El «fin de la izquierda» choca con los datos de Ceuta y Navarra
Para una parte del electorado de derechas, la última derrota de la izquierda no es un tropiezo: es el cierre de una época. El planteamiento que abre el asunto es tajante —el PSOE no tiene proyecto más allá de gobernar, gobierna mal cuando puede y no gobierna cuando no suma mayorías—, y sobre esa tesis se monta todo lo demás. El mapa autonómico, según ese mismo balance, lo domina ya el
PP, con
Asturias y
Castilla-La Mancha como últimos reductos del otro signo. Cataluña, Navarra y el País Vasco se dan por perdidos de antemano.
Es una lectura cómoda. Y como toda lectura cómoda, resbala en cuanto se le pide el detalle.
¿Por qué no se aprueban los Presupuestos Generales del Estado?
Aquí aparece el argumento más repetido. Hay quien sostiene que el Ejecutivo no saca adelante las cuentas públicas porque el desglose del gasto dejaría a la vista la partida destinada a inmigración. Se trata de una sospecha que circula sin una sola cifra que la respalde, y así conviene tratarla. Lo verificable es bastante más prosaico: sin una mayoría parlamentaria estable no hay presupuestos que valgan, y sin presupuestos se gobierna con el piloto automático y con las cuentas del ejercicio anterior prorrogadas.
El resto es relato. Y el relato, cuando no hay número, se sostiene sobre el tono.
Ceuta y Navarra, los contraejemplos que nadie quiere mirar
No todo el mundo firma el certificado de defunción. Frente a la tesis del hundimiento definitivo, algunas voces recuerdan que en
Ceuta el resultado apunta en dirección contraria y que dar
Navarra por perdida es precipitarse. La discrepancia no es menor: si el diagnóstico falla en dos territorios, la conclusión de que la izquierda está muerta durante años se queda sin suelo.
Conviene separar dos cosas. Una es el desgaste real de un gobierno que no logra aprobar sus propias cuentas. Otra, muy distinta, es la interpretación de que ese desgaste equivale a una condena de larga duración. Lo primero son hechos; lo segundo, pronóstico.
Del desgaste de un gobierno a la poda de organismos públicos
Al final del balance asoma la expectativa de que el próximo gobierno desmonte toda una maraña de organismos y entes creados en los últimos años.
Los chiringuitos, en la jerga al uso. Hasta quien lanza el pronóstico reconoce que no tiene demasiadas esperanzas de que eso ocurra: la sospecha de fondo es que los partidos responden a los mismos intereses y que el reemplazo no cambiaría gran cosa.
Ese es, quizá, el giro más interesante de todo el asunto. El mismo que anuncia el fin de una etapa duda de que la siguiente vaya a ser mejor.
Lo que queda fuera del balance
Queda fuera casi todo lo incómodo: qué pasa con los territorios donde el resultado no encaja, qué sostiene en pie a un gobierno que no aprueba presupuestos y hasta qué punto los medios —a los que se acusa de arrimar el hombro para unos y para otros— siguen pesando en la opinión pública.
Nadie cierra el asunto con un número. Solo con un pronóstico.
Con estos mimbres, lo razonable es esperar que el PP consolide buena parte del mapa autonómico y que el desgaste del Ejecutivo siga dando titulares. Ahora bien, con el precedente de Ceuta y Navarra sobre la mesa, dar por muerta a la izquierda para los próximos años tiene bastante de apuesta.