Por qué las Cruzadas ignoraron Al-Ándalus: la economía pesó más que la fe
Mientras la cristiandad movilizaba ejércitos para liberar Jerusalén, los reinos musulmanes de la península ibérica llevaban siglos bajo dominio islámico sin que una gran cruzada europea viniera a expulsarlos. La paradoja se explica menos por religiosidad y más por cálculo estratégico y rentabilidad.
Las Cruzadas a Tierra Santa no fueron un gesto piadoso desinteresado. El objetivo era recuperar las rutas comerciales con Oriente, un negocio mucho más lucrativo que intervenir en la península. Allí, el reino nazarí de Granada pagaba a Castilla un vasallaje anual cuantioso, lo que hacía más rentable mantenerlo como estado tributario que conquistarlo. Como señaló un análisis del tema, la Reconquista tardó tanto precisamente porque a veces era más rentable cobrar que luchar.
Además, los reyes hispanos desconfiaban de la ayuda exterior. Los cruzados ultramontanos –fanáticos según el recuerdo de la época– protagonizaron matanzas como la de Barbastro (1064) y solían abandonar las plazas tomadas al no poder mantenerlas. Las conquistas efímeras de Baleares (1113-1116) y Almería (1147-1157) demostraron que la intervención foránea generaba más problemas que soluciones. La única excepción reseñable fue la conquista de Lisboa en 1147, donde cruzados ingleses y flamencos colaboraron con el rey portugués.
En el fondo, la ausencia de una gran cruzada en España responde a una mezcla de pragmatismo económico y político. El Papa difícilmente hubiera logrado movilizar a fieles para reconquistar una aldea manchega con el mismo entusiasmo que Jerusalén. Y los reinos cristianos peninsulares, aunque lentamente, lograron su objetivo sin ceder soberanía a potencias extranjeras. Dos siglos después, sería Felipe III quien, en 1609, expulsó a unos 300.000 moriscos –un epílogo migratorio forzado que la Reconquista militar no había completado.