Metsola promete liderar el mundo mientras Europa teme el invierno
¿Puede Bruselas ponerse al frente del orden mundial mientras medio continente hace cuentas para no pasar frío? La presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, sostuvo el 6 de mayo en Florencia que Ucrania ganará la
guerra contra la «brutal, ilegal y medieval invasión rusa» y que la Unión Europea debe liderar el nuevo orden democrático mundial, todo ello «a pesar del coste de la guerra». El despacho de EFE que recoge sus palabras no incluye ni una cifra, ni un plazo, ni un solo instrumento con el que hacerlo.
Lo que sí incluye el día a día de los europeos son facturas. Y ahí es donde el discurso se deshilacha.
Qué dijo Metsola y qué se le puede reprochar
Metsola apeló a defender «los derechos fundamentales de democracia, libertad, solidaridad e igualdad». El detalle no es menor: la
democracia no es un derecho fundamental, es un régimen político; la solidaridad no es un derecho, es un valor. Hay quien lo lee como descuido retórico y quien lo lee como síntoma: una clase política que confunde su vocabulario con el ordenamiento jurídico.
El reproche más repetido, sin embargo, es otro. Quien arenga a la resistencia desde una poltrona debería, se argumenta, coger un fusil y ponerse en primera línea. Es la vieja objeción contra toda retórica bélica ajena: el coste lo pagan otros.
¿Por qué el invierno preocupa más que el frente?
Porque la factura llega antes que las conclusiones de la geopolítica. La calefacción, el agua caliente y la cesta de la compra son el punto donde este asunto deja de ser abstracto, y en el intercambio se repite una idea: la prioridad no es Kiev, es no quedarse sin encender la calefacción.
El problema de fondo, apuntan análisis más fríos, no es el confort doméstico sino la
industria y la falta de materias primas. Basta un dato de sentido común: sin energía barata no se mueve un tractor, no se producen abonos y no hay comida a precio razonable.
Aparece también la disputa sobre el origen de la energía. Una corriente sostiene que comprar gas y petróleo rusos era más barato que sustituirlos por suministro estadounidense, y que la subida del coste de la vida es consecuencia de esa sustitución. Enfrente pesa el argumento contrario: la dependencia tenía un precio político que ya se estaba pagando.
Rearmarse sin níquel, titanio ni neón
El discurso del rearme choca con una pregunta incómoda: con qué. En el intercambio se enumeran materiales que no abundan en Europa —
níquel, titanio, neón, uranio— y se recuerda que una parte de ellos llegaba precisamente de los países ahora sancionados. El cálculo completo de lo que costaría esa sustitución, partida a partida, da un resultado que desanima.
Hay quien cifra el sobrecoste energético de ese rearme en un
200%. La cifra es una estimación lanzada a vuelapluma, no un dato oficial, pero ilustra el problema: la capacidad militar se construye sobre electricidad, gas y minerales, no sobre declaraciones.
El orden mundial que China ya está firmando
Mientras Europa se proclama faro, otros mueven ficha. Se señala que China describe a la UE y a sí misma como «dos grandes fuerzas globales, dos grandes mercados, dos grandes civilizaciones» llamadas a aportar factores estabilizadores al mundo, y que lo hace después de haber cerrado con Rusia un pacto energético a
30 años denominado en euros.
Ese detalle —la moneda— es el que más incomoda en los análisis sobre el papel del dólar y sobre la capacidad real de Washington de marcar el paso a sus socios. La comparación que circula es dura: la UE de este ciclo se parecería más a la China de hace tres décadas que la China actual a la UE de entonces.
Orden mundial, bulos y ruido de fondo
Junto a los argumentos económicos hay mucho material sin respaldo. Se habla de planes de reducción de población, de tratados secretos y de modificaciones legales pactadas para 2024. Nada de eso cuenta con pruebas: son afirmaciones lanzadas en el calor del intercambio, no hechos verificables. Conviene separarlas del diagnóstico serio, que es el energético.
También hay quien recuerda que los pronósticos triunfalistas sobre victorias rápidas han fallado antes, y que conviene mirar el historial de quienes aseguraban desenlaces que nunca llegaron.
Al final, la promesa de liderar el orden mundial y la duda de si habrá gas para el radiador conviven en la misma frase sin tocarse. Es lo que tiene el liderazgo: se anuncia en primavera y se cobra en enero.