo 2026, apuntando a la crisis final.
Nadie tiene la bola de cristal y admito la posibilidad de todo tipo de errores, pero la tendencia está clara.
Veremos.