Sin catapultas y con remolcador: el calvario del Kuznetsov
Un portaaviones que necesita llevar un remolcador detrás para no quedarse varado no es un portaaviones: es una avería con cubierta de vuelo. El Almirante Kuznetsov, el único de su clase en la Marina rusa, arrastra ese cartel desde hace años, y cada vez que asoma una fecha de pruebas vuelve el mismo escrutinio sobre para qué sirve realmente. La cifra que resume el problema no es su eslora: son los cerca de
2.000 millones de dólares que llevan consumidas sus reparaciones. Boquete de grúa, dique hundido e incendio en la sala de máquinas. Con ese historial, la etiqueta de chatarra flotante se sostiene sola, aunque la explicación técnica es bastante más prosaica.
¿Por qué el Kuznetsov no tiene catapultas?
Solo dos armadas del mundo operan portaaviones con catapultas: la estadounidense y la francesa. Todas las demás, Rusia incluida, recurren a la rampa de salto —el llamado
skyjump— o a unas pantallas que desvían el chorro de las toberas para que el avión gane empuje. El problema no es de gusto, es de física: ambos sistemas solo permiten despegues a media carga. O sale el aparato con poco armamento, o sale con poco combustible.
Traducido a operaciones: los Su-33 embarcados tienen un techo de misión bajo. Salen para defender el barco o para misiones cortas, no para carga pesada a larga distancia. Y no es un mal endémico ruso: es común a todos los países que renunciaron a la catapulta de vapor. La diferencia es que, en un buque con este historial de averías, el detalle de diseño se convierte en la puntilla.
La grúa, el dique hundido y el incendio
La lista de incidentes parece escrita por un guionista. El buque entró en dique seco para reparar su sistema de propulsión. Estando allí, una grúa cayó sobre él y le abrió un boquete en la cubierta. Reparado el boquete, se hundió el propio dique, lo que provocó daños graves en el casco. Después llegó un incendio en la sala de máquinas —según las versiones que circulan, originado por un soldador—. Varios operarios han muerto en el conjunto de estos trabajos.
La factura acompaña al esperpento: en torno a
1.000 millones de dólares por el golpe de la grúa y otros 1.000 por el fuego. La suma ronda los 2.000 millones, y eso sin contar el coste de tener parado al único portaaviones de una marina entera.
El remolcador, el mazut y el humo negro
El Kuznetsov quema un combustible llamado
mazut, una especie de alquitrán que no combustiona al cien por cien. De ahí esa columna de humo negro que lo acompaña en cada travesía y que se ha convertido en su seña de identidad, más reconocible que cualquier avión sobre cubierta. Cuando sale de puerto, lo habitual es verlo escoltado por un remolcador de alta mar: se queda sin propulsión con una frecuencia que ya no sorprende a nadie.
Un detalle para la hemeroteca: el barco no nació como portaaviones. Antes de acabar donde acabó, se barajó convertirlo en casino o hotel, y su proceso de compra fue tan rocambolesco que la entrada de la Wikipedia en inglés sobre el buque se lee casi como una novela.
Francia, EEUU y China: quién sí apuesta por el portaaviones
Mientras el Kuznetsov acumula parches, China acelera. El tipo 003 está a punto de entregarse y la serie tipo 004 apunta a
propulsión nuclear y catapultas electromagnéticas: cuatro unidades cuya construcción arrancó en 2017. La velocidad del programa chino es difícil de comparar con la parálisis rusa, y eso reordena el mapa de las flotas de superficie.
La comparación con España también aparece, con retranca. El Príncipe de Asturias, con sus Harrier y sin catapultas, cubría misiones defensivas; el viejo Dédalo iba con roble cantábrico, mientras que al ruso se le atribuye pino de los Urales. La broma sobre la leña es la forma más rápida de decir lo mismo que dice cualquier informe: no está hecho para durar.
¿Rusia no puede o no quiere tener portaaviones?
Aquí el análisis se parte en dos, y cada bando tiene argumentos. Hay quien sostiene que Rusia no desarrolla portaaviones porque no los necesita: su doctrina se apoya en misiles, incluidos los hipersónicos, y renunciaría a proyectar fuerza a miles de kilómetros de casa. Gastarse el dinero en mantener flotas, vendría a decir esa tesis, tiene menos sentido que invertirlo en misiles.
En contra pesa el argumento contrario: las operaciones en Ucrania, Siria o Malí dibujan a un país dispuesto a intervenir fuera de sus fronteras, y carecer de portaaviones limita esa capacidad. La tesis de que todo responde a una elección estratégica choca con la evidencia de un barco que naufraga en mantenimiento. Y la pregunta de fondo —¿no puede o no quiere?— sigue sin respuesta cerrada.
Cuándo volverá a navegar
El calendario oficial sitúa las pruebas de mar en el otoño boreal, con los trabajos de cubierta que debían cerrarse antes del 1 de septiembre. Si se cumplen los plazos, el Kuznetsov volverá a asomar por puerto; si no, engrosará la lista de buques rusos que han acabado peor de lo que salieron. Con el historial que arrastra, apostar por lo segundo no es una temeridad: es lo prudente.