La Corona pierde el último pilar que le quedaba: el Ejército
El agotamiento del respaldo militar a la monarquía española se ha convertido en un lugar común del análisis político. El argumento económico pesa: al oficial medio se le presupone más interés en asegurar un puesto de asesor en la industria de defensa al final de su servicio que en defender un concepto de patria. La tropa apoya a quien mejor paga, como cualquier otro colectivo con convenio, y los nostálgicos del patriotismo militar ven sustituido el honor por el dinero.
La lectura económica de la desafección castrense tiene consecuencias directas sobre el equilibrio institucional. Si la lealtad se compra, cualquier oferta superior puede volver a alinear los cuarteles. Mientras tanto, los defensores del statu quo recuerdan que la mayoría social sigue siendo monárquica y que el Ejército no es una excepción.
Un detalle que nunca falta: la singularidad jurídica del rey. Es el único español inimputable, lo que en un hipotético paseo por Ceuta podría convertirse en una escena no apta para jueces. Esa impunidad alimenta la idea de que la institución se sostiene sobre un blindaje legal imposible de ignorar. Las monarquías, se argumenta, solo viven para asegurar su dinastía, y la española coquetea abiertamente con la izquierda moderna. La profesión de fe republicana del propio Ejército quizá sea una exageración, pero la dirección de la corriente es clara. Y sin ejército, a la Corona le queda básicamente su madre.