El apagón que desmontó la mejor red eléctrica del mundo
La red eléctrica española se cayó. No en un barrio, no en una provincia: entera. Y mientras el sistema se recuperaba, en los medios públicos y afines se repetía como un mantra que tenemos
la mejor red eléctrica del mundo. La contradicción no es un detalle: es el corazón del asunto. Un sistema que se proclama el mejor del planeta no debería permitirse un cero total, y menos aún debería necesitar que le recuerden al público lo bueno que es justo cuando ha dejado de funcionar.
Qué pasó y qué se dijo mientras pasaba
El apagón afectó a todo el país. La respuesta oficial y mediática no fue explicar el fallo, sino blindar el relato: la red es excelente, el incidente es anecdótico, ya se verá por qué fue. Hay quien lo resume con una comparación que se ha repetido en la conversación: decir que la red es la mejor del mundo porque aguanta el tipo es como decir que algo funciona porque, cuando falla, falla poco. El problema es que falló del todo.
La comparación con
Francia aparece una y otra vez. El argumento es simple: si de verdad fuéramos la mejor red de Europa, un apagón total debería haberse acotado y resuelto en minutos, no en horas. Francia lo hizo. España, según este razonamiento, no. Y ese contraste, más que ninguna soflama, es lo que ha calado.
La sombra de la «mejor sanidad del mundo»
El paralelismo con la sanidad es el más repetido. Durante años se vendió que teníamos
la mejor sanidad pública del mundo, y la pandemia enseñó lo que enseñó. Ahora se repite el patrón con la red eléctrica: un sistema que era bueno hasta que dejó de serlo, y un relato que sigue siendo bueno aunque el sistema ya no lo sea. La conclusión que se extrae es incómoda: cuando un país necesita repetir constantemente que es el mejor en algo, suele ser porque ha dejado de serlo.
El papel de las renovables y el diseño de la red
Aquí está el núcleo técnico del asunto, y también el más discutido. Una parte del análisis sostiene que el problema no es la red en sí, sino la forma en que se ha gestionado la transición energética: meter renovables a espuertas sin adaptar la red a la nueva forma de generación. El resultado sería un flujo eléctrico más frágil, más expuesto a oscilaciones, más propenso a caídas en cadena. No es un problema de tener placas y aerogeneradores, sino de haberlos conectado sin rediseñar el sistema que los soporta.
La comparación con
Ucrania es la que más duele. Un país bajo misiles casi diarios no ha sufrido un cero total. España, en teoría la mejor red del mundo, sí. Eso desmonta cualquier defensa basada en la excelencia técnica.
El coste real: empresas paradas y facturas que no se condonan
Mientras se discute el relato, hay un coste que nadie cubre. Las empresas que se quedaron sin luz no van a recibir una compensación por las horas perdidas. El apagón no se descuenta de la factura. Y eso, para un autónomo o una pyme, no es un debate abstracto: es dinero que no vuelve. La pregunta que se repite es simple: si la red es tan buena, ¿quién paga las horas en que no funcionó?
La propaganda como síntoma
El apagón no es solo un fallo técnico. Es un fallo de relato. La insistencia en proclamar la excelencia de la red mientras se caía ha tenido un efecto boomerang: ha convertido un incidente en un símbolo. La sensación que queda es que el sistema no aguanta la presión, ni la eléctrica ni la mediática. Y que, como en otros ámbitos, la respuesta no es arreglar el problema sino negarlo.
El asunto sigue abierto. No hay una explicación cerrada del apagón, y las posturas sobre la responsabilidad están lejos de converger. Lo único claro es que la etiqueta de «mejor del mundo» ya no la sostiene nadie sin sonrojarse.