850 Tomahawks en un mes y ahora “no hay munición”: la logística pasa factura
Que el imperio se ha quedado sin balas después de un mes de bombardeos es la clase de paradoja que ni el mejor guionista habría escrito. Estados Unidos llegó a lanzar 850 misiles Tomahawk en treinta días, y sin embargo las alarmas internas hablan ahora de munición agotada. La guerra moderna, se dice, se gana en los almacenes, no en los vídeos de Twitter.
El carrusel de culpables: de Trump al “fantasma de Biden”
La cadena de responsabilidades resulta casi cómica: la Casa Blanca apunta al secretario de Defensa, éste al subsecretario, y todos acaban mirando al anterior inquilino de la Casa Blanca. Es el clásico movimiento de echarle el muerto al adjunto, con la salvedad de que el que firma los cheques y ordena los lanzamientos es el que manda. Nadie en el poder quiere asumir que se han pasado cinco meses gastando stock como si el enemigo fuera a rendirse en 48 horas. No es un problema de comunicación; es un problema de planificación.
La factura llega a América Latina
En paralelo, la discusión se desplaza al patio trasero de Washington. Hay quien interpreta que, con la munición justa, Estados Unidos buscará compensar el desgaste mediante influencia en Latinoamérica, con gobiernos afines en Argentina, Chile, Venezuela o Colombia. Brasil, sin embargo, aparece como el premio gordo difícil de tomar: es el único país ibérico con geopolítica propia, se argumenta, y no se deja saquear con la facilidad de otros. Otros análisis rebajan el riesgo: Washington no puede mantener guerras en medio mundo a la vez, y pronto tendrá que contener el descontento en los países donde ya ha colocado sus piezas.
La pregunta incómoda es simple: si la munición se acaba tras un mes de uso intensivo, ¿cómo se sostiene un imperio que promete defender medio planeta? De momento, el único lanzamiento que nadie controla es el de los dedos acusadores.