Ferraz se queda corto y la protesta contra la amnistía mira a Málaga
El
viernes 10 de noviembre de 2023 la convocatoria contra la amnistía vivió una jornada de dos ciudades. En Madrid, la sede socialista de la calle Ferraz acogió una concentración que quien pasó por allí entre las 19 y las 21 horas describió como «bastante calma». En Málaga, el escaparate era otro:
Pedro Sánchez cerraba un encuentro con los primeros ministros de Dinamarca, Malta y Rumanía y con el canciller alemán Olaf Scholz. Toda la maquinaria del Estado apuntaba al sur.
La paradoja del día: la cita madrileña, la que llevaba días anunciándose con enlaces a directos y seguimientos, se quedó en un goteo de asistentes. La malagueña, sin convocatoria formal, reunió a quienes quisieron plantar cara al presidente en su propia gira. Para una parte de los congregados, el pulso real estaba en la Costa del Sol, no frente a una sede con las luces apagadas.
Qué se vio en Ferraz: mucha vigilancia y poca muchedumbre
Los relatos de la tarde coinciden en el diagnóstico. Vigilancia policial, megáfono y presión para desalojar. La policía pidió por altavoz abandonar la zona antes de que llegara lo que algunos esperaban: «Atención, atención, abandonen la zona, esta concentración debe disolverse». Hubo relevos en la valla, un grupo que se marchó y otro que llegó con peor planta, y el anuncio de una nueva carga.
Había, además, un detalle poco televisivo. El bloque contrario al Gobierno es
más heterogéneo de lo que sugiere el relato de bloque único. Banderas con el escudo recortado junto a otras que lo defendían, vítores a la policía que otros no coreaban, reproches al PP por dormido y quien ve en ese partido casi un problema equiparable al del PSOE. Un
magma sin mando, y ahí es donde el análisis se enreda.
El despliegue tampoco pasó desapercibido. Hubo quien reprochó a los agentes su papel y quien les dedicó elogios, y ese doble rasero se repitió toda la tarde: los mismos que aplaudían a la policía cuando cargaba contra otros dejaban de aplaudirla cuando el objetivo podía ser suyo. La coherencia, en este bloque, escasea.
Málaga, la bienvenida que querían convertir en noticia
Frente a la cumbre europea, la protesta malagueña se contó con
retranca. Los asistentes describen un despliegue de decenas de coches blindados, cientos de agentes y un cordón que impedía acercarse. «Parecía aquello una película», resumía uno de los presentes. La distancia física entre los manifestantes y el presidente acabó siendo el símbolo de la jornada.
La idea de que los refuerzos llegados de las provincias se concentraran en la capital no cuajó. Para algunos, Ferraz era
caza de pececillos y el objetivo debía ser la gira del presidente fuera de Madrid. Para otros, lo serio llegaba al día siguiente, con el sector agrícola movilizado y la promesa de tractores en la carretera.
Para qué sirve salir a la calle
Esa es la pregunta que atraviesa toda la jornada. Una parte lo tiene claro:
sin presión en la calle no hay cambio de rumbo, y la calma de la tarde solo confirma que hace falta más músculo. La hipótesis contraria gana terreno: concentración y
postureo que se diluyen en veinticuatro horas. Entre ambos extremos, un cálculo frío: si la protesta no toca el bolsillo, no mueve nada. «Aquí solo duele el bolsillo», resume una de las intervenciones.
Sobre la vía violenta, las posturas son más explícitas de lo que suele recoger la crónica oficial. Hay quien sostiene abiertamente que sin violencia no se consigue nada, y quien reclama una huelga general como única palanca real. Frente a eso, la lectura de que los disturbios de la noche se quedaron
por debajo de los que deja una celebración futbolística. El episodio de mayor tensión, de hecho, fue el desalojo preventivo y la amenaza de carga, no una refriega.
La batalla que se libra antes de la calle
Hay una corriente que desconfía del tacticismo y apunta más alto: el relato. Su tesis es que las manifestaciones, pacíficas o no, no valen por sí solas si no alimentan un marco previo. El independentismo catalán llevaba
45 años construyendo el suyo, según este análisis, y la respuesta necesita un mito equivalente antes de esperar resultados en la calle. Sin ese terreno abonado, cada concentración es un
fuego de paja.
En esa clave se leen las banderas que convivían en la plaza: la republicana, la monárquica, la del escudo arrancado. Ninguna impuso su ley. La heterogeneidad es a la vez la fuerza y el problema del bloque: une el rechazo al Gobierno, pero impide un mensaje único que se pueda vender.
La prensa y la televisión pública, en el punto de mira
No todo el fuego iba contra el Ejecutivo. Una parte de los asistentes cargó con dureza contra la cobertura de los medios. Las televisiones, con periodistas protegidos con casco como si cubrieran una zona de guerra, fueron blanco de reproches por exagerar la tensión cuando ya apenas quedaba gente. La queja más repetida: el directo infla lo que la calle desmiente.
Con el sector agrícola citado para el día siguiente y la cumbre europea ya cerrada, la jornada dejó una pregunta sin contestar. Cuánta gente hace falta para torcer un gobierno desde la calle. Lo que se vio —policía, megáfono, poca muchedumbre— no aclara si fue el prólogo de algo o el punto final.