Francia revierte la edad de jubilación y reabre el debate sobre quién paga las pensiones
El sistema de
pensiones francés se ha convertido en el agujero que amenaza con llevarse por delante a la V República. El dato que resume el desaguisado lo dejó sobre la mesa una cita difundida en el debate: el
44% de la nueva deuda francesa contraída desde 2017 se ha ido a financiar un sistema de reparto que ya estaba quebrado. Y la respuesta política, en lugar de ajustar, ha sido dar marcha atrás: Francia ha revertido la subida de la edad de jubilación de los 64 a los 62 años. Con ese cuadro, la propuesta que da título al asunto —que cada trabajador aporte 3,50 euros para aguantar un poco más— se lee menos como solución y más como parche de urgencia.
Qué ha pasado con la edad de jubilación en Francia
El giro es difícil de digerir para quien haya seguido el pulso de los últimos años. La reforma que elevó la edad de retiro a los 64 años costó a Emmanuel Macron una crisis social de primer orden, con los
chalecos amarillos y las huelgas como telón de fondo. Ahora esa subida se deshace y el país vuelve a los 62. La paradoja no se le escapa a nadie: el mismo Gobierno que defendió el ajuste como imprescindible lo desmonta cuando el coste político aprieta.
La pregunta que sobrevuela es quién paga la factura. Y aquí entra en escena el resto de Europa, que ya pasó por su particular travesía del desierto de recortes y ajustes. El argumento que circula es incómodo: si los socios comunitarios se apretaron el cinturón, ¿por qué iban a financiar ahora las pensiones francesas vía eurobonos? La solidaridad europea tiene un límite, y ese límite suele llamarse contribuyente alemán.
El cálculo que compara pensiones francesas y españolas
El foco se desplaza con rapidez al otro lado de los Pirineos. Hay quien sostiene que en España se sigue instalado en la ficción de que el sistema aguantará sin tocar nada, mientras el envejecimiento avanza. La advertencia que recorre el análisis es que el ajuste no llegará por decisión soberana, sino impuesto desde Bruselas: si se quiere seguir recibiendo financiación, habrá que recortar. La soberanía, en ese relato, se perdió hace tiempo.
El detalle que más ampollas levanta es la comparación entre jubilados. Si a los pensionistas franceses o alemanes les mostraran lo que cobra un jubilado español, el conflicto estaría servido. Ahí está el anzuelo de todo el asunto: la sostenibilidad del sistema no se mide solo en caja, sino en agravio comparativo entre vecinos.
Por qué el sistema de reparto se compara con una estafa piramidal
La crítica de fondo apunta al diseño. Se argumenta que el reparto puro funciona mientras la base de cotizantes crece, y que cuando esa base se estrecha solo quedan dos salidas: subir cotizaciones o recortar prestaciones. El problema demográfico lo agrava todo. La generación del
baby boom concentra el pico de jubilaciones en una ventana concreta, y la que viene detrás es literalmente la mitad de numerosa. Con bases de cotización ampliadas a más años de vida laboral, la pensión media futura será una fracción de la actual aunque no se tocara nada.
El corolario es amargo: el pico es previsible, se sabe cuándo llega, y nadie ha puesto sobre la mesa una solución factible. Los sistemas mixtos, esos que combinan reparto con capitalización, siguen sin abrirse paso. Mientras tanto, el debate sobre si las cotizaciones son impuestos o no se reabre cada vez que alguien mira la nómina.
Qué se propone para aliviar el sistema sin recortar pensiones
Las recetas que circulan van de lo técnico a lo incendiario. Una idea recurrente es cobrar en función de las cotizaciones actuales sin añadir deuda de ningún tipo y frenar lo que se describe como un esquema piramidal. Otra pasa por invertir la carga: impuestos especiales de solidaridad sobre las pensiones en lugar de sobre los salarios, para que los jubilados financien bajadas de impuestos a los trabajadores en activo. En la misma línea, reasignar ventajas como los viajes subvencionados o el transporte público gratuito hacia la población joven, que es la que los necesita para trabajar.
El cálculo completo, desglosado partida a partida, deja diferencias que sorprenden a quien lo hace por primera vez. La letra pequeña de esas cuentas es donde se decide si el parche de los 3,50 euros es un chiste o una advertencia.
El escenario que nadie quiere nombrar
En el fondo del asunto está la demografía, y ahí no hay truco que valga. La solución fácil no existe, ni siquiera en las versiones más drásticas. El incremento de productividad industrial, que ha sido enorme, no ha resuelto el problema porque el gasto social crece a otro ritmo. La devaluación de la moneda es la salida silenciosa: antes de que un sistema colapse, las pensiones pierden poder adquisitivo y el ajuste se hace por la vía de los precios.
Queda el consuelo de la generación que aún es joven y tiene activos. Y queda, para el resto, la pregunta que el análisis no cierra: si el pico es inevitable y conocido, y las soluciones factibles siguen sin aparecer, ¿qué se está esperando exactamente?