El aplauso en bloque a Sánchez y el fantasma de la secta
La ovación y el asiento vacío llegaron con minutos de diferencia.
Pedro Sánchez entró en el hemiciclo del Congreso de los Diputados y los diputados socialistas se pusieron de pie a aplaudirle. Poco después, cuando el turno de palabra pasó a Junts, el presidente del Gobierno salió del hemiciclo y no se quedó a escuchar. El doble gesto —aplauso de entrada, ausencia en el turno ajeno— es lo que ha encendido la comparación con una
secta que se levanta en bloque ante su líder.
Entrada entre aplausos y salida ante Junts
El registro es explícito. El grupo socialista recibe a Sánchez en pie y con las manos en alto, y el gesto se repite diputado a diputado, sin apenas excepciones visibles. La imagen, difundida en directo, se lee como una coreografía obligada: quien no se levanta se queda retratado. Sobre el hemiciclo planea la broma recurrente de que la escena
recuerda a una dictadura con público entregado. Hay quien afina más y apunta a un detalle:
Patxi López fue el que golpeó las manos con más ganas, hasta el punto de que se bromeó con que acabó con las palmas doloridas.
¿Aplaudir por convicción o por disciplina de partido?
La respuesta corta es que se solapan las dos cosas, y ahí está el problema. Los grupos parlamentarios disciplinados existen en toda democracia: votar en bloque, arropar al líder y no romper la foto forma parte del manual de cualquier partido con mayoría. La diferencia, sostienen las lecturas críticas, es el contexto. Cuando el gesto se repite a cada aparición y nadie se descuelga, la ovación deja de leerse como adhesión y empieza a leerse como pleitesía. Enfrente pesa el argumento contrario: aplaudir al jefe de filas no convierte a un partido en una secta, y tratar cualquier gesto de grupo como sectarismo es un exceso. La queja de fondo, en realidad, no es que aplaudan, sino que parece que no queda otra.
El coste de la vida como telón de fondo
Debajo del gesto hay cifras que se repiten, aunque conviene tratarlas con pinzas. Se cita una
subida del 50% en la cesta de la compra, la imposibilidad práctica de alquilar una vivienda en muchas ciudades y un
aumento del 700% de la criminalidad. Circulan como cálculos propios, no como datos contrastados por ningún organismo, así que funcionan más como munición retórica que como estadística. Lo que sí es un hecho es la tensión de fondo: si la economía aprieta, aplaudir más fuerte no arregla la compra del mes. La distancia entre el gesto parlamentario y la nevera de casa es, para muchos, el verdadero titular de la jornada.
Quién no aplaude y qué se arriesga
El miedo al sillón es el subtexto. Hay quien sostiene que el que se descuelga del aplauso se queda fuera de la foto, y que salirse del guion tiene precio en cargos, comisiones y visibilidad. La tesis que más se repite es que quien ocupa determinados puestos por lealtad, y no por mérito, aplaude sin mirar el motivo. Un detalle técnico se coló en el intercambio:
uno de los nombres que se barajaban, Page, no puede estar en el hemiciclo porque no compagina el Congreso con un parlamento autonómico. El apunte sirvió para recordar que no todos los que aparecen en la escena son diputados, y para no confundir el gesto repetido con una orden escrita: no consta que nadie haya perdido el puesto por no levantarse, solo la sospecha.
Queda la duda de siempre. ¿Aplauden porque creen, o porque nadie quiere ser el único que se queda sentado? Mientras no aparezca un diputado capaz de aguantar el tipo sin levantarse, la pregunta se contesta sola.