El vuelo de 15 euros a Londres no se sostiene con queroseno
El tráfico aéreo se ha convertido en el punto ciego de la transición energética. El coche eléctrico y el tren acaparan titulares, ayudas y planes de descarbonización. El avión, mientras, sigue moviendo millones de pasajeros con una estructura de costes que no resiste un análisis serio. La propuesta que circula es tajante: electrificar la red, multiplicar los trenes y prohibir todo vuelo por debajo de los 1000 kilómetros.
¿Por qué un billete de avión a Londres cuesta 15 euros?
Un billete a Londres por 15 euros no es el resultado de la eficiencia. Aquí chocan dos explicaciones incompatibles. Una sostiene que ese precio lo fijan las subvenciones que arrastra el sector, no el carburante. Otra apunta al queroseno: cuando suba, dicen, las tarifas de 15 euros se van y se deben acabar. El cruce de tesis no se cierra, porque nadie aporta la partida contable concreta.
¿Se puede prohibir volar por debajo de 1000 kilómetros?
El veto al vuelo corto tiene defensores y trampas. El argumento de fondo —electrificar a fondo, meter trenes a punta pala y reservar el avión para los trayectos largos— choca con la escala del problema: hay quien recuerda que el mapa del tráfico aéreo, ampliado y contemplado desde fuera de la Tierra, casi no se ve, igual que el de los coches en movimiento. Enfrente, la crítica ambiental funciona ya como seña de identidad. Se invoca a Greta Thunberg como catecismo laico, y otra parte replica que quienes piden cerrar el cielo rara vez cogen un avión.
El punto donde todo se atasca es siempre el mismo. Nadie discute que el modelo actual tenga fecha de caducidad. Nadie pone la cifra de quién paga la diferencia hasta que llegue.