Nieve en León tras un verano de montes quemados
La nieve ha vuelto a los Picos de Europa y a la montaña oriental leonesa cuando apenas ha pasado un mes desde que ardieran miles de hectáreas en el Teleno, Pandetrave, el Espiguete y buena parte de la vertiente que baja a Ponferrada. El contraste es brutal: montes churruscados a 2.000 metros y cumbres blancas en cuestión de semanas. La primera helada de la temporada se dejó sentir con
6 grados a las seis de la mañana en algunos pueblos, y en el Sistema Central se registraron mínimas de
-5,4 °C en Cantalojas (Guadalajara). Hay quien ya ha encendido la calefacción.
El episodio, lejos de zanjar nada, ha reabierto la discusión de fondo: si lo que estamos viendo es el clima de siempre o un régimen nuevo de extremos. Y, sobre todo, si alguien está dispuesto a mirar lo que de verdad arde debajo de la nieve.
De la ceniza a la helada en cuatro semanas
El recorrido de los incendios de este verano dibuja un mapa que va mucho más allá de un par de focos. La lista incluye
Pandetrave, el Teleno, el Espiguete, Boca de Huérgano hasta San Glorio, la zona de Valdeón, la vertiente que baja a Ponferrada, Destriana, Castrocontrigo y Castrocalbón, ya en Zamora. En la parte leonesa del Espiguete, el lado oeste que cae a Valverde de la Sierra, el paisaje quedó calcinado. Al sur, cerca de Almanza, el fuego llegó hasta el pinar del polígono industrial de Guardo, en Palencia.
La curiosidad la aportan los detalles. En una zona de Castrocontrigo, con pinares y molinillos, el fuego respetó los molinillos y arrasó todo lo demás: pinos, robles y los valles amplios que los separan. No es un patrón de incendio forestal al uso. Es un patrón de combustible acumulado durante décadas.
El monte que no deja entrar ni al jabalí
Aquí es donde el relato oficial y el relato del terreno se separan. Frente a la explicación meteorológica —sequía, calor, viento—, hay quien sostiene que el problema real es la
espesura del monte: madera muerta acumulada, ramas a ras de suelo, una densidad que impide el paso de la fauna y convierte cualquier chispa en un polvorín. La mayor parte de esos pinares son
repoblaciones de la posguerra, masas homogéneas que nunca se gestionaron como se debía.
El argumento tiene recorrido. Un monte sin limpiar no arde menos por ser autóctono; arde peor. Y la discusión sobre si los incendios fueron provocados o no —hay quien apunta directamente a manos humanas— se mezcla con la evidencia de que el combustible estaba ahí, esperando.
El Teleno y el ruido de los obuses
Una de las hipótesis que circula con más insistencia tiene que ver con el
campo de tiro del regimiento de artillería de Astorga, situado en el Teleno, donde se practica con obuses y cohetes caducados. La sospecha es que las prácticas militares puedan estar detrás de algunos focos. La respuesta desde el propio terreno es que las zonas más castigadas —la subida desde Truchas hasta el puerto de las Portillinas y la vertiente del Morredero hacia Ponferrada— no coinciden con el perímetro habitual de esas prácticas.
No hay conclusión cerrada. Lo que sí hay es una coincidencia incómoda: en el año con más hectáreas quemadas, los forestales han vuelto a salir a protestar. Y el premio, según se cuenta, ha sido convertirlos en interinos. El silencio mediático sobre este pulso, más allá de la prensa local, es notable.
¿Es esto el cambio climático o el clima de siempre?
La respuesta honesta es que no hay una sola. Una parte del análisis sostiene que estos vaivenes —nieve en septiembre, 35 °C de máxima en verano, inviernos que se alargan hasta mayo— son la nueva normalidad de un régimen climático más extremo. Otra parte responde que siempre ha nevado pronto y que el problema es que ahora cualquier episodio se etiqueta como emergencia climática, mientras los episodios que no encajan en el relato —el frío, la nieve— pasan de puntillas por los medios.
El dato que descoloca a todos: en Cantalojas se alcanzaron
35 °C de máxima un día de este verano y
-5,4 °C en una noche de estas fechas. En el mismo pueblo. En el mismo año. Con la calefacción encendida y la casa a 16 grados.
El negocio de la calefacción y el carbón caro
El frío tiene consecuencias económicas inmediatas. En la montaña oriental leonesa, la estufa de leña con calderín conectada a radiadores se ha convertido en la opción dominante porque
el carbón está muy caro. Hasta hace poco, las calefactoras de carbón eran lo habitual. Ahora el que puede instala leña; el que no, se abriga.
El episodio también deja una imagen que resume el absurdo administrativo: ganaderos a los que se exige sacar sus caballos de campos que no ardieron, propiedad de vecinos que los habían ofrecido para que los animales comieran, y llevarlos a pastos calcinados. La norma por encima del sentido común. La burocracia como castigo.
Con la nieve ya en los picos y otra masa cálida de sur anunciada para dentro de dos semanas, la pregunta no es si volverá a hacer calor. Es si alguien habrá limpiado el monte antes de que vuelva a arder.