España no está tan mal en vivienda, pero el sueldo sí
Que la vivienda en España no está tan mal como la pintan es una tesis que, a priori, suena a provocación. El punto de partida es un dato incómodo para el relato catastrofista: en los últimos quince años el precio de la vivienda en España ha caído un 22%, mientras que en Dinamarca ha subido un 54%, según los datos que maneja un participante en el debate. En el último año, además, el crecimiento español ha sido mucho menor que el portugués. La comparación internacional desmonta la idea de que emigrar garantiza un acceso más fácil a la vivienda.
El matiz llega rápido: esos quince años incluyen el pinchazo de la burbuja entre 2010 y 2013, un desplome que distorsiona cualquier media. Y hay países europeos que, en proporción a los salarios, están el doble de caros que España. El problema, por tanto, no es solo el precio de la vivienda.
El sueldo, no el ladrillo
El argumento central que recorre el análisis es que el problema no es la vivienda, sino los sueldos. «Los pimientos también están más baratos que en Alemania, pero aquí los sueldos siguen poco más o menos como hace 5 años», resume una intervención. La comparación con Alemania no resiste: allí los salarios tenían margen de subida, aquí no. La vivienda puede estar comparativamente barata, pero si el salario neto medio español es un 50% inferior al de otros países europeos, la accesibilidad se rompe por el otro lado. Esta última afirmación es una exageración que un participante rebate con datos.
La discusión derivó hacia la medición. ¿Y si se midiera el precio de la vivienda en salarios mínimos en lugar de en euros? El SMI ha subido con fuerza en España, lo que podría dar una sorpresa. La respuesta técnica: el SMI no es una medida representativa de los sueldos; para eso están los datos en paridad de poder adquisitivo o, más simple, comparar con el precio de una barra de pan, un bien que compra casi todo el mundo.
¿Dónde está la vivienda barata en España?
Hay un fenómeno que descoloca a quien solo mira el centro de las ciudades. En capitales de provincia pequeñas, los pisos del centro tienen precios de Madrid. Pero a pocos kilómetros, en pueblos a cinco minutos, se venden pisos decentes de tres habitaciones con piscina, trastero y garaje entre 30.000 y 50.000 euros, según relata un forero. La gente se vuelve loca por el centro y desprecia lo que está a diez minutos en coche.
La objeción es razonable: no todo el mundo quiere conducir, y el envejecimiento de la población empuja a vivir cerca del hospital y del supermercado. La demanda del centro sube, la de la periferia se estanca. Pero el stock existe.
La trampa de la comparación internacional
El cruce de datos desmonta algunas exageraciones. Francia no llega al 50% superior en salario neto; Finlandia, Suecia y Bélgica tampoco doblan al español. Solo Luxemburgo e Islandia doblan, y Suiza triplica. Pero Suiza restringe la compra de carne fuera del país, lo que da idea de lo caro que es vivir allí. La media no refleja al ingeniero con idiomas que gana el doble en Alemania, pero tampoco al camarero que no mejora cruzando los Pirineos.
El diagnóstico que nadie discute
Más allá del precio, hay un consenso incómodo: la vivienda se ha encarecido por la regulación del suelo, la burocracia, los impuestos, la legislación ecológica y la restricción de la oferta. La impresión monetaria global y la concentración de población en núcleos concretos agravan el problema. En España, el 80% del territorio está deshabitado y la población se concentra en unas pocas zonas.
El cierre no es optimista. Con estos diferenciales de sueldo y precio, la accesibilidad seguirá tensionada. La predicción con reservas: si el tejido productivo no mejora, la equipación salarial con Europa no llegará sola.