Vender teles fue un chollo, pero el dinero estaba en el walkman
En los 80, tener tele en casa empezó a dejar de ser un lujo para convertirse en algo normal. Los comercios de electrodomésticos lo notaron en la caja, pero el margen real de las teles convivió con aparatos mucho más rentables. La pregunta de si los empresarios se forraron con las televisiones tiene respuesta matizada en la memoria de la época.
Hay quien defiende que el negocio era redondo porque cada mundial servía de excusa para vender. En los 2000, la llegada del plasma puso los precios por las nubes: pantallas a 1.000 euros que la gente compraba sin rechistar, avergonzada de seguir con el tubo. Siempre hubo televisiones de más de 1.200 euros, y la durabilidad de modelos como la Philips K-12 jugaba en contra: si no se estropeaban, costaba más justificar la renovación.
Pero otro análisis recuerda que los walkman daban más margen. Y que las tiendas de electrodomésticos eran buen negocio en los 80, aunque a partir de los 90 la competencia apretó. La clave no estaba en el producto, sino en el ciclo de adopción: un lujo que se populariza, como los coches en los 70, los ordenadores en los 90 o los móviles al final de la década. El que se subió a esa ola, forrado. El que llegó tarde, a remendar con servicios de instalación.
La rentabilidad de la obsolescencia
La anécdota del Sony Trinitron como símbolo de estatus y el vídeo con shuttle como "nivel dios" refleja la presión social por renovar. En el cole, los que tenían la Trinitron eran los top. Esa presión social fue el combustible del negocio. Nadie quería ser el último con tele de tubo, y las tiendas lo explotaron.
El ciclo se repite
La lógica se repite con cada tecnología: los coches eléctricos son ahora lo que las teles de tubo en los 70. El siguiente grito quizá sea un yate, como se propone con ironía. Mientras tanto, el análisis de los márgenes sugiere que el verdadero dinero estaba en los accesorios y los servicios, no en la pantalla.