El paro en mínimos: la letra pequeña que nadie mira
El titular es impecable: el paro en España está en los niveles más bajos de su historia. La estadística, sin embargo, tiene más costuras de las que parece. Un dato descoloca a cualquiera que haya mirado la serie larga: según un usuario, en 1975 la tasa de paro rondaba el 3,7%, aproximadamente un tercio de la actual. Si el récord es histórico, ¿de qué historia hablamos?
La noticia, publicada por
Heraldo, desató una cascada de respuestas que en 36 horas pasó de la ironía al ajuste de cuentas con la metodología. Y ahí, en la cocina del dato, es donde empieza lo interesante.
Qué mide exactamente la bajada del paro
El primer frente es el metodológico. Se argumenta que la cifra se maquilla por varias vías simultáneas: los fijos discontinuos, que computan como ocupados aunque no trabajen buena parte del año; los cursos de formación, que sacan gente de la lista; y los programas públicos de empleo, que dan de alta a perceptores durante periodos cortos. La sospecha no es nueva, pero el volumen que se le atribuye sí. «Alguien que trabaja 4h al mes ya lo borran como parado», resume una de las objeciones más repetidas.
El segundo frente es el de la población. Hay quien sostiene que el mérito es mayor precisamente porque la población ha crecido, y quien replica que ese crecimiento se ha hecho a base de incorporar mano de obra que presiona a la baja los salarios de las ocupaciones menos cualificadas. El resultado, según esta lectura, es una tasa de paro que baja mientras el poder de compra de quien trabaja se estanca.
El fantasma de la década de los 2000
La nostalgia se cuela en el análisis. Se recuerda que con Aznar había un 10% de paro y, sobre todo, una sensación térmica muy distinta: informáticos que cambiaban de empresa cada dos años ganando más, chavales que dejaban el instituto con 16 años porque había tal actividad que se colocaban de aprendices con sueldo, empresarios subiendo salarios para no quedarse sin plantilla. «Mileurista era un insulto», apunta un mensaje. Aquel ciclo acabó como acabó, pero la percepción de abundancia quedó grabada.
El contraste con el presente es el eje de buena parte del descontento. No es solo la cifra: es la calidad del empleo, la temporalidad, la sensación de que el puesto que se crea no permite independizarse ni formar una familia. La estadística de paro, en ese marco, funciona como un termómetro que mide la fiebre pero no la enfermedad.
El pulso entre la EPA y la caja del supermercado
Aquí aparece la paradoja que recorre todo el asunto: si el mercado laboral va como un tiro, ¿por qué la cesta de la compra sigue cara, los servicios públicos funcionan peor y la presión fiscal no baja? El argumento se formula con retranca: «El pleno empleo y las cosas bien hechas se manifiestan así». La conclusión implícita es que la macro no cuadra con la micro.
Frente a eso, la defensa del dato es sencilla: la tendencia es la tendencia, y lleva años a la baja. Hay quien admite que el gobierno no lo pinta todo tan bien como es, pero tampoco tan negro como se quiere hacer ver. Es la posición del perro viejo: ni un extremo ni el otro. Y en medio, un cálculo que circula y que conviene mirar con lupa: cuánto tendría que bajar el paro si se descontara del cómputo a una parte de la población migrante. La cifra completa, desglosada, da para un artículo entero.
El paguiterismo como hipótesis económica
El otro gran bloque del análisis es el de los incentivos. Se sostiene que una parte de la población en edad de trabajar ha hecho las cuentas y ha decidido que no le compensa aceptar según qué empleos: si cobrando una prestación y haciendo algo de economía sumergida se vive igual o mejor que con un sueldo neto de 900 euros por 40 horas, el incentivo está torcido. La consecuencia, según esta tesis, es doble: menos gente disponible para trabajar y más presión sobre las pymes, que afrontan costes laborales muy superiores al neto que recibe el trabajador.
Es una hipótesis, no un hecho probado, y conviene tratarla como tal. Pero explica por qué la bajada del paro no se traduce automáticamente en una sensación de mejoría. La estadística cuenta ocupados; la calle cuenta otra cosa.
La comparación europea que incomoda
El dato que más duele no es interno, es externo. Según un mensaje del hilo, España sigue liderando el paro en su entorno: por encima solo quedan Macedonia del Norte, Montenegro y Kosovo. Grecia, que venía de un desastre mayor, ha mejorado sus números relativos más que España. Portugal e Italia, con sus propios problemas, no presentan el diferencial que presenta aquí.
La lectura pesimista es que el mercado laboral español tiene un problema estructural que ninguna bajada cíclica arregla. La lectura optimista es que la tendencia importa más que el nivel, y la tendencia es descendente. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y probablemente lo son.
¿Y si la cifra fuera impecable y aun así no sirviera para explicar por qué la gente no la nota en el bolsillo?