Gana 30.000 al mes y vive en un piso de 600 euros
Es el caso que abre el hilo: un forero cuenta que conoció a alguien que vive en un piso de 600 euros, arrastra un portátil medio reventado y viste ropa vieja, y que ingresa unos
30.000 euros al mes. El retrato desmonta el reflejo que asocia sueldo alto con coche caro, reloj de oro y chalet, y deja una pregunta incómoda: ¿para qué sirve ganar tanto si nada de tu vida cambia?
Alrededor de ese perfil aparecen los demás: un dentista con consulta propia al que quien lo conoce le calcula unos
10.000 euros mensuales, un jefe de dos departamentos con 6.000, un yesero autónomo en Francia que factura entre 4.000 y más de 8.000 netos según el mes, un representante de futbolistas que se mueve entre
10 y 15 millones al año. El denominador común no es cuánto entra, sino cuánto se queda.
Cuánto gana el que más gana y por qué no se le nota
Los tramos altos que se citan van de esos 30.000 mensuales hasta los
500.000 euros anuales de algún consejero delegado que, según se cuenta, se empequeñece cuando negocia con los accionistas. Entre medias, una colección de ingresos que no se convierten en apariencia.
El que más tiene suele ser el que menos enseña.
La anécdota más llamativa es la de un empresario con miles de empleados y una colección de vehículos clásicos al que, el primer día, más de uno tomó por alguien que se había colado desde la calle. Solo lo delataba un reloj de oro asomando por la manga de una cazadora desgastada.
¿Qué significa ser rico? Ahí el desacuerdo es total. Una corriente lo mide en patrimonio y no en nómina, y repite que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Otra lleva el listón mucho más lejos: solo considera rico al dinero con siglos de historia, y todo lo que baja de ahí es, en el mejor de los casos, un multimillonario sin apellido.
La vivienda se come cualquier sueldo alto
Hay un argumento que reaparece en cada conversación sobre dinero nuevo: puedes cobrar una pasta y seguir siendo más pobre, en patrimonio, que quien heredó una segunda residencia de sus padres o sus abuelos. El ladrillo heredado vale más que veinte años de nómina alta, y eso descoloca a quien se esfuerza por subir.
De ahí que el único gasto que casi nadie recorta sea la casa. Pagar por una buena vivienda se acepta como la excepción razonable a la frugalidad; lo que no encaja es remar tanto para acabar en un zulo. Una casa decente, en una zona tranquila y con vecinos estables, aparece en varias descripciones como el verdadero lujo.
El que tiene tanto que ya no necesita saber cuánto gana
En los patrimonios grandes, la pregunta por el sueldo pierde sentido. Hay quien sostiene que esas personas no «ganan» nada: administran fortunas y se asignan un salario, alto o bajo, sobre todo por cumplir con la ley. Preguntarles cuánto ingresan al mes es no haber entendido el juego.
Un ejemplo lo pone el propietario que saca unos
5.000 euros al mes de pisos alquilados, vive en un dúplex normal de una zona corriente de Madrid, conduce coches de tercera mano y no le importa comer en un sitio de comida rápida. Cuando le preguntaron por qué era tan agarrado, respondió que por eso mismo tenía tanto dinero.
Ahí está la clave, dicen los partidarios del ahorro.
Por qué un autónomo con ingresos altos no se fía
La distinción que más se subraya separa el sueldo alto del flujo de caja garantizado. Un asalariado con plaza fija puede firmar una hipoteca grande; un autónomo que un mes ingresa 4.000 y otro más de 8.000 no sabe si el año que viene seguirá igual.
De ahí la defensa de la austeridad: los lujos convierten a quien los disfruta en esclavo de su mantenimiento, y ese mantenimiento exige una entrada constante de dinero que nadie firma.
Excesivamente prudente, puede ser. Pero en un país donde no ser cigarra está mal visto, la hormiga tiene mala prensa.
Jefes de 6.000 euros que trabajan 36 horas al día
El otro extremo son los que ganan bien y no viven. Un responsable de dos departamentos con 6.000 euros al mes trabajaba, según el relato de quien lo trató, más de lo que permite el día: portátil y móvil de empresa siempre encima, llamadas a las cuatro de la mañana y vacaciones con el correo abierto. Fumaba y bebía.
Cabe preguntarse por qué alguien acepta eso. Si el trabajo es vocacional, se entiende. Si eres un mando intermedio, cuesta más de justificar.
¿Se puede dejar de trabajar invirtiendo el ahorro?
Hay quien plantea que, sobre el papel, remar pocos años gastando muy poco y ahorrando casi todo bastaría para generar 3.000 euros al mes sin trabajar. El problema, advierte otro participante, es la tendencia contraria: gastar más a medida que entra más.
Los caprichos dejan de serlo y se vuelven imprescindibles, y el patrimonio deja de crecer al ritmo que exigiría un retiro anticipado. Los que lo consiguen suelen ser perfiles muy concretos: gente sin vida social cara y con un plan claro para cuando llegue el bajón de motivación.
Otros plantean lo contrario: aprovechar el pico de ingresos mientras dure el impulso y retirarse después a una casa en el campo, sin remo y sin agenda. La diferencia entre ambos planes no es de dinero, es de cuándo se decide parar.
Con estos mimbres, la austeridad extrema y la jornada interminable caben en la misma persona sin que le chirríe nada. Queda una duda que nadie cierra: ¿es previsión de futuro o es miedo a que el mes que viene no llegue la factura?