La “high trust society” en España: un recuerdo de pueblo que no aguanta el análisis
¿Existió alguna vez en España una sociedad de alta confianza? El término, importado de la anglosfera, se ha convertido en un comodín nostálgico para hablar del declive comunitario. Pero la respuesta divide: mientras unos niegan que aquí hubiera una edad dorada, otros sitúan ese paraíso en los pueblos y apenas hace quince años.
La desagregación social no es un fenómeno reciente. El éxodo rural ya llenó las ciudades de anónimos que no se conocen entre sí, y el mercado de alquiler, con su rotación constante, remató el vínculo vecinal. La inmigración no originó el problema, aunque lo haya tensado: la diferencia cultural, el idioma y las costumbres ajenas refuerzan la distancia y alimentan una desconfianza que ya existía.
A esto se suman factores cívicos: la pérdida de libertad individual, la educación en declive y una cultura de la responsabilidad que brilla por su ausencia. Sin estos pilares, la cooperación se convierte en excepción, y la regla es el recelo. No hace falta que un extraño nos parezca raro para cerrar la puerta con doble llave; la vida moderna ya lo impone.
La high trust society española puede reducirse al recuerdo de un pueblo donde los niños correteaban y las puertas quedaban abiertas. Pero ese modelo no se extendió a las ciudades ni sobrevivió a la movilidad. La nostalgia es comprensible; la confianza, esa sí, sigue en obras.