El médico le dijo que el ayuno solo le daría gastritis
Un médico de cabecera sentencia que lo único que se saca del ayuno es una gastritis. En la acera de enfrente, una retahíla de relatos sostiene que saltarse el desayuno les deshinchó el abdomen, les quitó la somnolencia de media mañana y les ordenó la digestión. Dos versiones incompatibles del mismo cuerpo. Y de fondo, una pregunta incómoda: ¿por qué el dogma de las cinco comidas diarias se repite como si fuera una ley física?
Qué es la autofagia y por qué se cita al hablar de ayuno
El argumento estrella de quienes defienden el ayuno tiene nombre técnico:
autofagia, el proceso por el que la célula recicla sus propios componentes dañados cuando escasea el alimento. En el material se recuerda que esa línea de investigación estuvo detrás de un
premio Nobel de Medicina, y ese aval se usa como munición contra el consejo del facultativo. La idea que se repite es que el cuerpo, con miles de años de evolución, sabe qué eliminar primero cuando se le da tregua.
El matiz, eso sí, es enorme. Hay quien sostiene que la autofagia se activa con periodos de ayuno y hay quien avisa de que practicarlo mal genera estrés, mal humor y un aliento que echa para atrás. Nada de esto convierte el ayuno en una cura universal, pero desmonta la idea de que sea una simple invitación a la úlcera.
De dónde sale la regla de las cinco comidas al día
Aquí el material coincide en lo esencial: comer cada tres horas es un invento reciente. Se argumenta que el ser humano pasó cientos de miles de años de ayuno forzoso, comiendo solo cuando encontraba algo, y que el cuerpo está adaptado a la escasez, no a la abundancia de supermercado. El cálculo más repetido es que la evolución nos dotó de mecanismos para almacenar calorías y de ninguno para desecharlas.
La ironía que sobrevuela el asunto es el desayuno patrio: galletas, cacao azucarado y zumo de naranja sin fibra. Varios mensajes lo señalan como el verdadero problema, no como la solución. Frente a eso, se defiende que el
des-ayuno —el momento en que se rompe el ayuno, sea a las 8 o a las 14— importa más que la hora a la que se haga.
¿El ayuno provoca gastritis?
No hay en el material ninguna prueba que sostenga esa relación directa, y quienes la rebaten apuntan a otra causa. Una parte de los intervinientes sostiene que las gastritis vienen de la bacteria
H. pylori y de factores infecciosos, no de dejar pasar unas horas sin comer, y que el estómago está preparado para aguantar su propio ácido sin problemas.
El testimonio que abre el asunto apunta en la dirección contraria al diagnóstico: quien dejó el desayuno asegura que a las pocas semanas notó el abdomen deshinchado. Varios relatos añaden que sus problemas digestivos se redujeron, no aumentaron. Es experiencia individual, no ensayo clínico, y ante cualquier síntoma lo sensato sigue siendo consultar a un profesional.
Insulina, cetosis y la glicosilada de 7,2
Uno de los casos más detallados del material viene del terreno metabólico: se describe a una persona con diabetes a la que en la sanidad pública le advirtieron de que la dieta cetogénica lo empeoraría todo. Tras dos meses, según su propio relato, logró una
glicosilada de 7,2 y dejó de pincharse insulina. En la consulta privada, el mismo tema recibió una respuesta opuesta.
Otras experiencias van en la línea del hábito: alguien cuenta que ayunar le sirvió para salir de una rutina de gordo con más de 25 kilos de sobra, a costa de perder masa muscular, y que ahora mantiene solo el cero azúcar y harinas refinadas con cenas intermitentes. El patrón se repite: el ayuno como herramienta de reinicio, no como religión.
El desacuerdo es real y no se cierra
La crítica de fondo no va contra el médico concreto, sino contra la inercia del gremio: la sospecha de que los consejos estándar se actualizan tarde, de que hay intereses comerciales en vender lácteos y cereales, y de que un profesional del sistema público tiene poco margen —y poco incentivo— para discutir lo establecido.
En el lado opuesto, se recuerda que la esperanza de vida no dependía de la dieta, sino de accidentes, infecciones y partos, y que extrapolar la vida del cazador-recolector a la sociedad actual es tramposo. Ambas partes tienen algo. La pregunta que queda en el aire no es si el ayuno cura, sino por qué una práctica milenaria se trata como una excentricidad de moda: ¿cuánto de lo que sabemos sobre comer se decidió en un laboratorio y cuánto en un folleto comercial?