El pesimismo dejó de ser una indiscreción. Lo que hace un año era una línea roja verbal —admitir que Kiev podía perder— se ha instalado en las actas oficiales. El almirante Rob Bauer, jefe del comité militar de la OTAN, lo dijo sin adornos: los países occidentales fueron
«demasiado optimistas» al vaticinar las victorias de Kiev creyendo que
«si damos a los ucranianos las municiones y el entrenamiento que necesitan, ganarán». No es un lapsus. Es un ajuste de cuentas con el relato que sostuvo dos años de discurso oficial.
La Conferencia de Seguridad de Múnich dejó una conclusión incómoda: la confianza en lo que Ucrania puede alcanzar está
en su punto más bajo en dos años. El plan, tal y como se detalla —o se lamenta— en las conversaciones privadas recogidas tras el evento, ya no es ganar. Es evitar que el Ejército ucraniano se derrumbe, a secas.
Qué admitió la OTAN sobre la contraofensiva ucraniana
Heather Conley, presidenta del Fondo Marshall Alemán, puso fecha al espejismo: 2023
«fue muy autocomplaciente, con tantas esperanzas puestas en la contraofensiva ucraniana». Y remató con el pronóstico que nadie quería firmar: «Vamos a ver a Ucrania sufrir pérdidas en el campo de batalla, podríamos ver importantes ganancias rusas y a los ucranianos no les quedan municiones». El déficit de armas fue uno de los asuntos clave de los debates.
El presidente checo, Petr Pavel, añadió el matiz que duele:
«Rusia ha aprendido muchas lecciones, también está produciendo más municiones y equipos» de los que Occidente puede «proporcionar colectivamente». Su receta —«ser tan innovadores y flexibles como los ucranianos en el terreno y empezar a buscar equipos en todas partes»— es la confesión de que el inventario propio no llega.
Por qué la munición de 155 mm no resuelve el frente
Un forero detalla el problema: cuando se anuncian
50.000 disparos de 155 mm, no se habla de un lote homogéneo, sino que la cifra suma el stock de todas las variables de proyectil disponibles. Y las piezas, según su explicación, avisan: «hay de estas, vosotros veréis, pero a más de 8 km ya no le pegáis a nada de lo que creéis que tenéis que pegarle, y ojo con las cargas, que no podéis meter la máxima porque agotáis la zona de la recámara y quemáis el tubo».
A eso añade la dispersión de disparar mezclas de proyectiles que no fueron diseñadas para la misma pieza. Más dotaciones que armas en algunos casos, más armas que dotaciones en otros. En su lectura, el cuello de botella no está solo en la fábrica: está en el tubo gastado, en la logística y en un calendario de entregas ya comprometido con terceros.
Avdivka y Bajmut: el desgaste que no se reemplaza
En el frente la cuenta no cuadra. Un participante sostiene que
esta guerra se ha perdido en Bajmut y Avdivka, donde Ucrania habría quemado una cantidad de hombres que no va a poder reemplazar. La única vía de reemplazo que contempla —devolver a los refugiados europeos a la fuerza— se antoja inviable: la mayoría preferirá vivir como apátrida antes que ir a una muerte segura y dolorosa.
Tampoco espera ya un vuelco interno en Moscú. La represión de cualquier disidencia ha cerrado esa puerta, según su lectura. La conclusión que repite es incómoda: podrán alargar la agonía incluso años, pero
el signo de esta guerra ya está decantado.
Las sanciones que debían hundir a Rusia
Una de las tesis más repetidas en el hilo es que la apuesta occidental se jugó a la carta de las sanciones y esa carta no ha funcionado. Según ese relato, la economía rusa se ha reorganizado en modo guerra, con la
industria militar al 100% y una población que no se ha visto afectada de forma importante, mientras las restricciones se eludían por terceros países y, en algunos casos, terminaban fortaleciendo al sancionado.
Mientras, China y la India han aprovechado el hueco comercial como era de esperar. Y la factura europea es la otra cara: energía barata perdida y una industria que ha visto cómo su competitividad se desangraba. La corriente más dura sostiene incluso que
hundir a Europa —para mantenerla sumisa y frenar el declive de la hegemonía estadounidense— era el objetivo de fondo desde el principio.
Quién pone los muertos y quién paga el rearme
La crítica más repetida apunta al reparto de costes. Se sostiene que el grueso de las bajas no lo pone Washington ni Europa occidental, y que el límite tolerable para las capitales anglosajonas es precisamente ese: que la carne de cañón no salga de su esfera. De ahí al mantra del
hasta el último ucraniano hay un paso que muchos dan sin complejos.
En paralelo, la sospecha sobre el nuevo impulso al rearme europeo tiene recorrido: hay quien lo lee como una excusa para sacar más dinero público con la coartada de defenderse de Rusia. Ucrania, en ese marco, importaría más bien poco.
El negocio de la tierra ucraniana
En el terreno económico circula una denuncia sin confirmar que conviene tratar como lo que es: una sospecha. Se afirma que grandes grupos agroindustriales internacionales habrían adquirido extensiones relevantes de suelo agrícola ucraniano, con los nombres de BlackRock o Cargill sobre la mesa. No hay en el material ninguna prueba que respalde esas compras, y así debe leerse.
La réplica desde el otro lado es socarrona: si Moscú acaba controlando más territorio del previsto, los planes de explotación se quedarían en nada —salvo que se aplique una expropiación a precio de saldo—. Es especulación, pero mide bien la temperatura del asunto: la reconstrucción se ve ya como un reparto, no como una causa.
Lo que se juega Europa con este desenlace
El cuadro que queda no es el de una derrota anunciada, sino el de una gestión de pérdidas sin hoja de ruta. La munición se cuenta por variantes, los efectivos no se reemplazan y la capacidad industrial rusa produce por encima de lo que el bloque occidental entrega en conjunto.
Si algo ha cambiado en Múnich es el tono: se ha pasado de prometer victoria a administrar el desgaste. Que esa administración aguante otro año depende de factores que nadie controla del todo. Y esa es, precisamente, la parte que no aparece en los comunicados.