El SMI se acerca al sueldo más frecuente, según cálculos del foro
En un debate de foro se afirma que en 2018 el salario mínimo español quedaba un 39,3% por debajo del sueldo más frecuente y que cinco años después esa distancia se habría desplomado hasta el 2,97%. La cifra, presentada por un participante, resume una tesis que recorre el hilo: la política que pretendía elevar el suelo de la clase trabajadora habría terminado comprimiendo la escalera entera por abajo. Según este planteamiento, el sueldo mínimo ya no sería un punto de partida, sino la referencia de casi todo.
El fenómeno tiene nombre en economía: compresión salarial. Cuando el SMI sube más rápido que los convenios sectoriales, los sueldos que antes estaban un escalón por encima quedan atrapados a su altura. El resultado, según se sostiene en el debate, es que un trabajador con categoría, antigüedad o pluses de toxicidad puede acabar cobrando lo mismo que un recién incorporado sin responsabilidad alguna. La subida del mínimo absorbería los complementos, y el convenio quedaría como papel mojado.
De 735,90 a 1.134 euros: la escalada que lo cambió todo
La secuencia es conocida. En 2018 el SMI estaba en 735,90 euros mensuales en 14 pagas. En 2019 dio un salto histórico hasta los 900. En 2020, 950. En 2021, 965. En 2022, 1.000. En 2023, 1.080. Y en 2024, 1.134. La subida acumulada supera el 50% en seis años, muy por encima de la inflación media del periodo y muy por encima de lo que han subido la mayoría de convenios colectivos.
Ese diferencial es el que, según los participantes, ha ido royendo la distancia con el salario más frecuente.
Si en 2018 el sueldo más común estaba un 40% por encima del mínimo, hoy apenas lo superaría un 3%, de acuerdo con ese cálculo. La consecuencia práctica, añaden, es que la clase media trabajadora —la que cobra entre 18.000 y 20.000 euros netos anuales— ha visto cómo su poder adquisitivo se estancaba mientras el suelo se le acercaba peligrosamente.
¿Qué pasa cuando el convenio vale menos que el SMI?
El mecanismo es sencillo y devastador. Un convenio sectorial fija una tabla salarial. Si el SMI sube por encima de esa tabla, la empresa está obligada a pagar el mínimo legal, pero los complementos —antigüedad, nocturnidad, peligrosidad, productividad— pueden seguir absorbiendo la diferencia. El trabajador cobra más, sí, pero no porque su convenio haya mejorado, sino porque el Estado ha elevado el suelo por decreto.
El problema llega, según el debate, cuando ese suelo alcanza a categorías superiores.
Un oficial de primera con diez años de experiencia puede estar cobrando apenas 100 euros más que un peón sin cualificación, se afirma. La prima de esfuerzo, formación o responsabilidad se evapora. Y con ella, el incentivo para progresar. ¿Para qué estudiar un ciclo formativo si el retorno salarial es de dos cafés al día?
La trampa de los complementos: blindar el SMI sin tocar el resto
La reforma que se prepara para 2026 pretende blindar el SMI: que ningún complemento pueda absorber su subida. Sobre el papel, protege al trabajador que cobra el mínimo. En la práctica, puede agravar la compresión. Si el SMI sube y los complementos no pueden absorberlo, las empresas que ya pagaban por encima del mínimo tendrán que subir también esas categorías para mantener la escala. O no subirlas, y dejar que la escala se aplaste aún más.
El resultado es un igualitarismo por abajo que no iguala hacia arriba, según los críticos. Los que cobraban 1.200 euros siguen cobrando 1.200. Los que cobraban 1.134 pasan a cobrar 1.200. La diferencia desaparece, pero nadie ha ganado poder adquisitivo real. La inflación se ha comido la subida, y la clase media asalariada es la que ha pagado la fiesta, sostienen.
El efecto sobre la negociación colectiva: convenios vaciados
La consecuencia más profunda no es salarial, es institucional. Si el SMI marca el paso, los convenios sectoriales pierden su función. La negociación colectiva se convierte en un trámite para ratificar lo que ya decidió el Gobierno. Los sindicatos pierden poder, las patronales pierden interlocución, y el mercado laboral se rigidiza por arriba y por abajo.
En sectores como hostelería, comercio o limpieza, el convenio ya está por debajo del SMI en varias categorías, según se afirma en el debate. La solución que se aplica es pagar el mínimo y compensar con pluses, pero esos pluses son discrecionales. El trabajador queda a merced de la empresa para cobrar lo que legalmente le corresponde. Y la Inspección de Trabajo no da abasto.
¿Quién gana y quién pierde con esta compresión?
Los ganadores son los que cobraban por debajo del SMI o justo en el límite. Han visto su nómina crecer un 50% en seis años. Los perdedores son los que estaban un escalón por encima: han visto cómo su salario relativo se desplomaba.
Un mileurista de 2018 es hoy casi un mileurista de 2024, pero con el SMI pisándole los talones.
Hay quien sostiene que el problema no es el SMI, sino la falta de subidas en los convenios. Si las empresas hubieran repartido sus beneficios récord en forma de salarios, la escalera no se habría aplastado. Pero eso requería una correlación de fuerzas que no existe. La patronal ha preferido mantener márgenes y dejar que el Estado cargue con el coste político de la subida.
El debate no está cerrado. La reforma de 2026 puede agravar o corregir la tendencia. Lo que está claro, según los participantes, es que
el SMI ya no es un suelo, es el techo de muchos. Y cuando el suelo y el techo se tocan, la habitación se queda sin aire.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse una economía donde el salario mínimo y el salario más frecuente son casi el mismo número?