Eslovaquia corta las armas a Ucrania y el pacifismo avanza
La paradoja es difícil de sostener: un país que se declara pacifista deja de enviar armas a quien está siendo invadido y, con ese gesto, allana el camino a quien invade. Peter Pellegrini, nuevo presidente eslovaco, ha cortado los envíos de armamento a Ucrania amparándose en un pacifismo que sus críticos leen como capitulación anticipada. El Kremlin, mientras tanto, habría hecho su parte: propagar el rumor de que el candidato alternativo mandaría al ejército eslovaco a morir al frente. El miedo ganó las
elecciones. Y no solo en Bratislava.
Qué ha pasado en Eslovaquia y por qué importa
El nuevo presidente eslovaco,
Peter Pellegrini, ha detenido el flujo de armas hacia Ucrania. Lo hace desde una posición que él mismo presenta como pacifismo consecuente: si la guerra es mala, no se participa en ella. El argumento tiene un agujero evidente que el propio material señala: quien no ayuda al agredido no está siendo neutral, está decidiendo quién pierde. Y quien pierde, según esta lectura, no es solo Ucrania.
La tesis dominante en el análisis es que el Kremlin trabajó el terreno. Durante la campaña circuló con fuerza el rumor de que el otro candidato enviaría a los eslovacos a morir en Ucrania. No hizo falta demostrarlo. Bastó con instalarlo. El resultado: un país que no tiene ningún interés estratégico directo en el Donbás vota como si lo tuviera, pero al revés.
Eslovaquia es, en términos de peso geopolítico, un actor menor. Quienes siguen el asunto lo repiten sin adornos:
un mierdapaís que no importa realmente. Pero precisamente por eso funciona como termómetro. Lo que ocurre allí es lo que el Kremlin quiere que ocurra en Varsovia, en Bucarest, en Berlín y, de rebote, en Madrid.
El pacifismo como arma: de la izquierda de los 60 a hoy
Hay un dato histórico que el material subraya: a partir de los años 60, buena parte de Europa interiorizó el pacifismo como valor de izquierdas. Hoy la etiqueta se ha desprendido de esa adscripción. El miedo al reclutamiento, a que la guerra llegue, a que alguien te mande a morir por intereses que no son tuyos, circula por igual en votantes de derecha, de izquierda y de lo que queda en medio.
Eso es lo nuevo. El Kremlin no necesita convencer a nadie de que Rusia es maravillosa. Le basta con que la gente deje de creer que merece la pena frenarla. El objetivo declarado, según esta lectura, es una secuencia de tres pasos:
pacifismo, desunión y capitulación. El primero ya está. El segundo se cultiva a diario.
La réplica más repetida a esta tesis es simple:
si quieres guerra, coge un macuto y tira para Ucrania. El argumento tiene fuerza emocional y un problema lógico: quien invade no necesita que le des permiso, solo que dejes de estorbarlo.
El frente interno: Ucrania no es mi guerra
La objeción más sólida que aparece en el material no es ideológica, es de interés. Una guerra en el otro extremo de Europa no es mi guerra, se argumenta. Y hay quien va más lejos: ir del lado de Ucrania puede afectarnos más que no ir. Eso no se sabe, admiten. Pero la duda, por sí sola, ya justifica no moverse.
A eso se suma una sospecha sobre quién empuja a los demás al frente. Los que quieren guerra con Rusia buscan mercenarios, se dice. Los que tienen empresas de armamento, los que se benefician del rearme, los que nunca pisarán una trinchera. La desconfianza hacia el relato oficial no distingue bandos: la misma suspicacia que se aplica a Moscú se aplica a Washington y a Bruselas.
El cálculo geopolítico se mezcla con el doméstico. Se menciona que tenemos asuntos más a mano: aguas territoriales disputadas, presión migratoria, mapas ajenos que incluyen Ceuta y Melilla. Si hay que ser guerrero, empieza por casa. El argumento desvía el foco, pero conecta con una intuición extendida: las élites mandan a otros a morir por cosas que no afectan al ciudadano de a pie.
Quién paga la factura: fondos europeos y desarme arancelario
En paralelo al debate sobre la guerra corre otro sobre el precio de pertenecer a la UE. Los fondos estructurales no son gratis, se sostiene. Son la contrapartida por bajarse los pantalones en la negociación de adhesión: desarme arancelario para los productos alemanes a cambio de subvenciones pagadas por el conjunto de la UE. Y a cambio de ese dinero hay que aceptar políticas de estabilización, liberalización y privatización que desarticulan el tejido industrial propio.
El dato que se lanza en el material es que países como Polonia, Rumanía o los Bálticos están pillando a los socios en niveles de renta. Si eso es cierto, el relato de la subvención trampa se agrieta. Si no lo es, la sospecha se refuerza. Lo que queda claro es que la discusión sobre Ucrania no se libra solo en el campo de batalla: se libra en la caja de cada país.
El giro que descoloca: Pellegrini reconoce a Rusia como agresor
Hacia el final del material aparece un elemento que rompe el guion. El mismo Pellegrini que cortó las armas habría declarado que Rusia es el agresor en Ucrania y que no reconocerá nunca los territorios ocupados, ni Crimea. La cita se difunde como prueba de que los relatos simplificados fallan: el pacifista no es prorruso, o no del todo, o no siempre.
Eso complica la tesis de la capitulación por miedo. También la refuerza en otro sentido: si incluso quien reconoce la agresión deja de enviar armas, el problema no es la ignorancia, es la voluntad. Y la voluntad se fabrica con miedo, con cansancio o con ambas cosas.
Lo que se juega Europa con el precedente eslovaco
La secuencia que se dibuja es conocida: primero se deja de ayudar, después se deja de condenar, finalmente se deja de resistir. No hace falta una invasión para que un país cambie de bando; basta con que deje de creer que tiene un bando. Eslovaquia no decide la guerra. Decide qué tipo de europeo será el que venga después.
¿Cuánto de ese pacifismo es convicción y cuánto es miedo con buenos modales?